Capítulo 28: Amor en dolores

1556 Words
Al levantarnos de la cama, la idea de que el Rey desearía hablar conmigo, con Alejandro, Rowan y Rosita permanecía en mi mente. Pero pasaron los días… y nada ocurrió. Por dos días no escuchamos nada de los asuntos reales. Pero lo que sí escuchaba… era el llanto ahogado de Rowan y los gemidos de Rosita detrás de su puerta. Todo en ese cuarto parecía romperse: objetos caían, paredes crujían bajo la furia contenida… y al mismo tiempo, el dolor de Rosita se sentía en cada silencio prolongado. No pude más. Me detuve frente a la puerta de su habitación, las manos temblándome por no saber cómo intervenir. Respiré hondo… y entonces, sentí la presencia de Alejandro a mi lado. Su calma me envolvió, y con su voz firme y serena me dijo: — Vamos juntos a ayudarlos, mi Luna. Así podremos asegurarnos que ambos estén bien. Sus palabras me llenaron de valor. Si Alejandro estaba conmigo, podía hacer cualquier cosa. Abrí la puerta… y la escena fue un puñal directo al corazón. El cuarto estaba devastado: muebles rotos, ropas tiradas, el aroma de desesperación impregnado en cada rincón. Y allí, en la cama… Rosita hecha un ovillo, temblando y apenas respirando. Parecía tan frágil… tan rota… que el miedo me atrapó de inmediato. Rowan, de pie en la esquina, nos gruñó como un lobo acorralado. Pero Alejandro no le permitió seguir: con solo desplegar su aura, el ambiente cambió de golpe. Rowan cayó de rodillas, temblando, obligado a someterse al poder de su Alfa. Me acerqué a Rosita y me senté junto a ella con suavidad. Le acaricié el cabello con ternura, hasta que su voz débil, casi un susurro, rompió mi alma: — Luna… ayúdame con Rowan… —su voz se quebraba— él… no quiere dejar su droga… y yo… no puedo hacer nada… me duele todo el cuerpo… y sin su saliva, no puedo sanar… no puedo. La frustración me invadió. Ella necesitaba a su compañero, pero él… él estaba atrapado en su adicción. Alejandro, al escucharla, rugió tan profundo que hizo temblar las paredes. Se acercó a Rowan y, sin una pizca de paciencia, lo acorraló con una sola mano contra la pared. — Mi mandamiento superará tus deseos, Rowan —su voz era la de un Alfa verdadero, potente y absoluta—. Como no puedes dejar la droga solo… yo lo haré por ti. El aire se llenó de un poder que me erizó la piel. Alejandro dejó que su autoridad fluyera como una tormenta: invisible pero imposible de ignorar. Con un grito ahogado, Rowan cayó al suelo, jadeando como si algo dentro de él hubiese sido arrancado. Alejandro se agachó a su lado, le sostuvo el rostro con fuerza y le habló firme pero con un dejo de compasión: — Dejas la adicción ahora, Rowan. O te mato aquí mismo y pongo a otro en tu lugar. Pero si despiertas… despertarás limpio, para ayudar a tu compañera como mereces. Rowan solo respiraba agitadamente, su cuerpo temblando por dentro mientras la orden de su Alfa se grababa en cada fibra. — Él despertará con vómitos, con fiebre… pero limpio —dijo Alejandro al colocar a Rowan junto a Rosita, que lloraba en silencio. Me giré hacia Rosita y le tomé la mano con cariño. — Él va a mejorar… y cuando lo haga, te cuidará como debió hacerlo desde el principio. No estás sola, Rosita. Ya no. Alejandro se ocupó de limpiar el desastre mientras preparaba agua y paños frescos. Su fuerza… su liderazgo… su compasión… todo me hizo sentir aún más orgullosa de llamarlo mío. Y allí, en medio del dolor, del caos… una promesa crecía: ellos sanarían. Juntos. Porque si algo sabía yo ahora, era que una manada no deja atrás a los suyos… y yo tenía la suerte de tener un Alfa dispuesto a salvarlos. Por horas observamos cómo Rosita comenzaba a mejorar, poco a poco. Su respiración se hacía más firme y el color regresaba, tímido, a sus mejillas. Alejandro y yo apenas hablábamos, pero el alivio se sentía en el aire. Rowan, sin embargo, apenas reaccionaba. De pronto, sin previo aviso, se levantó con torpeza y corrió al rincón más cercano, vomitando con tal fuerza que me asustó. Alejandro se apresuró a su lado, sosteniéndolo para que no se desplomara. Yo no sabía cómo ayudar, pero en ese instante escuché que tocaban la puerta principal. Me quedé inmóvil, dudando, pero pronto escuché el grito de Katerina: — ¡El rey ha venido a ver a la reina en descanso! Las palabras me hicieron despertar de golpe. Me levanté de la cama de inmediato, corrí hasta mi habitación, y me despojé de la ropa para ponerme lo primero que encontré: una bata negra sobre mi traje de dormir, también n***o. Apenas me acomodé la tela cuando la puerta se abrió. Me adelanté unos pasos para recibir a Philip… y al verlo, sentí el peso del luto en su rostro. Vestía completamente de n***o, y sus ojos… sus ojos estaban opacos, apagados, como si la vida se le hubiese marchado en un solo instante. Cuando me vio… su expresión se quebró. La agonía lo devoraba desde adentro y sin darme tiempo, me envolvió en un abrazo cargado de desesperación. — Mónica… —susurró, y su voz se rompía en cada palabra— perdóname por mi ignorancia… su muerte me dejó tan destruido… que no tuve fuerzas para venir a verte. Pero aún así, di órdenes estrictas: que si deseabas algo, si pronunciabas cualquier palabra, fueras la primera en ser escuchada… —se aferró más a mí, su voz temblorosa— sobre todo… por encima de todos… incluso de mí. Su confesión me tomó por sorpresa. Nunca había visto a Philip así. Sin la máscara de rey, sin su orgullo… solo un hombre roto. No supe qué decir. Me quedé quieta en su abrazo, dejando que el momento pasara. Sabía que cualquier reacción errada podría alterar su ánimo, y no quería causar más caos… no ahora. Así que calculé cada movimiento, cada respiración, cada palabra que debía decir después… mientras dentro de mí, la pregunta ardía: ¿Quién había muerto? ¿De quién lloraba Philip… y por qué esa sombra negra entre nosotros? Me armé de calma, aunque el corazón lo sentía pesado, y con voz suave le pregunté a Philip: —¿Quién se ha despedido de nosotros que nos deja en tanto dolor? Philip bajó la mirada, y en su rostro se dibujaban las huellas de cada lágrima. Sus ojos se tornaron vidriosos mientras me respondía con una tristeza genuina. —Geraldo de la familia Cortinas… —susurró— el hermano de mi mejor amigo, Franco Cortinas… quien murió por culpa de los lobos… Franco era mi hermano de alma, Mónica. Él… él me salvó muchas veces. En mi mente solo pude pensar en Rosita, en el cachorro que ella había perdido… y en ese hombre que la había intentado matar para cobrar un linaje que ni siquiera existía ya. El tío de ese cachorro, el mismo que casi mata a Rosita y a Rowan, era la razón por la cual Philip ahora lloraba. Qué ironía tan cruel. Philip tenía el corazón contaminado de ignorancia, lleno de prejuicios que lo hacían llorar por unos y desear la muerte para otros. Pero este no era el momento de reproches, ni de rencores. Si lo permitía, se hundiría más en su dolor… y yo, yo debía proteger lo poco que tenía: a mi cachorro, a Rosita, a Rowan… y a mí misma. Lo abracé. No con amor, sino con humanidad. Y al tenerlo entre mis brazos, con voz firme pero compasiva, le rogué: —Entiendo que la pérdida te duele, Philip… y que nada aliviará ese vacío. Pero te pido espacio… espacio para mí y para los míos. Mi sierva Rosita es el último vínculo con esa familia que tanto daño te causó… y el príncipe que crece en mi vientre merece paz para formarse, lejos de estas penas. Philip se aferró a mí como un niño perdido, llorando y dejando sus lágrimas, sus mocos, todo el peso de su dolor… en mi cabello. Me sentí sucia, incómoda… pero aguanté. Cuando finalmente me soltó, asintió con un suspiro roto. —Tienes razón… mi vida… descansaré, y nos veremos cuando llegue tu próxima cita con el médico. Le hice una reverencia por respeto. Lo observé salir, llorando como si su alma se hubiese quebrado. Apenas escuché el portazo, las sirvientas corrieron por el pasillo. Me acerqué para preguntar qué sucedía… pero antes de obtener respuesta, vi a Alejandro caminando hacia mí. Su expresión era seria, pero sus ojos mostraban la calidez que me hacía sentir a salvo. —Sentí cómo te dejó, —me dijo con suavidad—. Pedí a las omegas que te ayuden a prepararte un baño… para que te sientas mejor. Sus siguientes palabras me helaron. —Tengo que irme, mi amor. Debo regresar con la manada, pero volveré en unos días. El mundo me cayó encima. Apenas podía respirar de tanto peso emocional… y ahora… ¿también debía dejarle ir? Mis labios temblaron, las palabras no salían… pero el dolor se acomodó en mi pecho como un viejo enemigo. No quería que se fuera. No ahora. No cuando todo me sabía a soledad.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD