Estoy jugando con el diablo

1036 Words
—No cuentes con ello —repliqué, sintiendo un calor que no venía del licor—. Mi turno. Si esta noche, ahora mismo, cerraras los ojos y dejaras de ser el Don de Marsella... ¿qué es lo más sucio que querrías hacerme sin que el contrato te detuviera? Y detállalo, Viktor. No quiero generalidades. Viktor dejó la copa en el suelo. Sus ojos se oscurecieron, convirtiéndose en dos pozos de obsidiana. Se inclinó hacia mí, acortando la distancia hasta que su aliento cálido rozó mi oreja. —Te arrancaría esa pijama de seda con los dientes —susurró, su voz vibrando en mi canal auditivo—. No usaría las manos hasta que mi lengua hubiera recorrido cada centímetro de tu vientre, buscando ese punto donde empiezas a temblar. Te obligaría a sentarte sobre mí, a que sintieras exactamente cuánto me cuesta no romper las reglas, y no te dejaría moverte hasta que me suplicaras que te reclamara como mía, no por un papel, sino por puro instinto. Me quedé petrificada. El pulso me martilleaba en las sienes. Viktor se alejó apenas unos centímetros, disfrutando de mi reacción. —Tu respuesta es... aceptable —mascullé, bebiendo para pasar el nudo en mi garganta. —Me toca —dijo él, y su mirada bajó descaradamente hacia los botones de mi camisa de seda—. Clara, nena... dime la verdad. En el despacho, cuando mi mano subió por tu muslo y me apretaste con esa desesperación... ¿estuviste cerca de dejar que terminara allí mismo? ¿Deseaste que los espías no existieran para que yo no tuviera que detenerme? Sentí un escalofrío. La verdad era un arma de doble filo. Si decía que sí, le entregaba mi poder. Si decía que no, mentía y perdía la prenda. El silencio se prolongó demasiado. —Bebe —ordenó él con una suficiencia que me hirió el orgullo—. Y quítate la camisa. Mis dedos torpes fueron hacia los botones. El roce de la seda contra mi piel se sentía ahora como una provocación. Me desabotoné la prenda con lentitud, sintiendo sus ojos escaneando cada milímetro de piel que quedaba expuesto. Me quité la camisa, quedando solo en la delicada pieza de encaje que llevaba debajo. El frío de la habitación me erizó la piel, pero la mirada de Viktor era lo suficientemente caliente como para incendiar la mansión. —Pregunta —solté, tratando de recuperar mi escudo de sarcasmo—. ¿Cuántas veces has imaginado que soy ella mientras me tienes cerca? ¿Cuántas veces has cerrado los ojos para no ver mi cara de "sirvienta" mientras me tocas? Viktor no bebió. Ni siquiera parpadeó. —Nunca —respondió con una contundencia que me dejó sin palabras—. Elena es un recuerdo de cristal, Clara. Tú eres carne, sangre y una resistencia que me vuelve loco. No necesito cerrar los ojos para desearte; de hecho, me gusta ver cómo tus pupilas se dilatan cuando te doy órdenes. Me gusta ver cómo te rompes bajo mi peso. Él no había perdido. Me tocaba beber a mí. El whisky ya empezaba a hacer estragos en mi equilibrio, pero la tensión s****l era un ancla que me mantenía dolorosamente consciente. —Mi turno, rubia —continuó él, bajando la voz—. Si ahora mismo te ordenara que te acercaras y usaras tu boca para hacerme olvidar que mañana tenemos que fingir ante Dante... ¿lo harías por el contrato o porque tu cuerpo se muere por saber a qué sabe el Don? El aire se volvió irrespirable. La pregunta era un dardo directo a mi centro. Sabía la respuesta, y esa era la parte más aterradora. —Lo haría... —comencé, tragando saliva—, lo haría porque estoy harta de fingir que no siento nada. Porque cada vez que me llamas "nena", una parte de mí quiere que dejes de hablar y empieces a demostrarme que soy más que un simple escudo. Viktor soltó un gruñido sordo, un sonido de pura hambre contenida. Se movió con la rapidez de un rayo, acortando la distancia en la alfombra hasta quedar frente a mí. Su mano, grande y cálida, se cerró sobre mi nuca, obligándome a mirar hacia arriba. —Estás jugando con un monstruo, Clara —me advirtió, sus labios rozando los míos—. Y los monstruos no saben de contratos cuando huelen el deseo. —Entonces muérdeme, Viktor —desafié en un susurro—. Porque mañana seré la perfecta prometida de blanco, pero esta noche solo soy la mujer que está perdiendo la ropa y la cordura en tu habitación. Él no esperó más. Me atrajo hacia sí con una fuerza bruta que me hizo soltar un jadeo. No fue un beso de amor; fue una colisión de necesidades, un intercambio de poder donde el whisky y el deseo se mezclaban en un cóctel explosivo. Mientras sus manos se perdían en mi espalda despojada de seda, entendí que el miedo a Luca o a Dante era nada comparado con el miedo a perder la batalla contra el hombre que me estaba devorando el alma bajo la luz dorada de la lámpara. La ropa que quedaba ya no importaba. El contrato era un papel quemado en nuestra memoria. En esa alfombra, el Don y la sirvienta habían muerto, dejando paso a algo mucho más oscuro y real. * —Te toca, rubia —se alejó, su voz era un raspado de lija sobre terciopelo. Viktor no se había quitado ni una sola prenda, y su ventaja me escocía tanto como el deseo que veía bailando en sus pupilas—. Haz que valga la pena, o prepárate para perder lo poco que te queda de armadura. Apreté el tallo de mi copa, mis nudillos blancos por la fuerza. —Dime una cosa, Viktor —solté, mis labios rozando el borde del cristal—. ¿Qué parte de este "negocio de carne" es la que más te asquea? ¿Es el hecho de que tienes que tocarme para convencer a Dante, o es que te asusta darte cuenta de que, cuando me tocas, no tienes que fingir ni un solo gramo de tu excitación?
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD