Te deseo

1346 Words
DIANA Mi madre siempre me decía: “No llevas filtro en la boca”. Nunca entendí qué significaba. Pensaba que era un cumplido. Hasta hoy. Mi subconsciente me reprendió por meterme con él, pero siendo yo, no pude evitarlo. Quería ver qué decía. Lo miré y, para mi sorpresa, seguía mirándome fijamente. Llamó a un hombre que supongo era su guardaespaldas. —La Chequera—, le dijo. El guardaespaldas le entregó el libro y se llevó a Mia. Él me miró con una ceja levantada. —¿Cuánto? Entrecerré los ojos confundida. —¿Crees que estoy pidiendo dinero? En respuesta, me miró con cara seria. ¿De verdad cree este hombre que le pediría dinero por cuidar a una niña perdida? ¿Es mentalmente estable o qué? Nunca me he encontrado con alguien más exasperante que este ejemplar. Cerré los ojos por un segundo y me tranquilicé, de lo contrario no sé qué habría hecho. —Eres despreciable—, y con estas últimas palabras me marché furiosa, deseando no volver a ver su rostro. Decidí no volver al Holland Enterprise; de ninguna manera soportaría a este hombre ni un segundo más. Mirando mi GPS, caminé hacia mi segundo y último destino: Blue Power. Era la empresa líder en organización de eventos y creo que puedo ser una empleada eficiente allí. Tras caminar 15 minutos, llegué. Entré en la empresa y le pregunté a la recepcionista sobre la entrevista. Por suerte, la entrevista ya había empezado y llegué un poco tarde, gracias al señor arrogante. La recepcionista me dijo que fuera al piso doce, ya que el siguiente turno era mío. Me ajusté la chaqueta y presioné el botón del ascensor. Tenía las manos un poco húmedas por el nerviosismo. Necesitaba este trabajo de todas formas. El sonido del ascensor me sacó de mi ensoñación. Salí y caminé hacia la habitación. Estaba a punto de tocar la puerta cuando vi la placa y el nombre me hizo jadear de sorpresa, furia e incredulidad. ¡J#der, Jack Holland! ¿Quiero trabajar aquí sabiendo que él es quien me va a mandar? ¡Por supuesto que no! ¿Quiero el trabajo? ¡Lamentablemente sí! ¿Puedo trabajar con este hombre preocupado por el dinero? ¡En absoluto! Así que decidí dejar esta entrevista y volver a casa. Quizás consiga otra mañana. Hoy solo ha sido un mal día. Justo cuando estaba a punto de darme la vuelta y regresar, una mujer que corría hacia el otro lado me desmayó. Mi espalda golpeó la puerta, que se abrió de golpe, lanzándome dentro de la oficina del señor Holland. Caí al suelo gimiendo de dolor por el inesperado dolor de espalda. ¡Qué vergüenza! ¡Que alguien me entierre en el suelo! —¿No sabes cómo se entra en la habitación? Como cualquier persona normal—, resonó una voz muy conocida. Tuve suerte, pues caí hacia atrás; mi cabeza estaba cerca de una silla y no podía verme la cara. —¡Levántate, mujer!—, refunfuñó. Me puse de pie inmediatamente, furiosa. Sé que nunca voy a trabajar para él, ¿por qué no tranquilizarlo antes de despedirme definitivamente? Sus ojos se abrieron apenas un milímetro. —¿Estás bromeando?—, dijo en voz alta. —No me digas que estás aquí para pedirte disculpas o darte las gracias o peor aún, que me estás acosando. —Ya quisieras.— Le lancé una mirada mordaz. —Prefiero morir antes que acosarte.— Puse los ojos en blanco. —¿Por qué estás aquí entonces?—, preguntó, poniéndose de pie y rodeando la mesa hacia mí. Pero la pregunta es ¿por qué camina hacia mí? —Vine a una entrevista, pero si supiera que eres tú quien la hace, jamás entraría al edificio, y mucho menos pensaría en aceptar el trabajo—. Di un paso hacia él. —Deja de juzgar a la gente de vez en cuando. Compórtate con madurez. Me giré para salir por la puerta cuando alguien me jaló de la muñeca. Se me cortó la respiración al chocar mi espalda con su pecho. —¿Quién te crees que eres para ridiculizarme una y otra vez? —Déjame—, susurré. Me apretó la mano con más fuerza tras la espalda. —Lo dejé pasar la primera vez desde que Mia estaba a salvo, pero eso no significa que te dejaría hablarme—, dijo. Su aliento en mi piel me dificultaba la respiración. ¡M#ldita sea! Este hombre es tan exasperante. —Y...—, antes de que pudiera terminar sus palabras. La puerta a mi izquierda se abrió de golpe y salió la niña con la misma mujer. Rápidamente le di una patada al señor Holland en la rodilla y su agarre se aflojó. Me hice a un lado y suspiré aliviada. Mia soltó el brazo de la mujer y corrió hacia mí. Tiró de mi vestido y me hizo un gesto para que me arrodillara. Lo hice y se aferró a mí. Mi corazón se llenó de calor. —¿Qué pasa, Mia?—, pregunté mientras le frotaba la espalda. —¿Por qué me dejaste?—, preguntó con los ojos llenos de lágrimas. —No me dejes otra vez—, escondió su rostro en el hueco de mi cuello. Una vez más pude verme reflejada en esta pequeña niña. “Mamá, por favor no me dejes. No puedo hacer esto sola” Me tragué las lágrimas y, antes de poder decir nada, la mujer me la arrebató. Parecía muy enfadada. ¿Había hecho algo malo? —Mia, ¿por qué te aferras a una extraña?—, preguntó y aunque sabía que tenía razón, yo no era más que una extraña, ¿por qué me sentí herida por sus palabras? —Ella me salvó. Es buena y me gusta.— Mia intentó soltar la mano de la mujer, pero las miradas que le lanzaba me hicieron fruncir el ceño. —¡Mia, deja de portarte como una niña!—, gritó, y delante de mí, el señor Holland se llevó a Mia. Sus ojos vacíos estaban llenos de ira. —¿Cómo te atreves?—, dijo furioso. —Señor… —, tartamudeó. Abrió los ojos de par en par al darse cuenta de que el señor Holland también estaba allí. —Solo intentaba disciplinar a Mia; no debería acercarse a una desconocida. —¡No me vengas con esta mi#rda!—, gritó. Rápidamente tapé los oídos de Mia y la atraje hacia mí. —Estás despedida. Sal antes de que llame a alguien para que te eche de mi propiedad—. No hizo falta que se lo dijera dos veces; salió corriendo de la oficina como si le ardiera la cola. Acerqué a Mia a mis brazos y ella se pegó a mí como un koala a un árbol. —Mala... siempre me grita—, sollozó Mia y me sentí abrumada. ¿Qué estaba pasando hoy? Sentí que todo iba a toda velocidad. ¿Por qué veo al señor Holland y a Mia una y otra vez? Miré al señor Holland, que tenía una mano en la cintura y la otra en la frente. ¿Soy demasiado buena por sentir lástima por él en ese momento? —¿No te irás otra vez?—, me preguntó Mia, una vez que dejó de llorar. Tragué saliva al ver la esperanza en sus ojos. —Yo...—, antes de que pudiera responderle, llegó el guardaespaldas del señor Holland. Me dio un beso en la mejilla. Le dijo algo al señor Holland al oído, ya que el guardaespaldas la había levantado. El señor Holland le lanzó una mirada fría a Mia, pero ella no se asustó, la niña se rió. —Te amo —, le besó la mejilla y me saludó con la mano mientras salía de la habitación. El señor Holland se volvió hacia mí, con sus ojos más fríos y duros. —Te deseo.
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