*+*+*+ El murmullo del monitor era mi única compañía, una canción de cuna metálica que marcaba el paso de las horas más amargas de mi vida. Me quedé allí, con la frente apoyada en la mano de mi abuela, sintiendo cómo el frío de la madrugada se filtraba por las rendijas de la ventana de la Villa. Mis párpados pesaban, cargados de la sal de unas lágrimas que ya no tenía fuerzas para retener. El perdón que le pedía no era solo por el contrato, sino por la mujer que estaba naciendo en ese mismo instante: una mujer que ya no reconocería la piedad. De repente, una presión cálida se posó sobre mi hombro. El sobresalto me recorrió la columna como una descarga eléctrica. Me puse en pie de un salto, con el corazón martilleando contra mis costillas, lista para defenderme de lo que fuera, incluso de

