DIANA
¡Ring!
Mi celular sonó fuerte y mi ceño se acentuó. ¿Quién rayos me llama? ¿Yo? La solitaria que apenas habla con nadie.
Mi timbre volvió a sonar.
¡Fantástico!
El timbre y mi móvil volvieron a sonar a la vez. Maldije y me levanté, pero mis ojos se salieron de las órbitas y caí al suelo.
¿Qué carajo es eso? ¿Es una broma o qué?
Era el periódico del día y yo salía en él. ¿Yo? Diana Miranda, la ingenua y desesperanzada.
Desplegué apresuradamente el periódico que tenía debajo. ¿Qué hago en esta foto, y además con la niña del soltero más exasperante y arrogante?
Respiré hondo y hojeé la noticia. Mi mente se quedó en blanco cuando las cosas empezaron a enhebrarse en mi mente. Me levanté del suelo y miré con cautela por la cerradura de la puerta.
La vista me dejó sin aliento, horrorizada. Había dos hombres parados afuera de mi casa y me resultaban muy familiares. Me alejé de la puerta y caminé hacia la ventana. Con cuidado, aparté las cortinas grises para poder echar un vistazo y ver qué pasaba afuera.
¡Mi#rda!
Más de diez reporteros estaban afuera de mi casa. Las cámaras disparaban por todas partes y cada uno tenía un micrófono en la mano. ¿Qué? ¿Quién se cree la gente que soy? ¿Una celebridad o qué? Me levanté del asiento de la ventana y corrí a la puerta. No podía salir de casa así. Tenía que hacer algo. De ninguna manera iba a responder ni a declarar sobre una noticia de la que ni siquiera sabía que formaba parte.
Miré el periódico que tenía en la mano y apreté los puños de pura ira. ¡Jack Holland!
Cerré los ojos por un segundo.
—No le temas a nadie, hija mía.—, resonaban en mis oídos las palabras de mi madre de la infancia. Abrí los ojos y miré a mi alrededor. Fui rápido al baño e hice mis necesidades. Me puse una bufanda negra y me la puse alrededor de la cabeza para ocultarme la cara. Una vez que terminé de hacerme pasar por una simple matona, me dirigí a la puerta trasera y la abrí con el mayor cuidado posible.
Durante los siguientes cinco instantes, miré a mi izquierda y pude ver a los reporteros y periodistas que sacaban sus cámaras y micrófonos para grabar mi llegada. Mi corazón empezó a latir con fuerza al dar un paso a la derecha. El camino que salía de mi patio trasero no solía ser muy transitado, pero mientras pudiera salvarme de estos reporteros que me cegaban los ojos y me golpeaban los dedos, me daba igual. Mis ojos captaron de inmediato la imagen de un Porsche Carrera rojo allí parado, con el motor ya encendido.
Di las gracias a mis amigos y, justo cuando iba a subir al vehículo, oí pasos detrás de mí y, de repente, los periodistas me rodeaban como un enjambre de abejas. Intenté agacharme y huir, pero la multitud de periodistas era demasiado para mí. Empecé a sentirme como una mosca atrapada en una telaraña. Cientos de personas me aplastaban y la única manera de escapar era darme la vuelta y enfrentarlos.
—Señorita, ¿cuál es su relación con el director ejecutivo Jack Holland?
Miré a mi derecha y reflexioné. ¿Debería golpearlo o darle un cabezazo?
—Señorita ayer en el parque, la forma en que el señor Holland la miró nos lo contó todo, pero nos gustaría saber más sobre ustedes dos—, gritó una de las reporteras y me apuntó con el micrófono.
No podía creer que estuviera involucrada en este drama. Por mucho que intentara evitarlo, era inevitable ser parte de esto.
De repente sentí un empujón y caí al suelo.
El rostro del reportero estaba demasiado cerca del mío. El olor de la fragancia que llevaba era abrumador.
—¿Qué tal una declaración?—, gritó, apuntándome con el micrófono. Sentí una lágrima en mi ojo derecho cuando sentí que el brazo del reportero me agarraba la mano. Sin darme cuenta, un grito salió de mi garganta: —¡Suéltenme! ¡Ayuden a alguien!
Sentí que me atacaban. Estaba acorralada y los periodistas no tuvieron piedad alguna. No les importaba lo que yo quisiera. Solo tenían un objetivo: capturarme a mí y mi relación con cierto multimillonario.
—¡Atrás, m#ldita sea!—, escuché una voz.
El hombre que causó estragos en mi vida en menos de veinticuatro horas.
Los reporteros quedaron impactados. Retrocedieron de inmediato y el sonido de las cámaras y los micrófonos desapareció por completo. Un brazo me rodeó la cintura y me jaló en una dirección. Los mismos hombres que estaban afuera de mi casa aparecieron ante mí y alejaron a todos los reporteros sedientos de sangre.
—¿Estás bien? ¿Te lastimaste?—, me preguntaba el hombre que había causado todo esto.
Quería estrangularlo. Había arruinado mi paz.
Una vez que me arrastró hasta su Camaro n***o, lejos de la vista de todas las cámaras, dirigí toda mi atención hacia él.
—¡M#ldito Jack Holland!—, le grité. Me miró divertido. No tenía paciencia con este hombre. Quería matarlo. —Ojalá te pudras en el infierno. Me arruinaste la vida. Solo porque me negué a trabajar para ti, me hiciste pasar por este infierno a propósito. Sabes lo humillada que me sentí cuando todos empezaron a lanzarme sus preguntas insensibles y absurdas. ¡Que te j#dan, Jack Holland!—, grité frustrada.
Me faltaba el aire de tanto gritar. Me agarró el antebrazo y me miró divertido.
—¿Ya terminaste?—, me preguntó dándome una mirada inexpresiva.
—Sí.
—Sube—, ordenó abriendo el coche. Lo miré y parpadeé, completamente desconcertada.
—No, ni hablar—, murmuré. Me miró con una expresión de desconcierto que me fastidió.
—Sube al auto o te empujaré yo solo.
—No me enfades o estoy a tres segundos de darte un puñetazo en la cara.
—Uno.
—Qué c#ño estás contando.
—Dos.
—Eres una niña.
—Y tres.
—¿Qué...?—, antes de que pudiera terminar de hablar, me levantaron del suelo y me metieron a empujones en el Camaro.
—Mira, no tenemos tiempo para esta conversación inútil. Necesitamos hablar—, dijo una vez dentro del coche, a mi lado.
—No quiero hablar, déjame en paz. Ya has causado suficiente daño.
—Ah, ¿y qué harás?
—Diré la verdad: no hay nada entre tú y yo y nunca podrá haberlo.
—Estoy de acuerdo con la última parte, pero ¿realmente crees que esa gente…—, señaló con su dedo índice hacia la multitud de periodistas, —te creerían?
—Voy a informar a la policía—, dije con seguridad.
—Diviértete recibiendo protección policial las 25 horas del día, los 8 días de la semana.
—¡Eres un hijo de…!—, maldije y salí de su coche, lo cual fue, sin duda, el peor error que pude cometer. En cuanto bajé del vehículo, como si los guardaespaldas fueran como una compuerta de presa lista para ser dejada abierta, el torrente de preguntas empezó a ahogarme. Pero algunas me impactaron.
—¿El señor Holland nunca fue visto con una mujer, es porque te tuvo a ti?
—¿De verdad lo amas?—, su pregunta me dejó perpleja. ¿Acaso me consideran una cazafortunas?
Caminé hacia ese reportero, pero antes de que pudiera decir nada, el señor Holland estaba frente a mí. Lo apartó de la multitud, con todas las miradas fijas en sus acciones, incluida la mía. Murmuró algo en su oído con una leve sonrisa burlona. El reportero palideció y se estremeció, y antes de que pudiera darme cuenta, me estaba pidiendo disculpas. Su voz temblaba de nerviosismo y miedo.
—Si te acercas otra vez, te condenarán de por vida—, les advirtió a todos con tono amenazante. Y no bromeaba; todos se alejaron de mí como si fuera de fuego. Me agarró de la mano, me metió en el coche y, antes de que pudiera replicar, dijo: —Tenemos que hablar, ya.