Bajo mi poder

1876 Words
+VIKTOR+ El eco de los pasos de Dante y Elena desvaneciéndose por la gran escalera, dejó un silencio denso en la planta baja, uno que se me pegaba a la piel como el humo de un incendio que no lograba extinguir. Gianna también se había retirado; su pragmatismo siempre me había resultado útil, pero esta noche, su mirada analítica me había puesto los nervios de punta. Apreté el brazo de Clara con una firmeza que rozaba la rudeza. Ella dio un pequeño traspié, pero no dijo nada hasta que cruzamos el umbral de mi despacho. Cerré la puerta con un movimiento seco, dejando que el "clic" del pasador resonara como una sentencia. —Deja de ponerte nerviosa —le susurré al oído, con la voz cargada de una impaciencia que me quemaba la garganta—. Te dije que esto tenía que sonar natural. Parecías una maldita cervatilla a punto de ser arrollada por un camión cada vez que Dante te miraba. Ella se zafó de mi agarre con un movimiento brusco, frotándose el brazo donde mis dedos seguramente habían dejado huella. Sus ojos verdes, un tono que todavía no terminaba de descifrar, pero que carecía de la calidez de los de Elena, centellearon con una chispa de furia que no esperaba. —¡No me reprendas, Viktor! —me espetó, alzando el mentón con una dignidad que no debería tener alguien que acababa de salir del barro—. Ya basta. He hecho lo que he podido. No me pidas que actúe como una experta en este nido de víboras cuando lo único que he manejado en mi vida son escobas y platos sucios. La miré de arriba abajo, y por un segundo, la duda me golpeó como un puñetazo en el estómago. ¿Qué demonios has hecho, Viktor?, me pregunté. La comparación era inevitable y destructiva. Elena era una bailarina; alta, esbelta, con una gracia que llenaba los espacios. Clara, en cambio, era una miniatura. No medía más de un metro sesenta. Sus hombros eran pequeños, su figura menuda se perdía bajo la seda del vestido que yo mismo le había comprado. Es rubia, de un tono pálido que me recordaba a la luz de una luna anémica. Y en mi mundo, las rubias así solo servían para dos cosas: decoración o distracción. A menudo pensaba que eran tontas, fáciles de moldear. Pero Clara tenía esa lengua afilada que empezaba a cansarme. De repente, un crujido sutil en el pasillo, justo afuera de la doble puerta de madera oscura, me puso en alerta. Conocía ese peso, ese ritmo. Alguien estaba allí. Alguien que no terminaba de confiar en este "milagro" de amor repentino del sucesor del Don. Sin darle tiempo a reaccionar, la agarré por la cintura. Sus costillas se sintieron frágiles bajo mis manos, pero no me detuve. La levanté en el aire, ignorando su jadeo de sorpresa, y la suspendí sobre el pesado escritorio de caoba. El sonido de su cuerpo golpeando la madera y los papeles desordenados fue amortiguado por mi propio cuerpo, que se hundió entre sus piernas. —¿Qué haces? —susurró ella, con los ojos muy abiertos, sus manos buscando apoyo en mis hombros. —Abre las piernas —le ordené. No fue una petición; fue el mandato del hombre que ahora llevaba el mando de Marsella. —¿Aquí? Viktor... —intentó protestar, pero su voz se quebró cuando vio la intensidad en mi mirada. —Es una orden, Clara. Muéstrales lo que quieren ver. Ella tragó saliva, y pude ver el conflicto interno en sus pupilas. Finalmente, cedió. Sus muslos se abrieron, rodeando mi cintura, y sus manos, pequeñas y todavía ásperas por el trabajo duro, se entrelazaron en mi nuca. Me incliné sobre ella, invadiendo su espacio. La besé. No fue un beso de amor; fue una colisión de urgencias. Mi lengua reclamó su boca con una ferocidad que buscaba silenciar mis propios demonios. Quería borrar la imagen de Elena cenando con Dante. Quería arrancarme la envidia que me corroía las entrañas al ver cómo su marido la tocaba con la propiedad que yo nunca tendría. Clara soltó un jadeo contra mis labios. Sentí cómo su cuerpo se tensaba y luego, sorprendentemente, se relajaba. Su vestido se había subido hasta la mitad de sus muslos, dejando al descubierto la piel pálida que nunca había visto el sol. Se estaba dejando llevar, atrapada en el torbellino de mi violencia contenida. Sus dedos se enterraron en mi cabello, tirando ligeramente, respondiendo a mi embestida con una desesperación que me sorprendió. Me separé apenas unos milímetros, manteniendo mi rostro a una distancia peligrosa del suyo. Sus labios estaban hinchados, rojos, y su respiración era un desorden rítmico que golpeaba mi cuello. —Si es posible, te quito la virginidad aquí mismo —le susurré al oído, dejando que mi aliento caliente la hiciera estremecer—. El que está afuera nos está viendo. Observa, Clara. No parpadees. Ella desvió la mirada hacia la rendija de la puerta, donde una sombra apenas perceptible indicaba que alguien vigilaba a través del cristal esmerilado. Sus ojos verdes se dilataron por el miedo y la adrenalina. —Nos... nos están viendo —repitió ella en un hilo de voz, aferrándose a mis hombros como si fuera el único anclaje en una tormenta. —Exacto —gruñí, bajando una de mis manos hacia su muslo, apretando la carne con una posesividad brutal—. Así que haz que valga la pena. Gime si es necesario. Araña mi espalda. Que duden de todo, menos de que te deseo. La volví a besar, esta vez con más hambre, una mano deslizándose por la curva de su cadera. Por dentro, mi corazón era una piedra fría. Estaba usando a esta chica que no sabía nada del mundo, para construir un muro entre mis sentimientos reales y la realidad del Don. Era cruel, era cínico, y era exactamente lo que se esperaba de mí. Clara soltó un sollozo ahogado que se transformó en un gemido cuando mis dedos rozaron la delicada tela de su ropa interior. Es virgen, lo sabía. —Eres mía, Clara —le dije contra la piel de su cuello, marcándola con mis dientes—. Al menos, ante los ojos del mundo. Y más vale que lo aprendas rápido, porque este juego no tiene salida. Ella cerró los ojos, escondiendo su rostro en el hueco de mi cuello. La sombra en la puerta finalmente se movió y se alejó. El espía se había ido convencido. Solté a Clara lentamente, dejando que sus pies tocaran el suelo, pero sin apartarme de su espacio. Ella se arregló el vestido con manos temblorosas, evitando mi mirada. —Vete a la habitación —le dije, mi voz volviendo a ser ese bloque de hielo—. La función ha terminado por hoy. Mañana tienes una cita con la modista y Elena. Asegúrate de que no vea nada más que a una novia enamorada. No esperé a que respondiera. Me serví un whisky doble y me senté en mi sillón. +++++++++ El whisky quemaba en mi garganta, pero no lograba adormecer el zumbido de mi instinto. Estaba solo, o eso creía, hasta que el crujido de la madera bajo unos pasos ligeros me obligó a dejar el vaso sobre el escritorio con un golpe seco. Antes de que pudiera articular una orden de expulsión, Clara regresó. No caminaba, corría. Sus ojos verdes estaban desorbitados, inyectados en una mezcla de pánico y una determinación suicida que nunca le había visto. Sin previo aviso, se abalanzó sobre mí. Sentí el impacto de su cuerpo menudo contra el mío mientras se horcajaba sobre mis piernas, obligándome a reclinarme en el sillón de cuero. Sus dedos, fríos y temblorosos, se enterraron en las solapas de mi chaqueta. —¡Están ahí! —susurró con voz entrecortada, pegando su boca a mi oreja hasta el punto de que podía sentir el calor de su aliento acelerado—. Dante y Elena... se detuvieron en el rellano. Están hablando con Gianna, pero sus miradas apuntan aquí. Quieren vernos, Viktor. Quieren pruebas de que esto no es un contrato de oficina. La tensión en mi mandíbula se volvió dolorosa. Mi cuerpo reaccionó de inmediato a su cercanía, a la presión de sus muslos rodeando mi cintura. Mis manos, por puro reflejo de protección y dominio, se cerraron sobre sus caderas. —¿Y qué sugieres, rubia? —mascullé, mi voz saliendo como un rugido contenido. El sarcasmo era mi única defensa contra la punzada de deseo que me recorrió al sentir su pecho subiendo y bajando contra el mío—. Tú eres la que ha vuelto corriendo. ¿Qué hacemos? ¿Les invitamos a pasar para que tomen nota? —No te burles —me espetó ella, y por un segundo vi a la mujer real tras la máscara de la sirvienta—. Tú eres el Don. Tú eres el que sabe cómo engañar al diablo. Yo solo... yo solo te sigo la corriente. Pero haz algo, porque si entran ahora y nos ven discutiendo, estamos muertos. La miré fijamente. Su vulnerabilidad era un arma blanca. La suspendí en el aire, levantándola del sillón como si no pesara nada, y caminé hacia la puerta. Mi primera intención fue arrastrarla a la habitación, encerrarnos y dejar que el silencio hiciera el resto. —Vamos a la habitación —le dije, mi voz siendo un bloque de hielo—. Nos encerraremos allí y que imaginen lo que quieran. Pero Clara negó con la cabeza frenéticamente, sus manos apretando mis hombros. —No... no es suficiente. Me detuve en seco. Una chispa de ferocidad se encendió en mi pecho. Si querían una función, les daría el estreno de su maldita vida. Regresé al escritorio de caoba con zancadas de depredador. La deposité sobre la madera de nuevo, barriendo con un brazo los papeles y el vaso de whisky que terminó volcándose, empapando los informes de la organización. —Entonces, que escuchen —gruñí. Mis manos bajaron a la costura de su vestido. No hubo delicadeza. El sonido de la seda desgarrándose bajo mi fuerza bruta fue como un disparo en la biblioteca. Ella se tensó, un pequeño jadeo de sorpresa escapando de sus labios, pero no me detuvo. Le alcé el vestido, exponiendo la palidez casi translúcida de su piel bajo la luz mortecina de la lámpara de escritorio. —Disfruta, Clara —le susurré, mis ojos fijos en los suyos, desafiándola a no quebrarse—. Porque ellos quieren acción, y yo estoy harto de actuar con guión. —Pero... Viktor, no estoy lista... no así... —intentó decir, sus manos buscando cubrirse. Ignoré su protesta. Mis dedos buscaron el cierre de su sostén y lo liberaron con una eficacia insultante. La prenda cayó, dejando sus pechos pequeños y firmes a merced del aire frío y de mi mirada hambrienta. El contraste entre la seda oscura y su piel de porcelana era una tortura visual. —Cierra los ojos —le ordené, mi voz descendiendo a un susurro oscuro y posesivo—. Cierra los ojos y deja que tu cuerpo hable por ti. Si gritas, que sea de verdad.
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