Capítulo 34: Combate con armas

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Dejándolo caer me quedé escuchando. Después de escuchar los sollozos de alivio de Lily y las palabras entrelazadas de amor entre ella y su mate, sentí algo en mi pecho aflojarse. Por un instante, la guerra pareció silenciarse. Verlos juntos, aún con las cadenas marcando su piel y el dolor de lo vivido en sus ojos, fue suficiente para saber que esta misión valía cada gota de sangre derramada. Sin embargo, mi labor aún no había terminado. Caminé de nuevo hasta donde el humano arrodillado seguía, sucio, tembloroso, y sin saber si viviría otro minuto. Lo levanté con un solo tirón del cuello de su camisa, y mientras lo arrastraba fuera del edificio, envié un enlace claro y firme a mis guardias más cercanos: “¿Quién desea seguirlo y matarlo cuando haya entregado mi mensaje?” Las respuestas no se hicieron esperar. Un aullido suave se mezcló con la brisa, y de entre los árboles salió un joven guerrero de mi manada. Su cabello n***o se balanceaba con el viento y sus ojos marrones brillaban con determinación. En segundos, se transformó en su forma humana frente a mí, su uniforme limpio, su porte digno, y sus pasos firmes. El humano lo vio acercarse y su rostro cambió al instante, convencido de que era uno de los suyos. Lo vi creerlo… vi el ligero suspiro de esperanza cruzar por su expresión marchita. Pero yo no lo detuve. Lo empujé hacia el suelo, donde cayó sobre sus fondillos con torpeza, levantando polvo entre las piedras. Me incliné ligeramente hacia él, y con la voz grave, cargada de autoridad y veneno, le dicté el mensaje: —Dile a Philip que su tiempo como rey ha terminado. Dile que el terror que sembró está siendo arrancado raíz por raíz. Que lo que pasó aquí es solo el principio. Que cada campo de concentración que robó… lo vamos a recuperar. Uno por uno. Que mire a su alrededor y empiece a temer. Porque nosotros venimos por todo. Y venimos con furia. El hombre tragó saliva, temblando. Y justo cuando se puso de pie, riendo con nerviosismo como si mis palabras no tuvieran peso, como si aún pudiera correr a refugiarse en su reino… Mi guerrero sacó el arma con calma, con una precisión que me hizo sonreír con orgullo. El guante de piel, reforzado por las mujeres de la manada con la ayuda de Lily, brillaba ligeramente bajo la luz. Era el símbolo de lo que ahora éramos: lobos adaptados, preparados, despiertos. Él apuntó directo al corazón del humano sin temblar. —Corre, y reza que alguien te escuche antes que yo te encuentre —le dijo el joven con una sonrisa cruel. El humano no se rió más. Corrió. Y mi guerrero, sin bajar el arma, lo siguió entre la sombra de los árboles… como un verdadero lobo en cacería. Sabiendo que el mensaje había sido entregado, y que el miedo había cambiado de bando, volví mi atención a lo más urgente: liberar a los que aún sufrían. Pasé horas abriendo jaulas oxidadas, rompiendo candados con mis propias manos, guiando cuerpos débiles hacia la libertad que tanto les habían negado. Lily no se separó ni un segundo de su mate, Luis, pero aun con el alma rota, no dudó en ayudar. Se ocupó de las mujeres más jóvenes, de las que lloraban sin saber cómo sentirse libres, de las que habían perdido hijos, hermanas o dignidad. Su fortaleza silenciosa era un consuelo para ellas… y un recordatorio para mí de por qué esta guerra debía ganarse. Dimos agua, duchas, ropa limpia. Las mujeres de mi manada se encargaron de cocinar para todos, incluso con recursos limitados. Nadie se quejó. Nadie pidió más. Aquel primer plato caliente después de tanto tormento fue recibido como un tesoro. Tres días pasaron desde nuestra llegada, tres días de sanar heridas, reconstruir confianza y permitir que el sol tocara nuevamente los rostros de aquellos que habían vivido en oscuridad. Y cuando por fin el último plato fue servido, y las risas tímidas comenzaron a surgir entre las hogueras, me puse de pie. Caminé hasta el centro del campamento y me paré frente al fuego, con los brazos cruzados, mirando a todos con la misma seriedad que me había acompañado desde el inicio. La madera crujía al consumirse, lanzando chispas al aire, y mi voz resonó firme entre los susurros del viento: —¿Desean ser libres por completo? —pregunté con el corazón en la mano—. ¿Vivir sin ser parte de una manada, sin ataduras, por su cuenta? ¿O desean unirse a la mía, donde no hay cadenas, donde nadie manda por encima del respeto mío, donde todos luchamos por todos? Sea cual sea su decisión, la respetaré. Y donde sea que vayan, me aseguraré de que sus derechos como lobos sean protegidos. El silencio que siguió fue poderoso, como si la tierra misma esperara su respuesta. Uno a uno, se levantaron. Muchos con lágrimas. Otros con sonrisas temblorosas. Una mujer mayor tomó la mano de una niña huérfana. Un joven sostuvo a su compañero. Y todos dijeron lo mismo: —Deseamos ser parte de tu manada, Alfa. Algunos pocos, con miradas firmes pero sin desprecio, pidieron irse por su cuenta. Les ofrecí una despedida digna, y les di las coordenadas exactas de nuestra mansión en caso de que algún día quisieran regresar. Me lo agradecieron con respeto. Pero nada me llenó más de orgullo que ver a Luis y Lily, de la mano, mirarme con decisión. Con los ojos enrojecidos pero llenos de luz, asintieron. —Aceptamos —dijo Luis con voz grave—. Seremos parte de tu manada. Serviremos y protegeremos. Y construiremos este nuevo mundo contigo. Incliné mi cabeza en señal de honor. —Entonces no solo han ganado libertad… han ganado una familia. Bienvenidos. A todos. Y por primera vez en mucho tiempo, entre el humo del fuego y la promesa de un mañana distinto… mi pecho se llenó de esperanza por mi especie. Al tener más miembros en mi manada, envié un enlace inmediato a mis guerreros para que retomaran sus turnos como se les había enseñado. Las rondas de vigilancia no podían fallar ahora que nuestra manada había crecido. Mañana nos iríamos de regreso a casa, y todos debían estar preparados para el camino. Sabía que este era el campo de concentración más alejado, el más difícil de alcanzar. Haberlo liberado primero nos daba una ventaja estratégica: los otros serían más fáciles de destruir y liberar en los días por venir. Esta victoria, aunque manchada de sangre y dolor, era una promesa de lo que aún podíamos lograr. Cuando por fin regresamos a la mansión, ya cayendo la noche, lo primero que vi fue a Pablo corriendo hacia mí con una expresión de emoción contenida. No era común verlo así, y su energía me alertó de inmediato. —Alfa, esto acaba de llegar —me dijo, extendiéndome una carta. La tomé en mis manos, y al notar el sello, un escalofrío recorrió mi espalda. Ya la había leído una vez, pero aún así la abrí con la misma urgencia, como si una segunda lectura pudiera cambiar el destino que anunciaba. Alfa Alejandro, Este mensaje es del Rey Philip. Su declaración de guerra ha sido aceptada. A partir de este día, eliminaremos sin piedad a cada lobo que esté bajo su control o bajo su protección. El fin de su r**a será nuestro legado. Rey Philip Firmado también por su padre, el antiguo Rey. Levanté la vista lentamente. Mis ojos buscaron los de Pablo, pero fue su sonrisa lo que me detuvo. Una sonrisa oscura, torcida, casi placentera. —¿Qué más pasó, Pablo? —le pregunté, sintiendo que algo más, algo mucho más serio, venía detrás de esa carta. Sin decir palabra, me tendió un pequeño paquete sellado con sangre seca. Su expresión se volvió más seria, y sus ojos me advirtieron que lo que contenía no era una simple respuesta. —Esto también lo dejaron. No venía con la carta, sino tirado al suelo, junto al ave mensajera… como si no quisieran que lo viéramos de inmediato. Abrí el paquete con cautela, sintiendo un nudo en el estómago. Adentro, envuelto en un trozo de tela ensangrentada, había un diente… uno que reconocí al instante. Pertenecía a uno de nuestros lobos enviados en misión a los palacios del sur. No era solo una declaración de guerra. Era una advertencia. Una promesa de venganza. Y un grito de guerra que ya había comenzado a cobrarse vidas.
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