Capítulo 32: liberación parte 3

1332 Words
Pablo nos miraba con una mezcla de agotamiento y agonía. Sus ojos, usualmente firmes y decididos, estaban rojos, pesados, vencidos por las noches sin dormir y el peso de demasiadas responsabilidades sobre sus hombros. No necesitaba decir una palabra para que entendiera que ya no podía más. Que lo único que deseaba en ese momento era paz. Silencio. Un instante de olvido. Pero eso… era algo que aún no podíamos darnos. Ese trabajo, esta reconstrucción, la libertad que estábamos forjando con nuestras propias garras, era más importante que cualquiera de nuestros deseos. Y Pablo, por más que estuviera cansado, era una pieza vital en todo esto. Lo sabíamos él y yo. —Pablo —le dije con firmeza, pero sin dureza—. Cuando esto termine, cuando logremos lo que vinimos a hacer, podrás descansar. No te lo estoy quitando, solo te pido que aguantes un poco más. Necesito esta reunión… necesito que nuestra manada entienda que ya no deben vivir con miedo. Que nadie volverá a dictarles cómo vivir, a quién amar, cuándo hablar, o cuándo morir. Pero si mantendremos orden para que nunca fallen de ser víctimas a otros. Mi voz se quebró un poco al final, pero no lo oculté. Pablo lo notó, y en su mirada hubo comprensión, aunque su rostro siguiera marcado por el desgaste. Su compañera, atenta, se acercó a él y comenzó a masajearle suavemente los hombros, dándole un instante de consuelo que no necesitó palabras. Fue entonces cuando me llegó el enlace. Claro, directo, como un destello de esperanza en medio de tanta oscuridad: “Alfa, ya llegaron todos. La manada está reunida.” Mi corazón dio un pequeño vuelco. Era momento de hablarles. De mostrarles que aún había futuro. Que no estaban solos. Que su Alfa seguía aquí… luchando por ellos. Por Mónica. Por todos. Bajé las escaleras con el peso de toda una manada sobre mis hombros, pero también con el fuego de una esperanza que no había sentido en semanas. Mis pasos resonaban en el mármol pulido de la mansión mientras el murmullo creciente de mi gente se volvía silencio al verme llegar. Cientos de ojos, de rostros marcados por la guerra y el cansancio, se alzaron para escucharme. Me coloqué al frente, junto a Pablo y Carla, y levanté la voz con claridad, con el respeto que ellos merecían. —Hemos tomado muchas decisiones en estos días… decisiones duras, decisiones necesarias. Pero yo no soy un dictador. Esta manada no es un ejército ciego. Así que hoy, como su Alfa, quiero preguntarles… ¿alguien desea algo distinto? ¿Hay otro camino que creen más justo? Hubo un momento de silencio pesado, pero no por miedo. Era respeto. Fue entonces cuando, uno a uno, comenzaron a asentir. Algunos levantaron la mano para ofrecer su ayuda en tareas de defensa, otros se mostraron ansiosos por entrenar, por aprender a manejar las armas que una vez nos oprimieron y ahora serían nuestras herramientas de libertad. Vi a jóvenes con el brillo del coraje en los ojos y a ancianos con lágrimas de alivio por ver que su lucha no había sido en vano. Durante dos meses trabajamos sin cesar. Día y noche, reforzamos la mansión, establecimos nuevas patrullas, entrenamos con disciplina, nos ayudamos unos a otros a sanar heridas físicas y emocionales. Cada rincón de la casa, cada paso en la tierra, tenía el sudor y la sangre de mi gente. Y yo estuve con ellos. Como uno más. Y entonces, hoy… hoy ocurrió algo que me llenó de un orgullo imposible de ocultar. Un grupo de cazadores humanos, invasores de nuestro bosque, fueron capturados sin derramar una sola gota de sangre por los más ancianos de mi manada. Guerreros veteranos que se creían olvidados, que pensaban que su tiempo había pasado, se alzaron como leyendas vivas. No hubo violencia desmedida, solo sabiduría, táctica y una dignidad feroz. Los abracé uno a uno. Mi pecho hinchado de orgullo. Mi alma, por un instante, en paz. Pero la guerra no ha terminado. Ahora nos preparamos para la siguiente misión: rescatar al compañero de Lily. Una misión que no solo es estratégica… es personal. Es un acto de lealtad. De honor. Y también una promesa para mí mismo: si puedo ayudar a Lily a recuperar a su compañero, quizás… algún día… yo también pueda recuperar a mi Luna. A Mónica. A mi cachorro. Y esta vez, no fallaré. Preparándome con el uniforme que Carla y otras mujeres de la manada confeccionaron para mí, sentí por primera vez en mucho tiempo que algo dentro de mí había cambiado. Me observé frente al espejo, ajustando los últimos detalles con manos firmes, pero con el pecho palpitante de emociones contenidas. El uniforme era más que tela o protección: era un símbolo. Una declaración de lo que había sobrevivido y de quién era ahora. Mis dedos recorrieron las costuras hechas con los mismos pelos de mi lobo. Tejidos con técnica, unidos por magia ancestral y cariño de quienes creen en mí. Las fibras parecían latir con vida propia, adaptándose a mis movimientos, recordándome que ya no tenía que esconder mi forma. Que mi lobo y yo éramos uno. Que mi pueblo me veía como tal: Alfa. Estas ropas fueron hechas con los pelos de mi lobo, cuidadosamente tejidos entre sí por manos sabias de mi manada. No son simples vestimentas: son parte de mí. Al transformarme en mi forma de lobo, el tejido se estira con mi cuerpo sin romperse, adaptándose como una segunda piel nacida de mi misma esencia. Y cuando regreso a mi estado humano, la ropa vuelve conmigo, intacta, como si hubiese estado esperando por mí todo el tiempo. Y en ese reflejo, inevitablemente pensé en ella. En mi Luna. En Mónica. “¿Le gustaría mi uniforme?” Me pregunté en silencio, tragando el nudo que se formaba en mi garganta. “Si estuviera aquí conmigo, ¿le agradaría este nuevo resplandor que emana de mí? ¿Me vería con orgullo, no como el guardián que conoció, sino como el Alfa que su manada necesitaba?” “¿Me diría cuánto me ama por las decisiones que sigo tomando por nuestro hogar… por el cachorro que lleva en su vientre?” Las dudas dolían, pero también me daban fuerza. Desde la reunión final con la manada, todos aceptaron su lugar en esta nueva etapa. No como esclavos o víctimas, sino como miembros de una familia que yo, con esfuerzo y sangre, reconstruí a sus lados. Todos se abrazaron a su libertad, y aunque me costó meses aceptar que realmente soy el líder de ellos, ahora lo sentía profundamente en mi pecho. Salí del cuarto que aún no estaba decorado, pero sí cuidadosamente limpiado por las mujeres que, con dignidad, ahora caminaban libres por la mansión. En el pasillo, me encontré con Pablo. Vestía también su nuevo uniforme, sus hombros rectos, su sonrisa orgullosa al verme con el mío no pasó desapercibida. Nos reímos con complicidad, como dos hermanos que se conocen en medio de la guerra y el luto. Nuestras palabras se tornaron en bromas tontas de hombres: sobre qué guerrero sudó más durante el entrenamiento, o cuál de nosotros tenía más estilo en su nueva ropa. Entonces llegó el enlace. Una voz que no escuchábamos desde hacía días. “¿Me extrañaron, Alfa?” Era Carlos. Mi mandíbula se tensó y mis ojos se encendieron con un fuego distinto: orgullo. —Carlos… —susurré, sin contener la sonrisa—, claro que sí. Su regreso era la confirmación de que nuestra causa no era solo válida, era fuerte. Que incluso en medio de la distancia, nuestros lazos se mantenían firmes. Él, que había salido como espía, ahora regresaba como hermano. La manada estaba lista. Nosotros estábamos listos. Y aunque el dolor por Mónica seguía clavado en mi pecho, hoy me vestía con la esperanza de que pronto… muy pronto… podría recuperar todo lo que me habían arrebatado. Y protegerlo como jamás lo hice antes.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD