Verdades

1502 Words
++++++++++++++++++++++ El descenso por la gran escalinata de la Villa fue una coreografía de nervios. Con Sophie y Marcelle sosteniendo los metros de tul que amenazaban con enredarse en mis pies, y Gianna y Elena flanqueándome como dos generales de una guerra de alta costura, me sentía más como un trofeo de caza que como una mujer a punto de unir su vida a otra. Cada paso resonaba en el mármol, un eco sordo que contaba los segundos que me quedaban de libertad. Al llegar al pórtico, donde el sol de la mañana golpeaba el pavimento con una intensidad cegadora, la flota de vehículos negros esperaba con los motores en marcha, un ronroneo bajo que vibraba en mi pecho. Me detuve frente al primer coche, esperando que mis cuñadas se subieran conmigo, buscando ese último rastro de solidaridad femenina antes del matadero. Pero ambas se detuvieron en seco, intercambiando una mirada que no logré descifrar. —Hasta aquí, Clara —soltó Elena, ajustándose sus guantes de seda con una parsimonia que me puso los pelos de punta. —¿Qué? —pregunté, y mi voz sonó pequeña bajo el velo—. ¿Por qué? ¿No vienen conmigo? Gianna soltó una risita seca, esa que siempre guardaba para cuando la realidad superaba a la ficción. —No, querida. Nosotras vamos en el auto con tus hermanos. Los niños están inquietos y Luca necesita que alguien lo mantenga a raya antes de entrar en la mansión. Tú tienes un protocolo que seguir. —Tú irás con mi esposo —añadió Elena, y su tono se volvió de acero—. Él tiene el encargo personal de Viktor de entregarte en el altar. Es una cuestión de rango, Clara. En la familia Varonelli, nadie camina solo si no es para morir. Antes de que pudiera protestar, la puerta trasera del Mercedes blindado se abrió con un clic pesado. Desde la penumbra del cuero n***o, unos ojos oscuros y calculadores me observaron. Era Dante. El hombre que sostenía la mitad del cielo de Marsella, el mejor amigo de Viktor y el esposo de la mujer que Viktor seguía amando en secreto. Tragué grueso. El aire se volvió denso, cargado de esa electricidad estática que siempre rodeaba a los hombres de su estirpe. —Apresúrate —me urgió Gianna, dándome un empujoncito poco elegante en el hombro—. No te preocupes por tus hermanos, nosotras nos encargamos. Viktor odia la impuntualidad casi tanto como la traición. Con la ayuda de las estilistas, logré embutir toda aquella montaña de satén y encaje en el asiento trasero. El espacio, que normalmente sería amplio, se sintió claustrofóbico en cuanto la puerta se cerró con un golpe sordo, aislándonos del ruido exterior. El auto se puso en marcha de inmediato, deslizándose sobre la grava con una suavidad insultante. Dante no me miró al principio. Se quedó observando el paisaje a través del cristal tintado, con una mano apoyada en su rodilla y la otra jugueteando con un encendedor de oro. Su presencia era una masa física, un recordatorio de que yo no era más que un peón en un tablero que él conocía de memoria. —Te ves... aceptable —dijo finalmente, y su voz era una lija sobre terciopelo—. Viktor tiene buen gusto para los envoltorios, aunque a veces se equivoque con el contenido. —No entiendo —respondí, apretando el ramo de rosas blancas entre mis manos hasta que los tallos me pincharon los dedos. Dante soltó un soplido que pretendía ser una carcajada. Se giró hacia mí, y la luz que entraba por el parabrisas subrayó las líneas de cinismo en su rostro. Me recorrió de arriba abajo, deteniéndose en el diamante n***o que brillaba en mi mano. —Esa joya pesa más que tu conciencia, ¿verdad? —preguntó con un sarcasmo que me hizo hervir la sangre—. Mientras vamos de camino a la mansión, hazme un favor y sácame de una duda. Cuéntame... ¿cuál es exactamente tu trato con Viktor? Me tensé. Sabía que Dante era el confidente de Viktor, pero su pregunta llevaba un veneno que no esperaba. —No entiendo a qué te refieres —respondí, intentando que mi voz no flaqueara. Apreté el ramo de rosas blancas contra mi regazo, sintiendo cómo una espina atravesaba el guante de seda y se hundía en mi palma. El dolor físico me sirvió de anclaje—. Me estoy casando por amor, Dante. ¿Qué otra razón podría haber? Mi corazón martilleaba contra mis costillas con tal violencia que temí que el corsé terminara por estallar. ¿Lo sabía? ¿Sabía Dante que mi firma en ese contrato era el precio de las medicinas de mi abuela y del pan de mis hermanos? ¿O sospechaba algo mucho más retorcido? Dante soltó una carcajada seca, un sonido carente de humor que reverberó en el espacio cerrado del vehículo. Se giró lentamente hacia mí, apoyando el brazo en el respaldo del asiento, invadiendo mi espacio personal con una parsimonia insultante. Su mirada recorrió mi rostro, deteniéndose en mis labios, que aún conservaban el rastro de la furia de Viktor de la noche anterior. —¿Amor? —repitió, arrastrando las sílabas con un desprecio absoluto—. No me insultes la inteligencia, Clara. He visto a Viktor cazar, he visto a Viktor matar y lo he visto desangrarse por dentro. Lo que él siente por ti no es amor; es una distracción. Una pantalla de humo. Tragué grueso, sintiendo un nudo de hierro en la garganta. Mis manos temblaban bajo el ramo. —Sé que no te casas por amor —continuó él, bajando el tono de voz hasta convertirlo en un susurro peligroso—. Lo que no termino de descifrar es cuánto te está pagando para que soportes su desprecio. Porque ambos sabemos la verdad, ¿no es así? Viktor sigue perdidamente enamorado de mi mujer. El aire se escapó de mis pulmones. El silencio que siguió fue sepulcral, solo roto por el rodar de los neumáticos sobre el pavimento perfectamente liso que conducía a la mansión. Dante me observaba con una fijeza depredadora, esperando que me desmoronara. —Lo sabía —siseó él al ver que mi silencio se prolongaba más de la cuenta. Sus ojos brillaron con una furia contenida—. Ese maldito cínico. Todo este despliegue, esta boda de cuento de hadas, este vestido que cuesta más que tu vida entera... lo hace por mí. —Te equivocas —logré articular, aunque mis palabras sonaban huecas incluso para mis propios oídos. —¡No me mientas! —Dante golpeó el respaldo del asiento con el puño, haciéndome saltar en el sitio—. Se nota en la forma en que te mira. Te observa como si fueras un recordatorio constante de su fracaso. Y tú... tú te prestaste a esto. ¿Tanto vale tu dignidad, Clara? ¿Tan poco te quieres que aceptaste ser la sombra de Elena en la cama de su amante frustrado? El insulto me golpeó con la fuerza de una bofetada. El sarcasmo que solía ser mi escudo volvió a mí, cargado de una bilis amarga. —Sí —respondí, clavando mis ojos en los suyos, sosteniendo su mirada con una arrogancia que no sabía que poseía—. Me quiero casar. Y si soy una sombra, al menos soy una sombra que hoy se convertirá en la Doña de esta ciudad. ¿Y tú, Dante? ¿Qué eres tú? El hombre que tiene que vigilar a su esposa cada vez que Viktor entra en la habitación. ¿No confías con lo que tienes? Dante se quedó lívido. La vena de su sien palpitó con fuerza y por un momento creí que perdería el control. Pero en lugar de eso, se recostó en el asiento, soltando una risa ronca y amarga. —Estás jodida, Clara —sentenció, mirándome con una lástima que dolió más que su odio—. Estás entrando en una jaula de la que no saldrás viva. Él no te ama. Nunca lo hará. Te usará hasta que el brillo de tu novedad se apague y luego te desechará como un juguete roto. Y te juro algo... te lo juro por mi propia vida: él jamás tendrá a mi mujer. Podrá casarse contigo diez veces, podrá cubrirte de diamantes negros, pero Elena es mía. Y ese vacío que sientes ahora, ese frío en el pecho... eso es solo el principio de lo que significa ser la esposa de un hombre que solo busca fantasmas en tu piel. Me giré hacia la ventanilla, ocultando mi rostro bajo el velo. Las lágrimas amenazaban con desbordarse, pero las obligué a retroceder. No delante de él. No hoy. —Entonces supongo que ambos estamos en el infierno, Dante —susurré, viendo cómo los portones monumentales de la mansión se abrían para recibirnos—. La diferencia es que yo ya estaba acostumbrada al fuego. Tú apenas estás empezando a quemarte.
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