Dos años habían pasado desde que pude hablar con Kristopher y conocer a sus hermanos. Correr con él y con su hermano Pedro era ahora parte de mis días. Ver cómo Kristopher lo protegía con esa ternura silenciosa, como si su pequeño mundo dependiera de ello, me enseñó más sobre la paternidad de lo que jamás creí posible. A nuestro lado corría Pablo en forma de lobo, llevando a Paulo a cuestas, mientras el más pequeño, Killiam, se sujetaba con fuerza a su espalda, sin dejar de reír. Los cuatro me habían enseñado lo que ningún guerrero ni estrategia pudo: cómo ser un padre, incluso sin tener aún a mi propio cachorro entre mis brazos. Me llenaban de esperanza, me hacían soñar con un futuro mejor… con un hogar donde mi Luna, mi cachorro y yo pudiéramos ser una familia. Por dos años, he pensad

