Capítulo 26: mi olor

1513 Words
Al llegar al estado central de nuestra Luna, Rowan colocó a Rosita en el suelo con extrema delicadeza. Sin perder tiempo, comenzó a retirarle el traje, buscando la herida. Cuando finalmente la encontró, sus ojos se apagaron. —Está muerto… —dijo con voz seca—. Pero Rosita… ella está viva. El tono frío de Rowan escondía el pánico que no lograba disimular. Mónica, conmovida, intentó acercarse para ayudar, pero Rowan gruñó con fuerza al sentirla cerca. —Yo la ayudaré —advirtió con un hilo de furia en la garganta—. Pero no puedo si ustedes están aquí. Sin protestar, tomé la mano de Mónica y la llevé a otro cuarto. Pero Mónica… no cerró la puerta. Al contrario, se deslizó de regreso hasta la rendija y me miró poniéndose un dedo sobre los labios, indicándome que guardara silencio. Me acerqué a ella en puntillas. Observamos juntos. Rowan se arrodilló junto a Rosita, acariciándole el rostro mientras la despertaba con su voz… suave, rota de amor. —Tienes que empujar, Rosita… no voy a perderte por la ignorancia de los humanos. Por favor, Rosita, no me dejes. Te he anhelado por tantos años… y ahora que por fin te encuentro, me quitas la opción de amarte. No me dejes por el error de otros. Te juro… te juro que nunca más te haré daño, mi corazón. El suspiro que Mónica soltó a mi lado fue de pura admiración. Su ternura me hizo mirarla… pero pronto el sonido de los sollozos de Rosita nos devolvió la atención. —Duele… —gimió Rosita entre jadeos—. Duele mucho, Rowan… ayúdame, por favor. Rowan la acomodó contra la pared, sosteniéndola con firmeza, y luego se colocó entre sus piernas, ayudándola a abrirse, buscando cómo asistirla en el parto forzado. Ver aquella escena hizo que Mónica, casi por instinto, llevara las manos a su propio vientre. Sin pensarlo, la abracé desde atrás, protegiéndola con mis brazos, sabiendo que también estaba recordando que dentro de ella crecía nuestro cachorro. Permanecimos así, hasta que por fin el pequeño cuerpo sin forma completa salió. Apenas se distinguía… no había tenido el tiempo para crecer. Rowan besó la frente de Rosita, y ella, débil, se acurrucó aún más contra su pecho. Mónica se apartó de mí y tomó unas sábanas limpias. Con todo el respeto, recogió el diminuto cuerpo y les habló con la voz baja pero firme: —Vayan a un cuarto y ayúdala mejor en una cama… Yo me ocuparé de despedir al cachorro por ustedes. Rowan asintió con un dolor que no sabía esconder. Tomó a Rosita en brazos y la llevó al cuarto contiguo, dejando a Mónica sola con el pequeño. Yo, mientras tanto, preparé nuestra habitación. Encendí velas con aromas suaves, alisté la cama con sábanas frescas, dejando todo listo para ella… para nosotros. Quería que sintiera paz después de una noche tan amarga. La escuché caminar de regreso, su paso más lento… más pesado. Al abrir la puerta, la vi más cansada… pero también en paz. Había cumplido un deber sagrado. Ya a solas con ella, no pude resistirme. Me acerqué en silencio y comencé a olfatearla, necesitaba reconocerla… necesitaba grabarme que estaba conmigo, viva, mía. Ella reaccionó con un leve empujón, intentando rechazarme con una risa nerviosa. —Alejandro… basta —susurró, pero sin verdadera intención de detenerme. Pero yo no paré. Seguí oliéndola, recorriendo su cuello, sus hombros… y entonces… detecté algo. Había dos aromas que no eran míos… ni de nuestro cachorro. Eso me hizo gruñir, el lobo en mí despertó de inmediato, celoso, feroz… pero no por desconfianza en ella… sino por el rastro ajeno que cubría lo que era mío. Y la miré… con el hambre y el reclamo de quien no permite que le arrebaten lo que es suyo. —¡Alejandro, ya cálmate! —me reclama Mónica, pero su sonrisa pícara la traiciona. No tiene idea de lo que provoca en mí. Su tono, su juego… es gasolina para el fuego que arde en mis entrañas. Siento cómo el deseo despierta por completo, cómo mi cuerpo responde al llamado de ella, de mi Luna. La recorro con la mirada… acechándola. Soy el lobo que persigue a su oveja descarriada, y ella lo sabe. La recorro por el cuarto con pasos lentos, felinos, mientras gruño bajo, marcando mi territorio con cada respiración que compartimos. Cada vez que se mueve, cada vez que su cuerpo tiembla… más quiero poseerla. Cuando estoy a punto de alcanzarla, Mónica, desafiante, toma la parte superior de su vestido, lo desata con descaro y me lo lanza. Lo atrapo en el aire, llevándomelo al rostro para inhalar profundamente su aroma. Mi lobo ruge por dentro, marcado por el instinto de reclamar lo que es mío. Y ya no puedo detenerme. La rodeo con determinación, huelo cada rincón de su piel al descubierto, oliendo el deseo que emana de ella como un perfume exclusivo para mí. Ella me observa, sus mejillas encendidas, el pecho subiendo y bajando con la respiración agitada. Su piel… su pecho pleno… brillando a la luz tenue que preparé en el cuarto… me consume la razón. No puedo más. Me descubrí mi cuerpo de las ropas. Ya no hay control, no queda nada de cordura cuando sé que la tengo, que me pertenece. —Eres mía, Mónica… —gruño cerca de su oído—. Solo mía. Y con esas palabras, la tomo con fuerza, decidido a fundirme en ella, a hacerle recordar a quién le pertenece su cuerpo, su alma… su vientre que ya lleva a nuestro cachorro. No la dejé escapar. Cuando la tomé por la cintura, la jalé hacia mí de golpe. Su cuerpo encajó perfecto con el mío, como si la naturaleza nos hubiera esculpido el uno para el otro. Sentía su calor, su pulso acelerado, la respiración cortada… cada señal de su deseo alimentaba al lobo que me habitaba. Sus ojos me miraban brillantes, su boca ligeramente entreabierta… y yo… no podía más. La alcé en mis brazos y la llevé a la cama. El peso de su cuerpo, la suavidad de su piel bajo mis manos… me desbordaban. —Mi Luna… mi humana hermosa… —susurré contra su cuello, besándola, lamiéndola, saboreando la marca que le había dejado. Ella jadeó, aferrándose a mis hombros, su cuerpo temblando en cada caricia, en cada beso que dejaba en su clavícula, en sus pechos plenos y rosados que suplicaban por mi boca. Los tomé con ambas manos, amasándolos con adoración, pero también con hambre. Llevé mi boca a uno de ellos, lamiendo alrededor del pezón antes de succionar con fuerza, y su gemido llenó la habitación. Mónica arqueó la espalda, su cuerpo pidiendo más, y yo… no me contuve. —Te necesito, Mona… necesito sentirte… —gruñí con la voz ronca, dejando que mi mano viajara por su vientre hasta llegar a su intimidad, ya húmeda y cálida. Ella gimió al sentirme ahí, acariciándola con mis dedos, explorándola como si fuera la primera vez… pero yo ya la conocía. Conocía cada rincón que la hacía perder la razón, cada caricia que la encendía. Cuando sentí que su cuerpo pedía más, que la humedad me reclamaba, me posicioné sobre ella. La besé profundo, con la lengua encontrando la suya, marcándola otra vez… no con colmillos, sino con deseo. Nuestros cuerpos ya no tenían más barreras. Con un movimiento firme, entré en ella. El calor, el apretón de su cuerpo rodeándome… me arrancó un gruñido feroz. Mónica jadeó fuerte, sujetándose de mis brazos. —Eres… eres tan grande —susurró, temblando bajo mí. —Y tú eres perfecta para mí —le aseguré, comenzando a moverme en un ritmo lento, profundo. Cada embestida era un reclamo, cada empuje, una promesa de que nunca sería de otro. Sentía cómo se amoldaba a mí, cómo se entregaba por completo, sus piernas rodeándome, sus uñas marcando mi espalda mientras sus gemidos llenaban el aire. La besaba entre movimientos, la mordía suave en su cuello, sus hombros… quería tatuarla con mi boca, que supiera que era mía. Su cuerpo empezó a temblar más, su respiración rota y su voz quebrada: —Alejandro… voy a… —Déjate ir, mi Luna… ven conmigo —susurré, acelerando el ritmo, sintiendo cómo su cuerpo se preparaba para el clímax. En unos segundos, ella se arqueó por completo, un grito ahogado en su garganta mientras su cuerpo se estremecía con fuerza, aferrándose a mí con desesperación. Yo no pude aguantar más. Me hundí una última vez y rugí su nombre contra su cuello mientras me liberaba dentro de ella, profundo, marcando el lugar que ya llevaba mi cachorro. Permanecimos así, unidos, temblando, jadeando. Acaricié su rostro sudado, sus cabellos despeinados… y le di un beso tierno en los labios. —Te amo, Mona. Nunca dejaré que nadie más te toque. Ella sonrió, agotada, sus ojos brillantes de amor… y me susurró antes de quedarse dormida: —Yo también te amo, Lobito… Me quedé velando su sueño, mi mano sobre su vientre, protegiendo lo que era mío.
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