Tomando las joyas en mis manos, observé cómo Philip se dirigía a su asiento frente a mí. Mientras me quedaba entretenida admirando el brillo y la delicadeza de cada pieza, su voz interrumpió mi concentración con una calma que no lograba disfrazar del todo su arrogancia.
— Eres tan fácil de entender y de entretener… Amo lo sencilla que eres como mujer. Espero que hayas tenido un buen tiempo en tu lado del palacio hasta ahora.
Sus palabras me provocaron un torbellino de emociones. Había burla en su tono, una condescendencia disfrazada de cortesía. Pensé con cuidado en mi respuesta, procurando sonar firme sin provocar una guerra innecesaria.
— Puedo ser una mujer fácil de complacer con detalles… pero no soy fácil como mujer, Philip. Agradezco que hayas pensado en mí al ver estas joyas, son hermosas. Pero, tristemente, mis guardianes tuvieron un encontronazo con un guardia que nunca afirmó haber sido enviado por ti. Mis hombres no pudieron ayudarme como lo hace esta sirvienta, que me ha dado más paz que muchas de mis propias damas. Ni siquiera ellas se atreven a darme el consuelo que esta mujer me ha ofrecido.
Philip sonrió con aire confiado mientras tomaba su copa, justo en el momento en que los sirvientes entraban con la cena ya servida.
— Yo nunca envié a ningún soldado a tu lado, pero sí envié a una de tus damas. Me informó que estabas muy cansada para cenar conmigo esta noche.
Sus palabras me sobresaltaron. Ninguna de mis damas me había buscado tras la reunión en el jardín. ¿Quién se había atrevido a mentir en mi nombre?
— ¿Qué dama fue a mi lado para traer mentiras hasta ti?
Philip me miró con una chispa venenosa en los ojos. En ese momento, las puertas del salón se abrieron con fuerza y Rebeca entró escoltada por dos guardias, con el mismo vestido que llevaba esa tarde. La miré con incredulidad, incapaz de comprender cómo su dulzura de antes se había tornado en traición.
Cuando sus ojos se cruzaron con los míos, los suyos estaban llenos de veneno.
— Un guardián menos de problemas para mí —escupió con rabia—. Ese hombre lobo ya me tenía harta, verte a su lado era insoportable. Me alegra saber que ahora estás con uno que obedece sin rechistar.
Su voz me llenó de rabia. Cerré los ojos con fuerza, y sin decir una palabra más, envié un enlace mental a Alejandro:
“Lobito… ven con el humano que intentó matarte. Tráelo al comedor del Rey. Ya descubrí quién fue la responsable de todo.”
Pasaron apenas unos segundos antes de que Alejandro entrara, aún en su forma de lobo, con el hombre vivo entre sus fauces. El lobo n***o imponía su presencia con cada paso.
Rebeca gritó con desesperación al verlo:
— ¡Primo! ¡Déjalo ir! ¡Suéltalo, monstruo!
Alejandro se detuvo, manteniendo al hombre inmóvil entre sus dientes sin soltarlo. Philip chasqueó los dedos, haciendo entrar a dos guardias que sujetaron a Rebeca. Su voz tronó con autoridad:
— ¡Silencio!
Ella rompió en llanto, temblando de miedo y vergüenza. Entonces Philip me miró, esperando confirmación.
— ¿Este es el hombre que te atacó esta tarde?
No dudé.
— Sí. Y por voluntad propia no quise traerlo contigo… pero lo hice para que veas la lealtad de Alejandro, como también la de Rowan.
Al mencionar sus nombres, Philip los miró a ambos: primero a Rowan, luego a Alejandro. En sus ojos brilló una chispa de reconocimiento. Aprobación. Y por primera vez, su silencio fue más elocuente que cualquier palabra.
Philip nos miró a todos con una expresión tensa, pero serena. Luego fijó sus ojos en Rebeca con una mezcla de decepción y frialdad antes de hablar con voz firme:
— Rebeca, has traicionado a tu rey y a tu reina por desilusiones personales. Y tristemente, por esa causa, dejaré que Rowan sea quien te ejecute. Atacaste a la loba de esa sirvienta sin mi autorización… y casi provocas una guerra en mi propio palacio, cuando ya tengo una rebelión desatándose allá afuera.
Antes de que pudiera reaccionar, Rowan se transformó. Su cuerpo cambió ante nuestros ojos, revelando un majestuoso lobo rojo brillante, con la nariz marrón y ojos que parecían prenderse en llamas. Fue entonces cuando, sin vacilar, se lanzó sobre Rebeca.
Los gritos de ella llenaron el salón, desgarradores, mientras Rowan la arrastraba fuera. El sonido de sus suplicas se fue desvaneciendo por los pasillos. Nadie se movió. Nadie habló. El castigo estaba en marcha.
Philip giró su atención hacia Alejandro, aún en forma de lobo, con el prisionero aún débil entre sus fauces.
— Déjalo ir —ordenó.
Alejandro soltó al hombre, que cayó al suelo con un quejido. Intentó incorporarse, pero antes de lograrlo, una figura lo tomó por el brazo con fuerza.
Era Katerina, la loba de Philip. Lo arrastró sin piedad fuera del salón, sin pronunciar palabra, sin mirarme siquiera. Solo su presencia impuso silencio y su decisión selló el destino de ese traidor.
Fue entonces cuando Philip tomó su copa, como si nada hubiese ocurrido, y con tono tranquilo pero firme dijo:
— Alejandro escuchará su muerte como prueba de mi lealtad a ti… A mi esposa… A nuestro hijo. Y esa lealtad vivirá hasta que la muerte nos encuentre, en la vejez, como debe ser.
Alejandro me miró entonces. Bajó la cabeza en silencio, un gesto claro de aceptación. La mirada que me dio después no fue de sumisión, sino de comprensión… como si reconociera que, por ahora, las palabras de Philip eran verdaderas.
Y sin embargo, dentro de mí… una sombra de duda seguía creciendo.
Al ver que tenía que moverme para cenar, Philip informó a Alejandro con una voz calmada pero autoritaria:
— Alejandro, regresa al estado de tu reina. Ella volverá mañana por la mañana… y con esa sirvienta, como compensación por mi ignorancia.
Su conclusión hizo que mi corazón se hundiera en el pecho con terror.
Philip había declarado que me quedaría con él esta noche. Y aunque no lo dijo con palabras directas, el mensaje era claro. No deseaba dormir con él. No esta noche. Pero también sabía que no tenía poder sobre las decisiones del Rey.
Mientras intentaba pensar en cualquier excusa o circunstancia para evitar quedarme, escuché la voz de Alejandro hablándome por la mente, con su tono firme y protector:
“Tranquila, mi Luna. Rowan y Rosita han aceptado ayudarte a dormir sin que nadie interfiera esta noche.”
Esas palabras lograron calmarme un poco, aunque mis pensamientos seguían en alerta.
Rosita.
Ese nombre me dejó en suspenso.
No sabía quién era. No tenía ni una idea de qué papel jugaba en todo esto… y aunque confiaba en Alejandro y Rowan, los recuerdos seguían vivos en mi memoria.
Katerina había intentado atacarme mientras dormía, después de una noche de pasión con Alejandro.
No podía bajar la guardia.
No esta vez.
Sabiendo que Alejandro se iba sin mí, me dolió más de lo que pensaba. Esa sensación me apretó el pecho y, en ese instante, se me ocurrió una idea. Me dirigí a Philip con el tono más respetuoso posible:
— Mi Rey, si pudiera… ¿hablar con libertad?
Philip seguía comiendo, pero al escucharme, dejó sus cubiertos a un lado y me miró con atención antes de responder:
— Dime, mi amor.
Luego giró levemente el rostro hacia Rowan y le indicó con un gesto:
— Rowan, toma ese jarrón de vino y tráemelo. Deseo beber algo mientras escucho a mi reina.
Rowan se acercó obedientemente al jarrón, pero algo me inquietó. Los lobos del comedor se viraron sutilmente, alertas, como si percibieran algo fuera de lugar, pero no deseaban exponerse. Fue un segundo apenas perceptible, pero lo noté.
Y justo en ese segundo, lo vi.
Rowan, con una rapidez casi imperceptible, vertió el contenido de su pequeña botella —la misma que había sacado antes— en el jarrón antes de llevárselo a Philip.
Mis ojos se abrieron levemente, sorprendida. Rowan no dudó, no tembló. Lo hizo con la precisión de alguien acostumbrado a actuar en secreto.
Pero ¿qué le había puesto? ¿Una droga como el anice? ¿O algo más?
Philip, ajeno a todo, tomó el jarrón con confianza, lo alzó y se sirvió con tranquilidad.
Yo, por dentro, sentía cómo mi corazón palpitaba más rápido de lo normal.
Rowan regresó a mi lado sin decir una palabra, pero su mirada fue suficiente para hacerme entender: confiaba en mí para mantener la calma.
Y yo sabía que esta cena… estaba por cambiar el rumbo de todo.