DIANA
—Te deseo.
—Lo siento, ¿qué?
—Ya escuchaste eso—, dijo furioso.
Decir que estaba enfadado era quedarse corto. Estaba furioso. ¿Qué se cree que soy, un m#ldito objeto? Apreté los puños, lista para partirle la cabeza, pero me controlé. La violencia es la segunda opción.
Caminé hacia él, le puse una mano en el bíceps y me puse de puntillas. ¡Qué mala jugada, Diana! Se puso rígido cuando apoyé mi frente contra la suya. Sus ojos observaban atentamente cada uno de mis movimientos y por un momento me sentí consciente.
—¿Crees que la fiebre te ha llegado al cerebro?
Parpadeó una, dos y tres veces.
—¿Quién te dijo que tengo fiebre?
—Entonces ¿por qué actúas como un loco?
—¿Crees que estoy loco?—, me miró a los ojos, sus dedos se clavaron en mi piel, y fue entonces cuando me di cuenta de cómo me había sujetado con su brazo alrededor de mi cintura. De repente, mi confianza se desvaneció; repito, soy más de las que se enamoran de personajes de ficción que de personajes reales. Pero ya no había vuelta atrás. Este hombre me había enfurecido muchísimo.
Di un respingo, manteniendo mi actuación.
—Señor Holland, no se preocupe. No pasa nada, veremos a un médico o, mejor aún, puedo ayudarle a ver a una bruja. Es muy buena con...—. Mis palabras se interrumpieron cuando me atrajo hacia su cuerpo.
—No estoy loco, loca—, rugió, sus ojos prácticamente tratando de enterrarme seis pies.
—No estoy de acuerdo con eso—, dije con descaro y me solté de su agarre, lista para salir de la habitación cuando me tiró del codo y al segundo siguiente me empujó hacia la silla de visitas.
Me atrapó por completo manteniendo las palmas de las manos en los brazos del sillón. No miento, sé que en ese momento sentí como si me hubiera hecho un hechizo que me impedía respirar.
—Intenté decírtelo con paciencia—, me burlé de sus palabras. Me agarró la barbilla, haciéndome mirarlo a los ojos. —Escúchame bien, señorita, te quiero para Mia como su niñera. Dime cuánto aceptas y podemos cerrar el trato.
Esta vez fui yo quien parpadeó una, dos y tres veces.
—Pero no quiero trabajar para ti.— La razón era absolutamente clara. Me cayó bien la niña desde el momento en que la conocí, pero detesté a este hombre desde el momento en que lo miré a los ojos. Me habría encantado cuidarla solo si no fuera pariente del señor Holland.
—¿Cuánto cuesta?
Fruncí el ceño.
—¿De verdad crees que tu dinero puede hacer que todos bailen a tu ritmo?
—2000 dólares por semana.
Puse los ojos en blanco y lo hice inclinarse hacia mí.
—¿3000?
—Que sean 20,000 y aun así no trabajaré para ti—, repliqué y lo empujé. Caminé hacia la puerta y lo miré fijamente. —La próxima vez que hables conmigo, asegúrate de guardar toda tu riqueza. Eso es algo que no quiero volver a verte, director ejecutivo egocéntrico.
—Ya veremos.
Cada vez que cierro los ojos, solo veo un par de ojos gris acero. M#ldito sea ese hombre. ¿Quién se cree que soy? ¿Uno de sus secuaces capaz de cualquier cosa con un chasquido de dedos?
Suspiré y miré el reloj de pared. Eran alrededor de las seis, así que decidí dar un paseo. Ese hombre no se merece invadir mis pensamientos de esa manera. ¿Por qué carajos tengo que ser tan despistada?
Me miré rápidamente al espejo y puse los ojos en blanco al ver mi aspecto. Sí, soy de esas personas que no cambian al salir de casa. Llevaba una camiseta básica negra y unos pantalones palazzo. Ideal para correr.
Cerré la puerta con llave y empecé a caminar hacia el parque cerca de mi casa.
Durante los siguientes treinta minutos, caminé por el parque, escuchando buena música. El paseo sin duda me ayudó a comprender que el señor Holland la había cagado bastante bien. ¡Qué estúpido!
Fui al puesto de helados, pagué mi cono y me senté en una banca cercana.
Estaba devorando mi helado con alegría cuando sentí una mano suave que me tocaba el brazo. Miré a mi lado y era la misma niña.
¿Mia?
Si Mia está presente, significa que el señor Holland también estará presente.
Salí de mi ensoñación al sentir algo húmedo en la mano. Bajé la vista y vi cómo mi helado se derretía. Lo aparté rápidamente para que mi ropa no se pegara.
—Mia nena, ¿estás con alguien?—, pregunté suavemente, pero su atención estaba en el helado, me reí entre dientes y la levanté en mis brazos. —Vamos a comprarte un helado y luego hablamos, ¿de acuerdo?—, me dio un beso rápido haciéndome rozar mi nariz contra ella.
Le traje helado a Mia y se lo di. Lo lamió enseguida. Me reí al verla emocionada.
—Dime, cariño, ¿cómo llegaste aquí?
—Tío Jack—, murmuró, y de nuevo volvió a concentrarse en su helado. Suspiré; justo cuando pensaba que me iba a animar, él vino al mismo parque que yo.
—¿Y dónde está el tío Jack?
—Aquí.— Salté en mi sitio en cuanto oí su voz. El helado de Mia me rozó la mejilla, pero ahora mismo solo me importaba correr a casa y evitar que me arruinaran la noche.
—Tío Jack—, sonrió Mia, con los ojos brillantes de felicidad. —Tenías razón, está aquí—, dijo, y el señor Holland sonrió con suficiencia. ¿Qué? Sabía que estaría aquí.
—Ahora me estás acosando, sinvergüenza—, le grité en un susurro intentando lo mejor que podía no montar una escena delante de la gente.
—¿Sinvergüenza?—, preguntó Mia con su voz de bebé y el señor Holland me fulminó con la mirada.
—Tu tío es uno.— Le sonreí dulcemente a la niña.
—¿Eres, tío?—, preguntó Mia al señor Holland, pero él continuó lanzándome miradas que me hicieron sonreír aún más.
—Mia...—, estaba a punto de decir algo cuando un joven se acercó a nosotros. Medía alrededor de 1,78 m y tenía ligeros hoyuelos en las mejillas.
—¿Hay algún problema, señorita?—, preguntó, mirando con escepticismo al señor Jack. Me sorprendió que no viniera con sus guardaespaldas, sino como un lugareño normal. Le lanzó una mirada asesina al hombre, que lo miró confundido.
—No, no hay problema—, dijo Mia, fulminando con la mirada al hombre. De tal palo, tal astilla.
—De acuerdo—, se encogió de hombros. —Pero quizás quieras limpiarte ese helado de la cara—, dijo, llevándome la mano a la mejilla, pero antes de que él o yo pudiéramos reaccionar, sentí un pulgar calloso en la comisura de los labios. El del señor Holland, para ser precisos.
Su mirada se posó en mis labios y no pude evitar carraspear. ¿Por qué tenía que tocarme? Lo habría hecho yo misma.
—Gracias—, le dije al hombre. Él me miró por última vez y le sonrió al señor Holland, haciéndonos dudar a ambos.
—Entonces, ¿qué has pensado sobre el trato?
—¿Qué tengo que pensar? Sigue siendo un no—, dije buscando algo para limpiarme las manos cuando un pañuelo apareció ante mi vista.
Puse los ojos en blanco.
—No, gracias.— Me giré para irme cuando él me atrajo suavemente hacia él y me limpió las manos como si fuera una niña.
—Te comportas como una niña. Quizás me equivoqué al nombrarte niñera de Mia—. ¡Ah, no dijo eso!
—Usted señor...— antes de poder maldecirlo escuché un grito.
—Mia quiere que ella sea su niñera y nadie más. El tío Jack es malo, Mia está enojada—, pisó el suelo.
Y entonces las cosas empezaron a encajar. Fue Mia quien le pidió que me nombrara. Claro, tampoco tolera mi honestidad. Quiere gente que lo mire con respeto, no que discuta con él a cada instante como yo.
Me arrodillé a la altura de Mia y la atraje suavemente hacia mis brazos.
—El tío tiene razón, Mia. No soy buena para ti. Él encontrará a alguien mejor para ti. Alguien que pueda cuidarte mejor que yo, eh—, le sequé las mejillas. —No te enojes y ve con él como una buena chica, ¿de acuerdo?
Ella sacudió la cabeza frenéticamente.
—Te quiero a ti y sólo a ti.
Suspiré. No trabajaré con él y punto.
—Deberías irte a casa, ¿vale, cariño?
Me di cuenta de los ojos gris acero del señor Jack que perforaban mi espalda.
—No, dime primero que serás mi nueva niñera —gritó y su labio inferior tembló.
¡Mi#rda! No puedo ver a alguien llorando.
—Mia, ve al auto, hablaré con ella ahora—, sus ojos se clavaron en los míos.
—Te espero a las nueve en punto en mi oficina —, dijo, y sin darme tiempo a hablar, se marchó.
¡Desgraciado arrogante!