Problemas

1941 Words
+ El viaje hacia la mansión Varonelli fue un ejercicio de silencio asfixiante. Miraba por la ventana cómo el paisaje cambiaba de la naturaleza salvaje a las avenidas custodiadas por muros de piedra blanca. Mi mente no dejaba de dar vueltas. Iba a vivir bajo el mismo techo que Elena. La mujer que Viktor amaba con una desesperación silenciosa. La mujer de la que yo era la sombra, el reemplazo barato, el escudo de carne. Aunque sea el poco tiempo que ellos decidan estar en la mansión, ya que me di cuenta de que ellos se irán a otro lugar. No sé dónde. Toda esa familia es un misterio y detrás de ello está el poder. —Debes estar cerca de mí en todo momento —sentenció Viktor, rompiendo el silencio—. Especialmente ahora que la boda se aproxima. Dante es astuto; buscará grietas en nuestro compromiso. No le des ninguna. —¿Y Elena? —pregunté, girándome para verlo. Sus ojos de acero estaban fijos al frente—. ¿Qué pasa si ella me mira y ve la verdad? Ella es mujer, Viktor. Las mujeres olemos la mentira antes de que se pronuncie. Él apretó los puños sobre sus muslos. El nombre de Elena siempre provocaba una reacción física en él, un tic en el ojo, un endurecimiento de los hombros. —Elena quiere creer que soy feliz. Quiere quitarse la culpa de encima por no haberme elegido —dijo con una amargura que casi me hizo sentir lástima por él—. Ella te verá y verá lo que quiere ver: mi salvación. Así que asegúrate de parecer salvada, Clara. —Lo haré, aunque hay un problema. El coche se detuvo con una violencia que hizo que mis cinturones de seguridad se clavaran en mi pecho. El silencio del motor apagado fue reemplazado por el sonido de mi propia respiración acelerada. Miré a Viktor, sintiendo que la burbuja de lujo en la que intentaba envolverme se reventaba con la realidad de mis hermanos. —Viktor, tengo problemas con mis hermanos... ellos te odian, no... No me dejó terminar. Su mano se movió con la rapidez de una cobra, atrapando mi quijada con una presión que me hizo soltar un pequeño jadeo. Me obligó a girar la cabeza, clavando sus ojos de acero en los míos. No había rastro del hombre que hace un momento fingía protegerme; este era el Don, el depredador que no aceptaba réplicas. —Tú decides, Clara —siseó, y su voz era como el filo de una navaja rozando mi garganta—. ¿Quieres volver a vivir en la calle? ¿Quieres que esos niños terminen siendo unos malditos delincuentes de poca monta, pudriéndose en una celda por un trozo de pan? Tragué saliva como pude, sintiendo el calor de su palma contra mi piel fría. —No te digo que yo soy un santo —continuó, y una sonrisa cínica, carente de cualquier rastro de humor, curvó sus labios—. Pero hay delincuentes con estatus. Si tus hermanos entran en mi lista, trabajarán para mí. Tendrán poder, no solo hambre. Así que dómalos, Clara. Domina a esos cachorros antes de que muerdan la mano que le está llenando el plato. Me soltó bruscamente, dejándome con la sensación de sus dedos marcados en el rostro. Me froté la mejilla, tratando de recuperar la compostura mientras el corazón me martilleaba en las sienes. Era un negocio, sí. Un maldito intercambio de carne por seguridad. —¿Y qué pasará cuando Elena se vaya con su marido? —pregunté, mi voz apenas un susurro que cortaba la tensión del habitáculo. Viktor volvió a encender el motor. El rugido del coche pareció calmarlo un poco, devolviéndole esa máscara de frialdad absoluta. —Cuando ellos se vayan, este contrato se termina y listo —soltó, mirando por el retrovisor—. Cada quien por su lado. La mansión que te acabo de dar para tus hermanos y tu abuela será legalmente tuya. Te daré una buena cantidad de dinero, lo suficiente para que no tengas que volver a limpiar el suelo de nadie en siete vidas. —¿Y si ella regresa? —insistí, pensando en lo pequeño que es el mundo de la mafia. —Si regresa, le diremos que lo nuestro no funcionó. Que el amor se apagó. —Se encogió de hombros con una indiferencia que me dolió, aunque no debería—. Ya no te mates la cabeza con suposiciones, Clara. Es un trabajo rápido y sencillo. Agradece que fuiste afortunada. Podría haber elegido a cualquiera, pero te elegí a ti porque sé que por tu familia eres capaz de vender hasta tu sombra. Me quedé callada, mirando mis manos entrelazadas sobre el vestido. Afortunada. Esa era la palabra que usaba para describir mi condena. —Gracias —logré decir, aunque la palabra me supo a hiel. —Buena chica —respondió él, y por un segundo, su mano dio un toque condescendiente en mi rodilla antes de volver al volante—. Ahora vamos. La función no espera y Elena odia la impuntualidad. * Llegamos a la mansión principal. Era un monstruo de piedra y luz, una fortaleza donde el apellido Varonelli era ley. Al bajar del coche, sentí que mis piernas temblaban. Viktor se acercó a mí y, con un movimiento que pretendía ser afectuoso pero que se sintió como una orden, pasó su brazo por mi cintura y me pegó a su costado. —Sonríe —susurró contra mi oído. Su aliento me erizó el vello de la nuca—. Empieza la función. + Las puertas dobles se abrieron y allí estaban. Dante, con esa presencia de lobo alfa que incluso ahora, supuestamente sin memoria completa, imponía respeto; y Elena, radiante, con esa belleza que no necesitaba esfuerzo. —¡Viktor! ¡Clara! —Elena se acercó con los brazos abiertos. Su calidez era tan genuina que me hizo sentir como una criminal—. Qué alegría que ya estén aquí. Estábamos por pasar al comedor. Clara, espero que tú abuela este bien y tus hermanos también, ya que madrugaron, salieron sin despedirse. Gianna y yo teníamos pensado buscar el vestido de novia, ya que se quieren casar pronto. Siii, me estoy quedando aquí con Viktor… Y desde temprano salimos de la mansión; teníamos planes y uno era hablar con mi familia, ya que Dante y Elena planean conocerlos. Hace unos días Viktor vivía solo en esta mansión, pero de la nada apareció su amigo y la mujer de sus sueños. ¡El amor de su vida! Elena, la esposa de Dante. Mientras Viktor vivía en su soledad, yo era su empleada y un poco su dolor de cabeza…, y todo cambió cuando ellos aparecieron, automáticamente dejé de ser su empleada para ser su novia y pronto su esposa de mentiras. Viktor me apretó más fuerte contra él. Sentí el calor de su cuerpo, una solidez que por un segundo me engañó haciéndome creer que me protegía. —Clara necesitaba dejar instalada a su familia —dijo Viktor, su voz transformándose en esa seda peligrosa que usaba en público—. Pero ahora ya somos todos suyos. Caminamos hacia el comedor. Cada paso sobre el mármol era un recordatorio de mi insignificancia. Yo era una "don nadie" de veintidós años, una huérfana abandonada por una madre que prefirió su libertad a sus hijos. Y ahora estaba aquí, cenando con la realeza de la mafia. Me senté a la mesa, frente a Elena. La cubertería de plata brillaba bajo la lámpara de araña, y por un momento, me vi reflejada en la hoja de un cuchillo. Una cara pálida, ojos demasiado grandes, una impostora con un vestido caro. + El tintineo de la plata contra la porcelana de Limoges me devolvía a la realidad con la violencia de un bofetón. Bajé la mirada hacia mi plato, donde un filete perfectamente sellado nadaba en una reducción de vino que olía a gloria, pero para mí, en ese instante, el aroma era ceniza. Tenía el estómago cerrado, anudado por una mezcla de náuseas y esa culpa punzante que se instala en el pecho cuando sabes que estás cometiendo un fraude. —¿Y los pequeños? —La voz de Viktor rompió el aire, sonando profunda, masculina, con esa autoridad natural que me hacía vibrar los huesos. Gianna, la hermana de Dante, se limpió las comisuras de los labios con una elegancia que yo nunca alcanzaría aunque practicara cien años. Gianna era el espejo de Elena: sofisticada, de rasgos afilados y una seguridad que parecía venirle de nacimiento. —Están durmiendo, Viktor —respondió ella con una media sonrisa—. Después del despliegue de energía de esta tarde en el jardín, se rindieron. Miré de reojo a Elena. Ella asintió, su rostro iluminado por la luz de la araña de cristal. Elena tenía cuatro hijos: Alexander, un torbellino de tres años que ya apuntaba a tener la misma mandíbula de acero que su padre; y los trillizos de apenas un año, dos niños y una niña que parecían ángeles sacados de un cuadro renacentista. Gianna también tenía su prole: Estrella, una niña que andaría por los diez años y que me miraba con una madurez que me intimidaba, y un bebé de un año que era el compañero de juegos de los trillizos. Una mansión llena de niños. De risas reales. De familias que, aunque rodeadas de sangre y secretos, se pertenecían. + A mi alrededor, el lujo era obsceno. Las paredes revestidas, los techos altos, el vino que costaba más que el alquiler anual de mi vieja casa. Y entonces, como una ráfaga de viento gélido, me vi a mí misma hace apenas unos meses. Vi a la Clara que vestía un delantal sucio, la que limpiaba los zócalos de casas como esta, la que se quedaba en un rincón mirando de reojo cómo los ricos dejaban la mitad de sus platos llenos de manjares. En aquel entonces, mi estómago era un agujero n***o. El hambre no es solo la falta de comida; es un dolor constante, una humillación que se te mete en los poros. Recuerdo haber mirado las sobras de salmón o los restos de postres caros deseando poder meterlos en una bolsa para llevárselos a Luca, a Enzo, a Marco... pero siempre había alguien vigilando. Yo tenía el estómago vacío mientras los de mi clase éramos invisibles para los que decidían el destino del mundo. Y ahora, mi familia estaba a unos kilómetros, en una casa que no olía a humedad. Luca estaría cenando. Mi abuela tendría su sopa caliente. Mis otros hermanos no tendrían que pelearse por la última corteza de pan. Todo por este contrato. Todo por este anillo que todavía no estaba en mi dedo, pero cuya marca ya sentía en mi alma. —¿Por qué tan callada, Clara? —La voz de Elena me sacó de mi trance. Me sobresalté ligeramente. Elena me observaba con esos ojos color miel dorado. Su cabello largo y ondulado, estaba recogido en un moño desordenado que solo a ella le quedaba bien. Tenía el porte de una bailarina, una delicadeza atlética que hacía que cada uno de sus movimientos fuera una coreografía de elegancia. —¿Estás nerviosa por la boda? —insistió con una calidez que me hacía querer confesarle toda la verdad y salir corriendo. Forcé una sonrisa. Me salió un gesto rígido, una mueca que esperaba que pasara por timidez nupcial. —Sí, un poco —respondí, mi voz sonando pequeña—. Es... es mucho que procesar en tan poco tiempo.
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