Madre Luisa entonces me mira con determinación y en ese momento, entra otra monja detrás de Alejandro que camina para estar a mi lado, más Madre Luisa le dice, —guardián, al lado de la Duquesa está la letrina, es para que usted se cambie, apúrese —. Alejandro me mira con tristeza y va a la letrina.
Cuando Alejandro entra y cierra la puerta, otra Monja entra con una tarta de fresas, y una antorcha pequeña. Madre Luisa toma la antorcha pequeña y la otra monja mira a la tarta esperando algo que no le va a agradar seguramente.
—Mónica, es hora de orar para que tu noche sea de bendición y no seas el fracaso de nuestro duro trabajo en criarte con elegancia, con prudencia, y todas las cualidades que una dama de realeza debe de poseer y enseñar a sus discípulos. Una nueva Reina es esperada para mañana y así seremos contigo cueste lo que cueste. Ahora, ve en orar—. Con su mano libre, saca su rosario y me lo da.
Tomándolo me giro solo para ver un taburete con un cojín. Poniéndome en mis rodillas, empiezo mi oración, sabiéndola de memoria termino en un buen tiempo pues escucho la puerta abrirse. Para terminar, hago una cruz en mi frente.
Al levantarme veo que Alejandro está desnudo y sin su collar.
Yo por lo menos tengo mi bata de dormir, pero él está desnudo. Mis ojos se mueven al ver a Madre Luisa tomarle importancia a Alejandro, que por alguna razón me enoja.
Y sin esperar más, hablo; — ¿ahora qué, Madre Luisa? —Ella devuelve su mirada a mí, mostrando que está decepcionada en ser interrumpida.
Si tanto te molesta sal afuera y encuéntrate uno para ti, Madre mía, digo para mis adentros.
Me consuelo con mis propias palabras para entonces escucharla decir de manera cansada—. Los dos tienen que ver esto, la tarta es tu área más privada Mónica, es la misma que te he chequeado por años desde tu niñez —, yo miro a la tarta, y Madre Luisa continúa diciendo—. Guardián, tú eres la antorcha, tú tienes que hacer lo siguiente—, Madre Luisa toma la antorcha.
El pastel es lo suficientemente sólido como para que se le hiciera un agujero, lo cual hizo salpicar el relleno a la monja que lo sostenía.
Mis ojos se abren sorpresivamente al entender qué es lo que va a pasar en estos momentos. Mi corazón empieza a latir más rápido, siento calor en la noche más fresca que he tenido en esta semana, y yo no deseo que nada de esto realmente pase. Mis miedos crecen cuando veo a la monja tomar la antorcha.
Sin pensar en cómo dirigirme le digo a Madre Luisa, misma que tiene una sonrisa malvada puesta en su cara.
—Madre Luisa, ¿esto no dolerá? ¿Cómo saben que podré caminar después de que comience a sangrar? —Madre Luisa mueve sus labios para no burlarse del miedo que estoy sintiendo.
Alejandro le gruñe a Madre Luisa, que me está haciendo dejar de temer sobre lo que sucederá. Siento temor al pensar quien será el que me haría ese daño, cuando Madre Luisa dice casi riéndose; —eres mujer, el dolor es inevitable, este será el comienzo de tus dolores. Tienes un guardián que entendemos que te guardará si no puedes caminar. Bendiciones en su noche a ambos—. Madre Luisa así mismo, tomó su despedida y se fue cerrando la puerta con candado.
Me volteo al ver que Alejandro cierra las puertas de madera que dan al cuarto. Todo sigue pareciendo ser n***o aun a pesar de las pocas velas. Camino hacia el cajón que debe tener las velas y los fósforos aun con la poca vista que tengo de las velas encendidas.
Mala visión siempre he tenido, pero ahora estoy nerviosa al no poder ver mis velas aún parándome de puntas para buscarlas cuando de pronto, siento las manos de Alejandro tomar la mías. Las chispas, y el sentimiento de calma que me trajo me lleno por completo. Él toma las dos velas y las lleva a donde están las otras ya encendidas para hacer el cuarto más alumbrado.
Mi paz de ver y no estar en la oscuridad me llena de alegría, y sonrío un poco después de dejar salir un suspiro. El sentir a Alejandro tocarme me dio más que paz, incluso más que esas chispas me hicieron sentir escalofríos. No había más frío en mí, ahora solo sentía mayor deseo que él me toque, quizás las mismas sensaciones de calor me daría una sensación mejor entre las piernas que el dolor que Madre Luisa nos indicó.
Mirando a Alejandro hacer sentir más tranquila la atmósfera, le pregunto después de sentarme en la cama—. ¿Deseas bañarte? —Alejandro me mira con una expresión de conflicto.
Él camina a mí diciendo—, solo si tú me ayudas—. Su voz se escuchó tan seductiva que siento mis áreas más sensitivas palpitando. Muevo mis manos para tratar de satisfacer el sentimiento, pero aún sé levantarme y gritar en mi mente, ¡toma control, Mónica de la Mendoza!
Tomando mis manos para esconder la cara de vergüenza que él me ha dejado debido a su voz, le contesto—, mejor me quedo en la cama hasta que te des un baño si no te lo has dado—. Alejandro baja la cabeza haciéndome sentir su aliento.
Dejando mis manos más tranquilas, veo que él está deletreando unas palabras, y en la mente me repito sus palabras para entender lo que no me está diciendo en voz alta.
—No miran desde la puerta de atrás.
Uno mis cejas pues, no entiendo por completo lo que me dice. Al comprender, él vuelve a repetir.
—No nos miran. No nos miran desde la puerta de atrás. Y si nos miran de atrás pensaran que es estar como dentro de una confesión.
Sin pensarlo y al verme en una posición difícil quiero negar, pero al mirar el cuello de Alejandro y ver esas marcas, cambio de opinión.
—No me has podido contestar, ¿te has bañado? No deseo que tu cuello esté en ese estado mientras pierdo mi virtud para complacer a mi marido después—. Mis últimas palabras parecieron dolerle, pues su expresión me lo demostró.
Viendo detrás de él es que entiendo lo que me estaba diciendo, la tela detrás es para que nos vean, pero me pregunto, ¿porque desean tanto ver lo que vamos hacer?
No duró mucho mi pregunta pues empecé a escuchar Alejandro, quien se fue a la letrina. Se fue en el momento en que yo me quedé mirando las puertas, preguntándome quienes podrían estar detrás de él.
Después de un momento es que escuchó a Alejandro tener dificultades, levantándome para ir a la letrina y cuando abro la puerta veo que él estaba rascándose donde el hierro estaba puesto. Mirando por todos lados no veo nada con lo que pueda ayudarlo, pero si veo mi bata de noche y las plantas de aloe vera que siempre están puestas en las letrinas.
Cierro la puerta detrás de mí para ir al lado de donde está la planta, bajándome para tomarla, la parto en pedazos para sacar lo que está dentro, al girarme veo que el cuello de Alejandro se está sanando, pero todavía tiene quemaduras, me muevo para ponerle lo que está saliendo de la planta y él solo no hace nada.
Después de unos minutos de ponerle la planta sus quemaduras ya no están visibles, y es aquí donde Alejandro me dice en voz baja, — ¿la desnudez no te asusta? —. Le miro a los ojos, pues me tomo de sorpresa su pregunta.
Mis ojos solo han estado en su sanación, ni por un momento trate de ver a su cuerpo, y si tengo que ser honesta conmigo misma prefiero quedarme de esta manera.
“Siendo totalmente honesta, pensar en ti como hombre es algo que me asusta, no es la primera vez que veo alguien desnudo, pero es incómodo con alguien que me da unas sensaciones que no entiendo, y me deja desear más”. Digo para mis adentros.
Pero por lo visto en Alejandro claramente no está en la misma posición que yo, pues posa su mano en mi mejilla y se mueve acercándome a su boca, donde puedo escuchar su pregunta —, ¿me permitirás ayudarme a sentirme bien durante tu primera vez?
Ni siquiera me dejó contestarle a su pregunta, pues me dio el primer beso sin más.
Sus labios me hicieron sentir un pequeño mordisco que me hizo abrir un poco la boca, y luego el entró con su lengua para comenzar a explorar cada centímetro de mí haciéndome sentir sucia.
Este sentimiento me hace moverme y empujar a Alejandro. Cuando el vio mis intenciones de dejarlo, se movió lejos de mí haciéndome poder respirar de nuevo. Llevo mis manos a mi pecho. Hay tantas sensaciones en mí.
— ¿Tu primera vez? —Alejandro parpadeó desconcertado por lo que le había preguntado, luego se tomó un par de segundos para recomponerse y responder con vergüenza en su tono—. Nunca tuve pareja, pero si estuve con otras personas. Una pareció ser algo más, pero nunca los fuimos—. Sus palabras me dolieron, pues no deseo saber más de su pasado.