Alejandro En mi forma de lobo, con los músculos tensos y la furia palpitando en mis venas, arrastré el cuerpo del desgraciado Duque Erik por el pie. Corrí hacia el océano con el rugido del viento acompañando mi rabia, y sin pensarlo, lo lancé con toda la fuerza de mi alma al abismo salado. Nadie toca a mi Luna. Nadie la hiere. Y mucho menos, vive para contarlo. Con el eco de su cuerpo hundiéndose en las profundidades, giré y seguí el rastro de Carlos, que me llevó hasta este lugar… un pueblo que parecía habitado por fantasmas. Pero bastó con cruzar por el borde del bosque para que algo más fuerte que mi ira me golpeara de lleno: el aroma de mis cachorros. Mi corazón se detuvo por un segundo. Corrí hacia el castillo. Un cascarón deteriorado, casi en ruinas. Sólo el instinto me mantuvo

