Interrogar al viejo rey no incluía encontrarme esta imagen asquerosa: Katerina, arrodillada en su celda, chupándole el pene con desesperación animal, como si fuera una loba en pleno celo. El asco me nubló la vista. Cerré los ojos por un segundo, pero la furia me estalló al instante. No solo por lo que hacía… sino por la falta total de respeto hacia sí misma. —¡Katerina, sal de esta prisión ahora mismo! —rugí, mi voz llenando el pasillo con autoridad absoluta. Ella se detuvo, pero el hedor de su celo se hizo evidente. Un aroma tan penetrante que me provocó náuseas. Me di cuenta al instante: estaba en celo, como la loba que era. No podía dejarla en ese estado, ni permitir que se expusiera de esa forma. La tomé del cuello —sin violencia innecesaria, pero con firmeza— y la llevé a empujones

