Esa niña es mi sobrina

1444 Words
DIANA La luz de la mañana se filtraba por la ventana, dibujando líneas doradas sobre la pared descascarada de mi cuarto. No necesité el despertador. Llevaba despierta desde mucho antes de que el cielo aclarara. Me quedé mirando el techo unos segundos más, como si esperara que algo cambiara por arte de magia. Eran las seis. Siempre las seis. El insomnio se había vuelto parte de mi rutina, igual que el café frío y las preocupaciones. Cuatro años viviendo así. Cuatro años aprendiendo a convivir con el silencio. Me senté al borde de la cama y respiré hondo. A veces pienso que la única persona que realmente me conoció fue mi madre. Con ella no tenía que fingir fortaleza ni sonreír cuando no quería. Después de que se fue, el mundo se volvió un lugar más ruidoso y, al mismo tiempo, más vacío. Entré al baño arrastrando los pies. El reflejo que me devolvió el espejo no fue amable. Ojos hinchados, piel apagada, expresión cansada. Abrí el grifo y dejé que el agua fría me despejara un poco. No hizo milagros, pero al menos me obligó a reaccionar. Por un instante imaginé su voz detrás de mí. “Sigues siendo hermosa.” Negué con una sonrisa triste. Ojalá bastara con creerlo. Me vestí rápido y fui a la cocina. El desayuno fue simple: pan tostado y café. Mientras comía, abrí el periódico por la sección de empleos. Las páginas estaban cada vez más dobladas; señal de que la urgencia crecía. Había renunciado a mi último trabajo sin pensarlo demasiado. No por capricho. El gerente cruzó una línea que no estaba dispuesta a tolerar. Sus comentarios disfrazados de bromas, su manera de mirarme, esa sensación constante de incomodidad. Aguanté lo que pude, pero no iba a vender mi tranquilidad por un salario. El dinero importa, claro. Pero no más que el respeto. Eso lo aprendí en casa. Terminé el café y tomé mi bolso. Cerré la puerta con llave y, como siempre, el silencio del pasillo me recordó algo evidente: un hogar no son cuatro paredes. Y yo ya no tenía a nadie esperándome. Aun así, no pienso rendirme. No soy frágil. Tal vez esté cansada, pero no rota. Caminé hasta la parada del autobús. Había enviado solicitudes a varias empresas; dos me habían llamado para entrevista. No era mucho, pero era algo. Subí al autobús y me senté cerca del fondo. Frente a mí, una niña pequeña observaba el paisaje con fascinación. Su mano estaba firmemente entrelazada con la de su madre. Esa escena me golpeó. La niña señaló un edificio alto y dijo algo que hizo reír a la mujer. No escuché las palabras, pero reconocí el tono. Ese entusiasmo que solo tienen los niños cuando creen que todo es posible. Desvié la mirada antes de que la nostalgia me venciera. Bajé unas calles después y caminé hasta el edificio donde tenía mi primera entrevista. Desde afuera imponía respeto: vidrio, acero y un ir y venir constante de personas bien vestidas. En recepción me atendió una joven pelirroja con una sonrisa amable. Le dije mi nombre y revisó en su lista antes de pedirme que esperara. La sala estaba casi llena. Conté rápidamente: más de diez personas. Algunos revisaban documentos, otros miraban el teléfono. Todos parecían seguros, preparados. Yo llevaba un conjunto sencillo pero limpio. Nada extravagante. Suficiente. Sentí la mirada de una mujer a mi lado. Vestía un traje impecable y tacones altísimos. Cuando la miré directamente, fingió desinterés. Suspire por dentro. Competencia. Siempre competencia. Pasaron unos minutos hasta que llamaron a la siguiente candidata. Pregunté cuánto faltaba para mi turno. —Quedan varias entrevistas antes que la suya —respondió la recepcionista con tono profesional. Miré la hora. Tenía otra entrevista programada en menos de una hora, al otro lado del distrito financiero. Si me quedaba, corría el riesgo de perder la otra oportunidad. Decidí no esperar. Salí del edificio y caminé con paso rápido hacia mi siguiente destino. El aire fresco me ayudó a despejar la mente. Estaba a punto de entrar al rascacielos cuando algo llamó mi atención. A unos metros, junto a una jardinera de concreto, reconocí a la niña del autobús. Esta vez no sonreía. Estaba sola. Y llorando. Sentí un nudo en el estómago. Miré alrededor buscando a su madre, pero no vi a nadie que pareciera estar buscándola. Me acerqué con cuidado y me agaché frente a ella. Tenía las mejillas húmedas y los ojos rojos. —Hola… ¿te perdiste? —pregunté con suavidad. No respondió. Solo sollozaba, respirando entrecortado. La moví con delicadeza para apartarla de la entrada y evitar que alguien la empujara sin querer. Recordé cómo mi madre me tranquilizaba cuando el mundo me parecía demasiado grande. Sin pensarlo, la abracé con cuidado y le acaricié la espalda. Al principio se tensó. Luego, poco a poco, dejó de llorar. Y en ese instante entendí algo: incluso cuando todo parece ir mal, todavía puedo ser fuerte para alguien más. Tal vez hoy no consiga el trabajo. Pero no voy a dejar de intentarlo. —Dime algo, pequeña… ¿dónde está tu mamá? La niña intentó hablar entre sollozos. —Se fue… Mia está solita. Sentí el golpe de esas palabras directo en el pecho. Había algo en su voz que me resultaba demasiado familiar. Esa sensación de abandono, aunque fuera momentáneo. La alcé con cuidado y limpié su carita con mis dedos. —Tranquila, preciosa. Vamos a encontrarla, ¿sí? Apenas di un paso para cruzar la calle, un brazo firme rodeó mi cintura y me detuvo en seco. Perdí el equilibrio y choqué contra un torso sólido como pared de concreto. Lo primero que hice fue proteger la cabeza de Mia con la mano. Un perfume intenso y elegante me envolvió. Caro. Muy caro. Levanté la vista lista para reclamar, pero las palabras se me atascaron. Frente a mí había un hombre que parecía salido de una portada de revista: alto, hombros anchos, traje perfectamente ajustado, cabello oscuro impecable y unos ojos grises que no miraban… examinaban. Y no lo hacían con simpatía. —¿A dónde crees que la llevas? —su tono era controlado, pero cargado de tensión. Mi corazón empezó a latir demasiado rápido. Siempre he sido valiente… a distancia. Cuando los hombres se acercan demasiado, mi seguridad se evapora. Intenté apartarme. —¿Perdón? Su mano no se movió. —Esa niña es mi sobrina. Y tú la estás cargando sin mi permiso. Tardé un segundo en procesarlo. —¿Estás insinuando que…? —Estoy preguntando por qué te la llevas. Mia asintió cuando él dijo “sobrina”. Genial. Respiré profundo para no explotar. —Estaba llorando sola. Pensé que se había perdido. Solo iba a buscar a su madre. Miré a la niña y suavicé el tono. —No iba a hacerte daño, ¿verdad? —Ella me abrazó —confirmó Mia con voz pequeñita. El hombre sostuvo mi mirada un momento más, evaluando. Luego, sin una sola palabra, tomó a la niña de mis brazos y la acomodó contra su pecho. ¿Eso era todo? ¿Ni una gracias? Se giró para irse. —¡Oiga! —lo llamé antes de poder detenerme—. Creo que me debe algo. Se detuvo con lentitud calculada y volvió el rostro hacia mí. —¿Algo? —Una disculpa estaría bien. Y tal vez un agradecimiento. No suelo aceptar acusaciones gratuitas. Sus ojos se entrecerraron apenas. —Fuiste tú quien apareció con mi sobrina en brazos. —Y usted fue quien asumió que era una criminal en plena avenida, a las once de la mañana —respondí cruzándome de brazos. El aire entre nosotros se volvió denso. —No sabes con quién estás hablando —dijo en voz baja, sin alzar el tono. Solté una risa breve. —Oh, lo sé perfectamente. Estoy hablando con alguien que tiene demasiado ego y cero modales. Sus labios se tensaron. —Ten cuidado. —¿O qué? —repliqué, aunque por dentro mi valentía empezaba a tambalear. Hubo un silencio corto. Después habló con una calma que resultó más intimidante que un grito. —Jack Holland. El nombre me cayó encima como un balde de agua helada. No. No puede ser. Mi estómago se hundió. Jack Holland. CEO de Holland Enterprises. Uno de los empresarios más millonario de Nueva York. El hombre cuya compañía estaba a punto de entrevistarme en menos de quince minutos. Lo miré otra vez. El traje impecable. El porte. La seguridad aplastante. Claro que era él. Tragué saliva. Acababa de llamar imbécil al hombre que podía decidir mi futuro profesional. Perfecto, Diana. Simplemente perfecto.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD