Abrí la carta con dedos tensos, el corazón tamborileando en mi pecho, y leí en voz baja solo para mí:
Rey Philip, tus días están contados y nuestras huellas serán reveladas en sangre. Nuestra manada crece para revelar rebeldía contra ti y tus seguidores. Tu reinado terminará y nuestro Alfa conquistará todo. ¡Larga vida a nuestro Rebelde Alfa!
Cada palabra me hacía sentir el pulso más acelerado, la sangre corriendo más rápido de lo normal. Una rebelión… entre humanos y hombres lobos… había comenzado.
Mi respiración se volvió corta. Me sentía mareada, mis pensamientos revoloteaban como pájaros atrapados en una jaula. Entonces, Philip se acercó. Me sorprendió tenerlo tan próximo, hablándome con un tono que no esperaba, suave… casi tierno.
—Mónica… si esto es demasiado para ti, no tienes que quedarte aquí. Regresa a tu cuarto con tus guardianes. Esta noche cenaremos juntos, los dos… y podremos hablar con más calma, si así lo deseas.
Solo pude asentir con la cabeza. Mis labios no se movieron. No tenía fuerzas para más. Al instante, sentí la mano firme de Alejandro tomar la mía, su agarre cálido y protector, sosteniéndome cuando mis piernas temblaban.
Al salir del salón, traté de respirar más tranquilo, pero al sentir el peso de otra presencia a mi lado, giré la cabeza y vi al otro guardián: el pelirrojo de ojos verdes. Silencioso, caminaba a mi otro flanco como si siempre hubiera estado allí.
Cuando llegamos al lado del palacio reservado para mí, me detuve antes de cruzar la puerta y declaré con firmeza:
—Todos, excepto mis guardianes, se quedan fuera de mis aposentos. Es una orden. Estoy triste… llena de temores. No deseo desmayar frente a ninguno de ustedes.
El silencio fue inmediato. Y las puertas y ventanas se cerraron de inmediato, sellando la intimidad de mis habitaciones.
Apenas la puerta se cerró, Alejandro avanzó al frente y en un movimiento veloz acorraló al pelirrojo contra la pared, empujándolo con fuerza mientras su voz rugía con ira contenida.
—¿Cómo rayos sabes que fui yo quien hizo esos ataques… cuando juro que fui el único que estuvo en esa área?
El pelirrojo sonrió con veneno, con esa mueca altanera que me hacía sentir que sabía más de lo que admitía. Su respuesta fue un puñal envuelto en palabras:
—Porque también sé que la reina… no quedó embarazada del rey. Sino de ti, perro Alfa.
Su confesión me desgarró por dentro. Inmediatamente llevé ambas manos a mi abdomen, donde crece mi bebé… nuestro bebé.
El gruñido de Alejandro retumbó como un trueno. Sus colmillos se alargaron, las garras se extendieron, y sin dudarlo se lanzó sobre el pelirrojo. El choque de sus cuerpos contra la piedra resonó en la habitación, y el rugido feroz de Alejandro marcó el inicio de una pelea brutal, una lucha que no era solo de fuerza… sino de territorios.
De amor.
De poder.
De sangre.
Y allí estaba yo… temblando, protegiendo mi vientre, viendo cómo el caos reclamaba el control de mi mundo.
Alejandro lo tomó por el cuello mientras su cuerpo comenzaba a transformarse parcialmente, su fuerza aumentando con cada segundo. Lo tiró al suelo con tal brutalidad que el impacto retumbó en las paredes. El pelirrojo gemía de dolor, su cuerpo temblando bajo el peso de Alejandro, que aún mantenía los colmillos clavados en su hombro.
—Me someto… —susurró entre jadeos y quejidos—. Me someto a tu autoridad, Alfa. No me mates… por favor. Te daré mi palabra y mis fuerzas.
Alejandro no esperó más. Lo mordió en la mano, sellando la sumisión, y recitó con firmeza el juramento de aceptación temporal en la manada.
—Te acepto en probatoria dentro de mi manada —rugió Alejandro—. Hasta que la manada decida conmigo… y con mi Luna… lo que haremos contigo.
El pelirrojo, ahora arrodillado, se sujetaba la mano marcada, su rostro era un mapa de miedo y desconcierto.
—¿Me… juntaste a tu manada? —preguntó con la voz quebrada.
Luego comenzó a reírse, como un demente, una carcajada que llenó la habitación de incomodidad. Alejandro dio un paso atrás, sus ojos negros como la noche, y advirtió con un tono que helaba la sangre:
—Igual que a la guardiana Katerina de Philip. Esto es temporal. Si descubro que están en mi contra, o si tocan a mi Luna o a nuestro cachorro… te mato sin pensarlo. ¿Estamos claros?
El pelirrojo bajó la cabeza, rindiéndose, y yo no pude evitar preguntar con curiosidad:
—¿Cómo te llamas?
Él me miró con un destello de odio en los ojos, pero respondió con respeto:
—No tengo nombre. Nunca me dieron uno. Crecí siendo solo… guardián.
Sus palabras me sorprendieron. Pensé en lo cruel que era crecer sin un nombre, sin identidad. Sin pensarlo, pregunté de nuevo:
—¿Alguna vez pensaste en un nombre que te gustaría tener?
Frunció el ceño, mirándome con curiosidad, hasta que respondió:
—Rowan. Siempre me gustó ese nombre cuando era pequeño. ¿Por qué me lo preguntas, Reina Mónica?
Le respondí con calma, aunque con la convicción de quien empieza a ver la verdadera magnitud de su poder:
—Porque deseo que todos aceptemos que somos mejores que la vida cruel que el Rey Philip nos ha impuesto a todos.
Rowan se levantó. Su cuerpo, que minutos antes estaba herido y marcado, ahora se mostraba completamente curado. Ni un rasguño. Observé con la boca ligeramente abierta cómo su piel no tenía rastro alguno de la pelea.
Alejandro se percató de mi reacción, se acercó con una sonrisa y, usando dos dedos, me cerró la boca con suavidad.
—¿Te sorprendió algo, Mona?
Ese apodo, tan íntimo, hizo que Rowan nos mirara con expresión burlona.
—¿Mona? ¿Ya se tienen sobrenombres de amantes tan temprano?
Su sonrisa pícara me encendió la sangre y lo miré con desaprobación antes de responderle con enojo contenido:
—Rowan, eso no es de tu importancia. Él es un niño a veces… y soy yo quien paga las consecuencias al final.
Mis palabras provocaron una carcajada conjunta entre Rowan y Alejandro. El sonido de sus risas llenó la habitación, desarmando por un momento toda la tensión que se había acumulado.
Y en medio de esa risa… supe que, al menos por ahora, estaba a salvo entre mis lobos.
Sintiéndome finalmente tranquila, escuché a Rowan hablar con una sonrisa más sincera que todas las que le había visto hasta ahora.
—Reina Mónica, solo le jalaba la pata —dijo con un tono juguetón—. No tengo mucho control de mi actitud… pero gracias por el nombre. Me agrada saber que tengo a alguien que cree que valgo más que solo ser un guardián. Aunque aún no sé… cuánto podré sobrellevar o vivir mientras siga siendo uno.
Hizo una pausa, y entonces sus ojos se posaron en Alejandro. Su sonrisa no se borró cuando añadió, con una chispa de atrevimiento:
—A menos que… mi carta sea cierta. Y que la revolución esté realmente en el horizonte para hacernos libres.
Mi mirada se fue a Alejandro, que se había quedado pensativo tras esas palabras. La carta, la amenaza velada que anunciaba el fin del reinado de Philip, pesaba aún en el aire. Pero Alejandro habló al fin, su voz grave pero serena, cargada de la firmeza de un Alfa.
—Tu Luna te dio un nombre para que seas libre de Philip —le recordó, y sus palabras hicieron latir fuerte mi pecho—. ¿Acaso vamos a dejarte ir solo porque fuiste un guardián más entre tantos? Piénsalo de nuevo, Rowan. La carta… fue una buena idea. Pero nunca vuelvas a actuar sin decírmelo antes.
Rowan sonrió. Pero esta vez no había burla en su rostro. Sus ojos brillaban con esperanza. Con algo que parecía nuevo incluso para él: propósito.
Verlo así, sabiendo que poco a poco dejarían de ser solo herramientas o sombras encadenadas… me llenó de orgullo. Un orgullo suave, tibio. Porque sabía que si estaban a mi lado, tendrían una nueva vida. Y yo… una nueva fuerza.
Una manada.