+CLARA+
Me quedé de pie en el centro de ese salón que gritaba una riqueza que me ofendía. El mármol blanco bajo mis pies estaba tan pulido que podía ver mi reflejo, el de una mujer que ya no reconocía. Luca estaba frente a mí, con los brazos cruzados y esa mirada que siempre usaba para detectar mis mentiras.
—Entonces, ¿todo bonito, no? —soltó Luca, barriendo con la mano el aire cargado de olor a cera cara y flores frescas—. Míranos, Clara. De un agujero donde el techo se nos caía encima a este palacio. ¿A cambio de qué? Porque tú y yo sabemos que el "Don" no regala ni el aire que respira.
Inhalé hondo. El aire aquí era demasiado puro, me quemaba los pulmones. Miré a mis hermanos pequeños, que se habían quedado estáticos, y a mi abuela, cuyas manos no dejaban de desgranar su rosario.
—Los he reunido a todos porque hay algo que deben saber —mi voz salió más firme de lo que esperaba—. Me voy a casar con él. Con Viktor.
El silencio que siguió fue denso, de esos que te tapan los oídos. Fue Luca quien lo rompió, no con palabras, sino con una carcajada seca, desprovista de gracia.
—Ustedes son lo más importante que tengo —seguí, tratando de ignorar su burla—. Y... les confieso que me he enamorado de él.
—¡Mentirosa! —el grito de Luca retumbó en las paredes, haciendo que los más pequeños se encogieran—. ¡Eres una maldita mentirosa, Clara! Desde el primer día que entraste a trabajar en esa mansión como una sirvienta invisible, dijiste que ese hombre era un cretino de mierda. Que era un bloque de hielo sin alma. ¿Y ahora resulta que el corazón te late por él?
—¡Cállate esa boca! —le espeté, dando un paso hacia él—. No hables así de él. Ese hombre nos está dando una casa de verdad, comida que no está podrida, ropa que no tiene agujeros y...
—Te vendiste, Clara. —Luca bajó la voz, y eso dolió más que el grito—. Dime la verdad a los ojos. Te vendiste. Mierda, mamá nos abandonó, nos dejó tirados en la basura, ¿y tú haces esto? ¿No puedes tener ni un gramo de dignidad?
Sentí el primer crujido en mi pecho. La fragilidad me estaba ganando terreno, pero la furia la empujó de vuelta.
—¿Y qué quieres que haga, maldita sea? —le grité, mientras las lágrimas me nublaban la vista—. ¡Dímelo tú, gran hombre de trece años! ¿Quieres ver a Enzo y Marco morir de hambre en un rincón? ¿Quieres que la abuela enferme y muera por la humedad de las paredes? ¡Dime de una puta vez! ¿Crees que teniendo dos o tres trabajos de mierda limpiando suelos ajenos saldríamos de la pobreza que nos dejó esa mujer? ¡Pues no, Luca! ¡No íbamos a salir nunca!
Me pasé el dorso de la mano por los ojos, con rabia.
—Solo te pido una cosa: que me apoyes. Nada más. No necesito tu juicio, necesito que te asegures de que ellos estén bien mientras yo hago lo que tengo que hacer.
No esperé respuesta. Me di la vuelta, con el corazón martilleando contra mis costillas, y salí de ahí casi corriendo. Subí las escaleras de mármol, sintiendo que cada paso me alejaba un poco más de la chica que solía ser. Al entrar en la habitación que se me había asignado, un espacio tan grande como toda nuestra casa anterior, cerré la puerta y me apoyé en la madera fría.
Ya está. He decidido aceptar. Soy la futura esposa de Viktor Schmidt. "El Don", el hombre del mando, el dueño de las sombras de Marsella.
Me miré en el espejo de cuerpo entero. Tengo veintidós años. Soy una maldita don nadie. Una chica que aprendió a ser madre antes que mujer porque la mujer que nos dio la vida decidió que nosotros éramos un lastre demasiado pesado para sus ambiciones. Y ahora, el destino; ese sádico que se divierte conmigo me puso enfrente a Viktor.
Es frío. Es arrogante. Es un hombre despreciable en muchos sentidos, y sin embargo, tiene el corazón hecho trizas. Me ofreció estabilidad a cambio de mi presencia, de mi nombre, de mi cuerpo si llegara el caso. Hace unas horas vivíamos en un sitio asqueroso donde el olor a orina y abandono se filtraba por las ventanas. Ahora tengo seda bajo mis dedos.
Recuerdo mis primeros días trabajando para él. Yo era solo una sombra que movía el polvo, un fastidio que él ni siquiera se molestaba en mirar. Hasta que apareció ella. Elena. La mujer de sus ojos, el amor que lo desvela y que nunca será suyo porque es la esposa de su mejor amigo, de su hermano de armas.
Soy un escudo. Una distracción. Viktor necesita que el mundo y especialmente Dante y Elena crean que él ha encontrado el amor. Quiere que dejen de compadecerlo, que dejen de vigilar su soledad. Y yo soy la pieza perfecta: joven, desesperada y lo suficientemente insignificante como para que nadie sospeche que nuestro "idilio" es un contrato firmado con tinta de conveniencia.
Me senté en el borde de la cama, hundiendo las manos en el edredón acolchado. Es irónico. Él ama a una mujer que no puede tener, y yo... yo tengo que fingir que lo amo a él para que mi familia no muera en la calle.
—Felicidades, Clara —susurré a mi reflejo con un sarcasmo que me quemó la garganta—. Te vas a casar con un fantasma que busca el rastro de otra mujer en tu piel.
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El eco del portazo aún resonaba en mis oídos cuando el sonido rítmico de unos nudillos contra la madera me arrancó de mis pensamientos. No era Viktor. Viktor no llamaba; él irrumpía, reclamaba y dominaba. Era un toque suave, casi servil.
—¿Señorita Clara? —La voz de una de las chicas de servicio se filtró por la puerta—. El señor Viktor la espera abajo. Dice que debe traer la maleta que terminó de empacar. El coche está listo.
—Ya voy —respondí, mi voz sonando extraña en esa habitación tan vasta.
Me levanté de la cama, sintiendo cómo el edredón de seda se deslizaba bajo mis manos. Caminé hacia el vestidor, un espacio que por sí solo era más grande que el rincón donde Luca y yo solíamos amontonar nuestras mantas para no morir de frío en invierno. Allí estaba: la maleta de cuero n***o, pesada, costosa. Dentro no había nada mío. Ni un solo recuerdo de mi vida anterior. Viktor había sido claro: "Lo que huela a hambre se queda fuera de mis muros".
Dentro había sedas, encajes, lencería que me hacía sonrojar y vestidos que costaban más que la vida entera de diez personas en el "hueco". Ropa comprada por un hombre que no me miraba a la cara cuando me entregaba las bolsas, un hombre que estaba adquiriendo una propiedad y se aseguraba de que el envoltorio fuera impecable.
Agarré el asa de la maleta. El peso me tiró del brazo, un recordatorio físico del contrato que acababa de sellar. Salí de la habitación y bajé las escaleras. En el vestíbulo, mis hermanos y mi abuela estaban agrupados como refugiados en un museo. Luca me miró con un desprecio que me atravesó el pecho, pero no dijo nada. Ya nos habíamos gritado todo lo necesario.
Esta casa, esta mansión con jardines que parecían pintados a mano, era ahora de ellos. Ese era el pago inicial. Mi abuela tendría sus medicinas, los niños sus libros y Luca... Luca tendría un futuro, aunque ahora me odiara por habérselo comprado con mi libertad.
Salí por la puerta principal. El aire de la tarde en las afueras de Marsella era fresco, pero no me alivió. Viktor estaba apoyado contra el sedán n***o, con un cigarrillo entre los dedos y la vista perdida en el horizonte. No se movió para ayudarme con la maleta. Uno de sus hombres se adelantó, me la quitó de las manos y la guardó en el maletero con un golpe seco.
—Es hora de irnos —dijo Viktor sin mirarme, tirando la colilla al suelo y aplastándola con la punta de su zapato italiano—. Elena y Dante esperan para la cena. La farsa tiene que ser perfecta, Clara. Si dudas, si parpadeas más de la cuenta, se darán cuenta. Y no pago por errores.
—No se preocupe, Don —le solté con un sarcasmo que le hizo tensar la mandíbula—. He pasado toda mi vida fingiendo que no tenía hambre para que mis hermanos comieran. Fingir que lo amo a usted será solo otro tipo de ayuno.
Me subí al coche antes de que pudiera responder. El interior olía a él: tabaco caro, sándalo y ese aroma metálico que siempre acompaña al poder. Viktor se sentó a mi lado y el vehículo arrancó, alejándonos de la única seguridad que conocía.