+++++ El peso del silencio en aquella habitación de hospital improvisada se volvió casi insoportable. Luca, vencido por el agotamiento físico y el terror emocional que le había drenado las fuerzas, terminó rindiéndose. Sus párpados cayeron y su respiración se volvió pesada, rítmica, mientras se ovillaba en aquel sillón de cuero que parecía una balsa en medio de un océano de incertidumbre. Verlo así, tan vulnerable, me recordó que, aunque intentara actuar como el hombre de la casa, no era más que un niño al que la vida le había robado la infancia antes de tiempo. La puerta se abrió con un siseo casi inaudible. Una enfermera, vestida con un uniforme blanco tan pulcro que hería la vista, entró con paso profesional. Sus manos, enguantadas en látex, se movieron con una destreza mecánica sobre

