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El trayecto hasta la mansión se sintió como una lenta procesión hacia el patíbulo. El silencio que siguió a mi última frase contra Dante fue tan denso que podía cortarse con un hilo de seda. Él no volvió a hablar; se limitó a observar el paisaje con una mandíbula tan apretada que parecía que sus dientes iban a pulverizarse. Yo, por mi parte, apreté las manos sobre mi regazo, sintiendo el frío contra mi piel, recordándome que ya no era una persona, sino una transacción.
Finalmente, el auto frenó con una suavidad letal frente a la escalinata de la mansión Varonelli. La estructura de piedra caliza se alzaba ante nosotros como un coloso hambriento, adornado con cascadas de flores blancas que, a mis ojos, parecían coronas fúnebres. Dante salió primero, ajustándose la chaqueta del esmoquin con un movimiento brusco, recuperando esa fachada de impasibilidad que los hombres de su mundo usan como armadura.
Rodeó el vehículo y abrió mi puerta. Al ofrecerme la mano para ayudarme a salir, sus dedos apretaron los míos con una fuerza innecesaria, un último recordatorio de su dominio.
—Bájate —murmuró, su aliento rozando el encaje de mi velo—. Y escucha bien, Clara. Tu hermano mayor es el que te entregará. La verdad es que me vine contigo bajo una simple excusa: asegurarme de que no te arrepientas a mitad de camino. Decidiste estar aquí, firmaste ese papel, así que no dejes a mi hermano a medias. Porque si te das la vuelta ahora, si humillas a Viktor frente a todo Marsella, provocarías una guerra que no podrías detener. Y en ese fuego, tu familia sería la primera en arder.
Tragué saliva, sintiendo el sabor metálico del miedo en la base de la lengua. Dante no estaba bromeando. Justo cuando iba a responderle, cuando las palabras de indignación se amontonaban en mi garganta, un sonido rompió la tensión: risas infantiles y el correteo de zapatos sobre la grava.
Mis hermanos aparecieron desde el vestíbulo de la mansión, flanqueados por dos guardias que parecían estatuas de granito. Al verlos, el aire regresó a mis pulmones con una violencia dolorosa.
¡Ellos vinieron rápido, primero que yo!
Allí estaban ellos. Luca a la cabeza, con una dignidad que me partió el alma. Detrás de él, Enzo y Marco, tratando de mantenerse rectos en sus trajes oscuros que les quedaban ligeramente grandes en los hombros. Y cerrando la marcha, los pequeños Nico y Leo, mis niños, con sus cabellos peinados con gel y esas expresiones de asombro que solo los niños del Hueco tienen cuando ven tanto lujo junto.
—Nosotros te llevamos al altar, hermana —dijo Luca, dando un paso al frente.
Su voz ya no era la de un niño asustado. Había algo en su postura, una resolución feroz que me decía que él también había aceptado su parte en este sacrificio. Se acercó a mí, ignorando la mirada gélida de Dante, y me ofreció su brazo derecho con una elegancia natural que ninguna escuela de etiqueta podría haberle enseñado.
En ese instante, la armadura de hielo que me había construido durante toda la mañana se agrietó. Una lágrima solitaria, caliente y traicionera, se escapó de mis ojos, resbalando por mi mejilla hasta perderse en el tul del velo. Luca la vio, pero no dijo nada; solo apretó un poco más el brazo contra su costado, dándome el único anclaje real que me quedaba en este mar de hipocresía.
—No llores —susurró Enzo, acercándose para tomar un extremo de mi cola interminable—. Pareces una reina, Clara. Como las de los cuentos que nos contaba la abuela.
—Una reina de verdad —añadió Marco, tomando el otro lado de la tela con una reverencia torpe que me hizo esbozar una sonrisa amarga.
Dante se hizo a un lado, cruzando los brazos sobre el pecho. Su mirada se suavizó apenas un milímetro al ver a los niños, pero el cinismo no lo abandonó.
—Espero que el espectáculo valga la pena —soltó, dándose la vuelta para entrar en la mansión y dejarnos solos en la escalinata.
Me quedé allí, rodeada de mi sangre, de mis razones, de mis motivos para pecar. Miré a Luca, luego a los pequeños y, finalmente, a la puerta de roble que se abría para nosotros. Más allá de ese umbral, me esperaba el hombre que me había comprado, el hombre que me deseaba con una furia que rozaba el odio y que suspiraba por la mujer de su mejor amigo.
—¿Estás lista? —preguntó Luca, su mano cubriendo la mía sobre su brazo.
—Sí.
Luca no respondió con palabras, solo apretó mi antebrazo con una madurez que me heló la sangre. Él sabía, todos lo sabíamos, que este no era el inicio de un cuento de hadas, sino el cierre de un trato comercial donde yo era la firma y ellos el beneficiario.
Las puertas de la mansión se abrieron de par en par, revelando un pasillo que parecía conducir directamente al corazón de un volcán de hielo. El altar no estaba en una capilla cerrada y asfixiante, sino en el Gran Salón de Cristal, una estructura que conectaba la arquitectura de piedra de la mansión con los jardines de invierno. Era un espacio donde la naturaleza y la opulencia se daban la mano: el techo, una cúpula geométrica de vidrio, permitía que la luz grisácea de Marsella se filtrara como si fuera polvo de estrellas, mientras que las paredes estaban cubiertas de hiedra blanca y orquídeas que colgaban en cascadas interminables.
La decoración era una oda al exceso controlado de los Varonelli. Miles de velas blancas de diferentes alturas flanqueaban el pasillo, creando un camino de fuego tembloroso que se reflejaba en el suelo de mármol n***o pulido. El aroma a lirios y gardenias era tan concentrado que por un momento me sentí mareada, como si el perfume intentara adormecer mis sentidos antes del sacrificio.
—Camina, hermana —me instó Luca en voz baja—. Cabeza alta. Que no vean que tienes miedo.
Empezamos a avanzar. El sonido del órgano, una melodía solemne que vibraba en el esternón, anunció mi entrada. Al principio, solo vi un mar de rostros borrosos a través del encaje: la aristocracia criminal de Francia, hombres con cicatrices ocultas bajo esmóquines de seda y mujeres con joyas que brillaban como ojos de serpiente. Todos estaban allí para ver cómo el Don reclamaba su posesión.
A mi derecha, Marco y Enzo sostenían la cola del vestido con una concentración casi religiosa, sus rostros pequeños rígidos por la importancia del momento. Detrás, Nico y Leo caminaban con pasos cortos, intentando no pisar la tela, pareciendo pequeños ángeles perdidos en una guarida de demonios.
Y entonces, al final del pasillo, bajo un arco de rosas blancas que parecían talladas en nieve, lo vi.
Viktor Varonelli estaba allí, de pie, con una inmovilidad que resultaba aterradora. Vestía un traje de tres piezas en un n***o tan profundo que absorbía la luz a su alrededor. La camisa, de una blancura cegadora, contrastaba con su piel bronceada y la mandíbula perfectamente afeitada. No llevaba corbata, sino un plastrón de seda gris humo sujeto por un alfiler de diamante n***o. Su postura era la de un conquistador esperando la entrega de las llaves de una ciudad rendida.
A medida que nos acercábamos, su mirada de acero atravesó mi velo. No había rastro de la furia de la noche anterior. Había algo peor: una calma absoluta. Una satisfacción fría.
Llegamos frente a él. Luca se detuvo, y por un segundo que pareció una eternidad, no me soltó. Miró a Viktor directamente a los ojos, un niño de los muelles desafiando al emperador de Marsella.
—Cuídala —dijo Luca, y su voz, aunque joven, resonó con una autoridad que hizo que varios invitados susurraran—. Si le pasa algo, no habrá oro en este mundo que te salve de mí.
Vi cómo una chispa de respeto, casi imperceptible, cruzaba el rostro de Viktor. No era frecuente que alguien le hablara así, y mucho menos un mocoso con un traje que le quedaba grande.
—Ella es un Varonelli ahora —respondió Viktor, su voz ronca y profunda, extendiendo su mano hacia mí—. Y yo protejo lo que es mío con la misma violencia con la que destruyo lo que me estorba.
¿Por qué Varonelli?