Capítulo 30: liberación parte 1

1890 Words
Mientras corría, cada zancada era un latido roto, un dolor clavándose en mi pecho. La distancia entre mi manada y yo era corta, pero la culpa y la desesperación alargaban el camino como un túnel sin fin. Sabía que Rowan, o como Philip lo había llamado tantas veces… Miguel, debía conocer lo que estaba ocurriendo. Pero más que eso, sabía que necesitaba su fuerza, su lealtad, su fiereza para mantener viva a la mujer que ambos respetábamos: mi Luna. Mi Luna… Mónica. Su nombre era una plegaria constante en mi mente, un eco que me recordaba el calor de su piel, el sonido de su risa, la suavidad de sus manos cuando las apoyaba en mi pecho después de amarnos. Pero ahora… Ahora solo la recordaba entre sombras, entre el riesgo de perderla, entre las garras de un rey que no la merecía y cuyo odio crecía cada segundo. Me sentía dividido. Tenía a mi manada, mi deber como Alfa… Y tenía a mi Luna, mi vida. Temía. Temía que si me enfocaba en proteger a la manada, la perdería para siempre. Que Philip la llenara de mentiras. Que mis cachorros nacieran y crecieran sin mí. La traición de Rowan de no decirme su verdad… pesaba. Pero sabía que él jamás tocaría lo que es mío. Tenía a Rosita, y ella era su mundo. Apreté los dientes. Corría más rápido. Tenía que llegar. Tenía que fortalecer a mi manada, organizar la guerra. Pero sobre todo… tenía que recuperar a mi Luna. Y aún con la noche cayendo, juré en silencio: “Espérame, Mónica. No importa cuánto sangre… no importa cuánto me cueste… voy a recuperarte. A ti, a nuestro cachorro. Y a todo lo que el destino quiso arrebatarnos.” Mi aullido rasgó el cielo mientras la oscuridad me envolvía. Pero en mis ojos… ya ardía la promesa de volver. La sangre rugía en mis oídos cuando mis garras desgarraron al primero, su grito ahogado bajo mi peso. Sin piedad, lo lancé contra la pared de piedra, sintiendo el crujido de sus huesos romper el eco de sus atrocidades. El segundo apenas tuvo tiempo de alzar la mirada antes de que mis colmillos se cerraran sobre su cuello. El sabor metálico de su sangre no calmaba mi rabia, al contrario… la encendía más. Me transformé en mi forma humana a medio ataque, dejando que el peso de mi cuerpo cayera sobre el tercero que intentaba huir. Lo aplasté contra el suelo, mis manos clavándose en sus hombros, la mirada fija en sus ojos llenos de miedo. —¡Mírame! —gruñí con la voz llena de veneno—. Esto… es por cada mujer que tocas. Por cada cachorro que lloró. ¡Por cada alma que mancillaste con tus manos podridas! Golpeé su rostro hasta que mis nudillos se tiñeron de rojo, hasta que dejó de moverse. Me levanté con el pecho agitado, jadeando, mirando a mi alrededor las mujeres de mi manada. Algunas temblaban, otras lloraban en silencio. Pero todas vivas. Caminé hasta ellas, mi cuerpo aún vibrando de rabia, y sin importarme mi desnudez les hablé con la voz firme de un Alfa. —Ya no más. Ningún humano pondrá un dedo sobre ustedes mientras yo respire. ¡Lo juro por la Luna! Me giré hacia los cuerpos inertes en el suelo, con el suelo teñido de rojo, y añadí con un rugido: —Y que el resto sepan que el Alfa Alejandro no se esconde. ¡El que se atreva a tocar lo que es mío, conocerá el mismo destino! Las mujeres asintieron, algunas con lágrimas en los ojos, otras con fuerza renovada. Esto no había terminado. Pero esta noche… Esta noche, mi manada sabía que su Alfa estaba vivo. Y que el fuego de la guerra… acababa de encenderse. Durante horas, peleamos sin tregua. El aire estaba impregnado de sangre, cenizas y aullidos de guerra. Mis garras y colmillos estaban cubiertos de la sangre de nuestros enemigos, y aun así, no sentía que fuera suficiente. No mientras mis lobas gritaran de miedo. No mientras mi Luna estuviera lejos, sin saber si seguiría con vida para volver a verla. Fue entonces cuando escuché el enlace de mi Beta Pablo, con su voz firme pero cansada: — “Alfa, tenemos al líder de los tres campos que nos atacaron. Están vivos, encerrados en jaulas por el momento.” Al escuchar sus palabras, me transformé en mi forma de lobo, dejando escapar un poderoso aullido, el cual viajó entre los árboles como una tormenta silenciosa. Era una señal para todos los guerreros que aún seguían luchando, un llamado a reportar el estado de sus zonas. Las respuestas no tardaron. Todos confirmaban lo mismo: la victoria era nuestra. Pero entonces, varios enlaces comenzaron a llegar con urgencia, todos con el mismo mensaje: — “Los humanos están huyendo, llevándose a algunos de nuestros lobos con ellos.” La furia brotó en mi pecho como un incendio descontrolado. Con un rugido desgarrador, lancé un aullido que resonó por toda la tierra: — “¡Maten a los que huyan con nuestros lobos! ¡Y encierren en jaulas a cualquier lobo que nos haya traicionado!” Mi voz era ley. No habría compasión para quienes nos arrebataron la paz, mucho menos para los que intentaban robar nuestras vidas como si fuéramos objetos. Sin perder más tiempo, me lancé a ayudar a mi manada, recorriendo cada rincón, ordenando, protegiendo, curando, enterrando… El peso de la noche me cayó sobre los hombros como una capa de acero, pero no me detuve. Cuando por fin el primer rayo de luz del día iluminó la tierra húmeda de sangre, supe que habíamos sobrevivido. Exhaustos, pero vivos. Victoriosos, pero heridos. Cambiándome a humano. Me acerqué a las mujeres de mi manada, algunas temblaban, otras lloraban en silencio, cubiertas de barro y sangre. Con voz grave pero serena, les di la orden que necesitaban oír: — Regresen a sus hogares… a sus camas… a sus hijos. Hoy hemos sobrevivido. Pero esta guerra aún no termina. Descansen, porque los necesitaré fuertes para lo que viene. Las vi marcharse una a una, apoyándose entre sí como hermanas. Y allí, bajo la primera luz del amanecer, rodeado de ruinas y cuerpos, supe que había cumplido mi promesa: protegerlos. Pero la verdadera batalla aún me esperaba. Mónica. Mi Luna. Mi alma. Mi guerra más difícil. Caminando por el patio de mi antiguo hogar, cada rincón me traía recuerdos. Recordé cómo solíamos vigilar estos sectores… y cómo los mismos puntos que fueron débiles en el pasado, volvieron a ser golpeados con fuerza esta vez. Todo tenía sentido ahora. Philip conocía demasiado. Alguien le está informando. Tener a Pablo aquí es una bendición. Su astucia es inigualable. Y saber que Carlos sigue en el palacio con el resto de mi manada me da la seguridad de que aún tengo ojos dentro del reino. No puedo confiar en nadie más. Quiero volver más fuerte a mi manada. He visto cómo los humanos utilizan sus armas. Comprendo su mecanismo, pero no sé aún cómo usarlas sin arriesgarnos a ser heridos. Eso es lo que debo descubrir. Dejando que los demás se ocupen del terreno, me dirijo a interrogar a los humanos capturados. Necesito respuestas. Necesito saber qué tanto sabe Philip y cuánto tiempo me queda antes de que intente exterminarnos por completo. Al entrar a la vieja casa que ahora usamos como prisión, percibo el hedor del miedo y la sangre seca. Todos los humanos están en sus jaulas, con rostros desfigurados por el odio o el pánico. Justo al frente, en otra jaula, hay un lobo encerrado, inquieto y amenazante. Pablo fue inteligente… poner a los lobos frente a ellos es una advertencia visual. Si hablan, viven. Si no… serán presa. Me transformo a mi forma humana, dejando a la vista mi torso lleno de cicatrices y mi mirada llena de guerra. Me planto con autoridad frente a ellos y hablo, mi voz grave como un trueno que retumba en los barrotes. —Solo les preguntaré una vez. Si no contestan, los lobos que tienen al frente serán liberados… y si tampoco contestan, usaremos sus propias armas para matarlos. ¿Está claro? Al principio, solo hubo burlas. Uno de ellos escupió al suelo con arrogancia, otro me insultó bajo su aliento. Pero no necesitaba sus palabras. Lo que realmente me interesaba era el temblor en sus manos, el sudor en sus frentes. El miedo… era mi ventaja. Los lobos comenzaron a gruñir, agitados por el olor de sus enemigos tan cerca. Las jaulas crujían con cada sacudida. Entonces volví a hablar, esta vez con más furia, con el Alfa que hay en mí despertando por completo. —¡Hablen ahora o les juro que no quedará ni uno de ustedes con lengua para maldecirnos! —¡Tú no eres nuestro rey! ¡Al diablo contigo, perro! La voz de uno de los humanos retumbó con odio, pero no fue el único. Todos comenzaron a gritar lo mismo, como si su desprecio compartido les diera valor. No mostraron miedo. No suplicaron. Me desafiaron. Mi ceño se frunció y mi mirada se volvió tan afilada como mis colmillos en plena transformación. No iba a tolerar ni un segundo más su arrogancia. Sin dudarlo, sin mostrar un gramo de piedad, me acerqué jaula por jaula. Primero, abrí las puertas de los humanos. Uno por uno, los liberé… hacia su condena. Después, abrí las jaulas de los lobos hambrientos, salvajes, desquiciados por la furia de haber sido encerrados frente a sus verdugos. No tardó mucho en desatarse el caos. Gritos desgarradores, súplicas tardías, sangre manchando las paredes. Las garras y colmillos de mis lobos cayeron sobre ellos sin compasión, como si la Luna misma hubiera dictado su castigo. Yo solo observé, en silencio, como quien contempla una tormenta necesaria. Cuando por fin se hizo el silencio, un silencio espeso, lleno de muerte, me giré hacia los lobos que aún permanecían dentro de sus celdas. Algunos me miraban con temor. Otros con desafío. —¿Cuál será su respuesta? —pregunté con voz baja, grave, como el presagio de una sentencia. Dos de ellos se cambiaron a sus formas humanas y los demás siguieron, se rieron. Una risa rota, provocadora. Me escupieron insultos, llamándome bastardo, renegado, traidor de mi r**a. No sabían con quién estaban tratando. Sin perder tiempo, envié un enlace mental a Pablo, con mi tono cargado de tensión. “Pablo, dime que hay alguien en nuestra manada que sepa cómo usar las armas humanas sin perder una mano en el intento. No podemos seguir ciegos en esta guerra.” Su respuesta llegó con firmeza, con la determinación de un lobo que entendía la urgencia. “Sí, Alfa. Hay una mujer. La única que sabe más que cualquiera. Su esposo ayudó a construir esas armas antes de que desertara del reino. Ella quiere hablar contigo. Está en un campamento aislado, lejos de aquí. Su nombre es Lily.” El saber que tenía una oportunidad, una sola posibilidad de poner a mi manada a la par de los humanos… de protegerlos, de contraatacar, de vengarnos… me encendió el pecho de orgullo y fuego. Tal vez no teníamos palacios ni ejércitos enteros como Philip. Tal vez éramos pocos, heridos, renegados… pero ahora teníamos una opción. Y no iba a desperdiciarla.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD