Ella obedeció, sus párpados temblando mientras se cerraban con fuerza. Me incliné sobre ella, mi boca buscando uno de sus pezones, capturándolo entre mis labios. Escuché su primer gemido real, uno que no tenía nada de actuación. La punta de mi lengua jugaba con la piel sensible, succionando, mordisqueando con una lentitud que buscaba derretir su resistencia. No se puede fingir el endurecimiento de la piel, ni el calor que empezaba a emanar de ella.
Bajé mis manos hacia sus muslos, abriéndolos más, obligándola a ocupar todo el espacio de la mesa. Sus piernas rodeaban mis flancos mientras yo me hundía entre ellas, todavía vestido, sintiendo la fricción de mi pantalón contra su intimidad protegida solo por una fina capa de encaje pálido.
—Voy a hacer esto, rubia —le dije al oído, mi aliento quemándole la piel—. Y seguirás siendo virgen cuando termine la noche. Pero vas a aprender qué se siente cuando un hombre como yo te reclama. Solo sigue la corriente y no te atrevas a callarte.
Ella asintió, un movimiento casi imperceptible de su cabeza sobre la caoba. Sin previo aviso, agarré la tela de sus bragas y la arranqué de un tirón. El sonido de la tela cediendo pareció retumbar en las paredes tapizadas de libros. Clara soltó un jadeo profundo, un sonido de pura vulnerabilidad que me golpeó más fuerte que cualquier insulto.
—Abre las piernas, Clara. Súbelas —le ordené, guiando sus pies hacia la orilla de la mesa de caoba.
Me arrodillé ante ella. El Don de Marsella, el hombre que no se arrodillaba ante ningún Dios, estaba ahora en el suelo, entre las piernas de una chica que no tenía nada más que su orgullo y su inocencia. La lámpara de mesa proyectaba una luz dorada y cruda sobre ella. Vi sus pliegues, una flor rosada y pequeña que temblaba ante la proximidad de mis manos. Estaba húmeda; su cuerpo me estaba traicionando, respondiendo a la violencia y al deseo que yo proyectaba.
Ella mantenía los ojos cerrados, sus manos aferradas al borde de la mesa con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Había miedo en su rostro, sí, pero también una expectativa que me hizo hervir la sangre.
—Todo esto es mío —susurré, estirando los dedos para acariciar sus labios vaginales con una lentitud tortuosa.
Mis dedos trazaron los pliegues, separándolos para ver la joya rosada que se escondía en el centro. El calor que desprendía era embriagador. Pasé el pulgar sobre su clítoris, un roce apenas perceptible que la hizo arquear la espalda sobre la madera.
—Viktor... —su voz fue un suspiro quebrado, una súplica que no sabía qué pedir.
No la hice esperar más. Mi boca fue directo a su centro. La primera vez que mi lengua la lamió, Clara soltó un grito ahogado que seguramente atravesó la puerta del despacho. Saboreé su esencia, una mezcla de jabón barato y el almizcle natural de su deseo que empezaba a despertar. La lamí de abajo hacia arriba, con pasadas largas y firmes, disfrutando de la forma en que su cuerpo se estremecía bajo mi mando.
Me concentré en su clítoris, rodeándolo con mis labios, succionándolo con una presión rítmica mientras mis dedos se hundían en sus nalgas para mantenerla anclada a mí. Clara empezó a removerse, sus caderas buscando más, su cabeza balanceándose de un lado a otro sobre los papeles mojados de whisky.
—Eso es... —gruñí contra su piel húmeda—. Disfruta de tu Don, pequeña.
Mi lengua se volvió más audaz, más exigente. Empecé a imitar el movimiento de una estocada, entrando y saliendo de ella con la punta de mi lengua mientras mis pulgares mantenían su clítoris en un estado de estimulación constante. Ella ya no fingía. Sus gemidos eran notas altas de placer puro, de ese descubrimiento que solo ocurre la primera vez que el cuerpo es llevado al límite.
Sentía cómo sus músculos vaginales se contraían, cómo su respiración se volvía un coro de jadeos erráticos. La tensión en la habitación era tan densa que se podía cortar. Sabía que afuera, el silencio de los espías era el silencio del asombro. Nadie podía escuchar esto y pensar que era un contrato.
Puse mis manos bajo sus glúteos, elevándola un poco más para tener un acceso total. Mi lengua trabajaba con una ferocidad que buscaba devorarla, buscaba borrar cualquier rastro de su antigua vida y marcarla como mi territorio personal. La saboreé paso a paso, detalle a detalle, desde la suavidad de su monte de Venus hasta la humedad más profunda de su entrada.
Clara enterró sus dedos en mi cabello, tirando de mí hacia ella, sus piernas temblando sobre la mesa. Estaba cerca, lo sentía en la forma en que su corazón latía en su vientre, en la forma en que su voz se volvía un murmullo incoherente de placer y dolor.
—¡Viktor! ¡Por favor! —exclamó, y esta vez su voz fue un estallido de entrega total.
La llevé al borde, acelerando el ritmo de mi lengua, chupando su clítoris con una intensidad que la hizo colapsar. Su cuerpo se sacudió en un orgasmo violento, sus piernas apretando mis hombros mientras ella gritaba mi nombre, un sonido que resonó como una victoria en todo el despacho.
Me quedé allí, arrodillado entre sus piernas, sintiendo sus temblores finales, saboreando el triunfo de haberla roto y reconstruido a mi imagen. Me levanté lentamente, limpiándome la comisura de los labios con el pulgar, mis ojos fijos en su rostro desmadejado y rojo de placer.
—Ahora —susurré, mi voz cargada de un triunfo oscuro—, que duden si nos deseamos.
La sombra tras la puerta no se movió por un largo rato, petrificada por la realidad de lo que acababa de escuchar. Yo me limité a tomar lo que quedaba de mi whisky, observando a la rubia que, sobre mi mesa de caoba, acababa de entender que en el mundo de los Marsella, el placer es solo otra forma de guerra.