Capítulo 19: Cariños de uno

1292 Words
Haciéndome la sorda, les respondí a mis damas con mentiras bien formuladas para brindarles paz y tranquilidad sobre un asunto que, en verdad, estaba muy mal contado. Los lobos no son monstruos. Son humanos con una parte animal, sí, pero con límites bien claros… límites que nosotros cruzamos con demasiada frecuencia. Viendo que todas me miraban con anticipación, hablé mientras tomaba uno de los pequeños sandwichitos de jamón, con quesos y fresas. —Triste es saber que aún no se conoce el paradero de la gypsy, pero me alegra saber que las prioridades del Rey han comenzado a centrarse en su trono… y no en su cama. Tomé un mordisco del sandwichito, manteniendo una sonrisa elegante. Muchas de las damas reaccionaron con gestos de aprobación que se transformaron en risas suaves, lo que animó a Susana a hablarle directamente a Erika. —¿Ves, Erika? La Reina es una mujer sabia y con buen humor. Entiende que su esposo es un hombre correcto al poner primero sus deberes, más ahora que será padre. Las conversaciones comenzaron a cambiar de rumbo, enfocándose en mi embarazo. Cada mención a “mi bebé” me llenaba de una dulzura especial, pero también de un nudo de ansiedad. Cada vez que una de ellas insinuaba que el niño podría tener el cabello de Philip… sentía un escalofrío. Porque yo ya conocía la verdad. Ese bebé no era del Rey. Erika me miró con las mejillas ligeramente sonrojadas, su cabello castaño claro resplandecía con el sol de la mañana, haciendo juego con su vestido azul oscuro adornado con detalles amarillos. Sus ojos marrones brillaban mientras me preguntaba con una sonrisa sincera al ver que terminé de comer: —¿Reina, ya ha pensado en nombres para el principito que viene en camino? Su pregunta me dejó nerviosa por un segundo, pero ya sabía cómo redirigir esta conversación a mi favor. Terminé de limpiar con elegancia la comisura de mis labios y respondí con voz serena: —Por el momento solo sé que en una semana regresaré al médico para continuar con las observaciones. Y, como novedad, el antiguo cuarto del Rey será ahora el del príncipe. ¿Les gustaría ayudarme a planear la decoración? Todas se animaron de inmediato, y comenzaron a hablar de reyes y reinas de otros territorios que me habían enviado cartas de felicitación, así como de los obsequios que estaban en camino para mi hijo. Sus voces, sus risas, sus anécdotas… me ayudaban a fingir que todo estaba bien. Que no había un guardián con el corazón roto al otro lado de mi. Que no vivía atrapada entre la mentira y el deseo. Pero en el fondo… sabía que esa verdad, tarde o temprano, saldría a la luz. Tomando mi té, las demás damas imitan mi gesto, y con paz cierro los ojos un momento… justo cuando escucho la voz de Alejandro hablarme por el vínculo. “Nuestro hijo tendrá mejores acomodaciones. No serán las de Philip, eso te lo prometo, mi Mona.” Sus promesas me provocan una mezcla de nervios y ternura. El tono de su voz en mi mente… tan cálido y firme. Pero no se detiene ahí: “Hablaremos más de esto pronto. Por ahora, disfruta de este día. Conozco más cosas ahora… cosas que ayer no entendía.” Su tono suena enigmático, como si hubiera descubierto algo importante. Y aunque intento mantener la compostura, no puedo evitar responder con cierta impaciencia: “¿Cuáles cosas? No me dejes esperando, Alejandro. Eso no es justo.” Pero no obtengo respuesta. Justo entonces, unos pequeños ladridos interrumpen la tranquilidad del momento. Todas nos giramos hacia el sonido y vemos a una mujer mayor corriendo tras unos cachorros juguetones. Ambos traen entre sus dientes un arco de rosas rojas en forma de corazón. Al llegar hasta mí, los dos se detienen y comienzan a lamer mis manos con ternura. Sus ojos brillan con curiosidad, y yo… no puedo evitar sonreír con dulzura. La mujer que los seguía llega corriendo, agitada, y los recoge con mucho cuidado, como si su vida dependiera de ello. Me muevo para detenerla, preocupada por su prisa, pero entonces Alejandro me habla nuevamente: “Es su trabajo cuidar a los cachorros del palacio. Ella está cumpliendo su deber… Si la interrumpes, podrías ponerla en peligro.” Me detengo de inmediato, sorprendida por la seriedad en su tono. Obedezco, aunque me cueste ver a esos cachorros alejarse de mí con ojos brillantes y orejas caídas. Rebeca se ríe detrás de mí. Un sonido chillón y cargado de sarcasmo que me hace girarme con expresión neutra, contenida, aunque mi pecho esté lleno de preguntas. Mi falta de reacción hace que su tono se torne más inquisitivo: —¿Ocurre algo, Reina? ¿Con el perro que vino con esos… delincuentes? Su pregunta me parece absurda. Aquellos “delincuentes” no hicieron nada malo. Solo fueron víctimas del juicio ajeno. Y por primera vez, empiezo a cuestionarme cuántas verdades han sido distorsionadas en este lugar. Levantándome con serenidad, pero con firmeza en la voz, respondí con autoridad: —Aun así, no necesito recibir malas intenciones de ninguna forma… en especial con respecto al asunto que me llevó a casarme el día de ayer. Mis palabras se deslizaron como filo entre seda. Al instante, todas me miraron con asombro contenido, y un leve atisbo de miedo se asomó en los ojos de algunas. Las tenía en la palma de mi mano en el momento menos esperado… y eso, en secreto, me alegró. Aunque, por supuesto, no podía mostrárselos. Dándome la vuelta con elegancia, empecé a caminar, y añadí con calma, pero con una claridad que no admitía discusión: —Sigan entretenidas por un rato. Yo deseo caminar… cambiar de aire. Haber estado encerrada en mi cuarto durante años, sin poder pasear libremente, me ha robado demasiado de la vida. Hoy deseo disfrutar este día en paz… con mi guardián. —Sí, su majestad —dijeron al unísono, inclinando ligeramente sus cabezas. Satisfecha, emprendí mi andar por los pasillos del palacio, hasta llegar, después de algunos minutos, al jardín de rosas. El lugar era un oasis escondido entre columnas y mármol blanco. Silencioso. Aromático. Mágico. El sol acariciaba los pétalos con una luz suave, y el viento jugaba entre los rosales. Me tomé un momento para observarlo todo. Era un jardín digno de un sueño. Y justo ahí, entre el murmullo de la naturaleza, busqué un asiento donde pudiese perderme entre flores y pensamientos. Alejandro se aproximó silenciosamente a mi lado. Sin decir palabra, extendió su mano con un gesto firme, pero delicado. Al tomarla, me condujo con cuidado hasta una silla ornamentada de hierro forjado, y entonces, con solemnidad, me entregó el arco de rosas en forma de corazón que los cachorros habían traído. —Ellos deseaban darte esto como bienvenida —dijo con voz grave—. Y los otros lobos… los protegieron para que no fueran castigados. Sus palabras me conmovieron de una forma inesperada. Una ternura silenciosa me invadió. Me dolía no poder abrazarlo allí mismo, por el gesto tan puro. Por ese pequeño acto de amor escondido entre el caos. Y fue en ese instante que Alejandro dejó escapar un sonido bajo, gutural, un eco suave de su autoridad de lobo Alfa. Como si su alma hablara más fuerte que sus palabras. Inmediatamente, los lobos apostados a distancia se activaron. Con movimientos silenciosos y coordinados, escoltaron a los pocos humanos que estaban en la zona… apartándolos con la excusa de órdenes superiores. En cuestión de segundos, el jardín fue solo nuestro. El aire cambió. Se volvió más íntimo, más auténtico. Como si el mundo hubiese decidido callarse para que nosotros pudiéramos, por fin, hablar con el alma.
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