Te extrañé

1632 Words
DIANA Lo miré con furia, instándolo a que empezara con su charla. Me miró fijamente, incómodo por el silencio, y finalmente dijo: —Sabes que esto es tu error, ¿verdad? No respondí, solo lo miré fijamente, con total incredulidad. Este hombre es el espécimen más exasperante que he conocido y estoy segura de que jamás lo sabré. —Así que decía que es tu error que esta gente me haya visto contigo. Solo que si no hubieras hecho esas rabietas absurdas y hubieras aceptado mi oferta de cuidar a Mia, no habría venido a ese parque y no nos habrían visto juntos. Le dediqué una sonrisa aún más dulce y me giré para abrir la puerta, pero él me sujetó la muñeca izquierda y me detuvo. —¿Por qué eres tan terca?—, refunfuñó en voz baja. —Vea, señor Holland.— Respiré hondo. —Estoy intentando controlar mi ira, pero si no para con sus comentarios escandalosos, perderé la calma. Si por mi culpa tuvo que venir al parque, no debería haberme juzgado como una secuestradora sin conocerme, y digamos que por una vez lo dejo pasar. La segunda vez que nos vimos, me acusó de ser una acosadora y luego, en lugar de pedir una disculpa, tuvo la audacia de ordenar que trabajara para usted, y eso no es todo. Vuelve a mí, me culpa de todo este lío y luego me dice...— Me aclaré la garganta y lo imité: —No estoy loco, loca.—Me miró como si fuera un extraterrestre. —Te saltaste el detalle donde te llamé niña—. No le respondí, solo puse los ojos en blanco.—Rayos, esta mujer.— Cerró los ojos un segundo y luego continuó: —Bien, señorita Miranda, yo también me equivoqué, pero era usted quien siempre me provocaba por su actitud siempre dispuesta a luchar. —Me opongo a la palabra también, tú y solo tú estás equivocado.— Estaba a punto de decir algo, pero no lo dejé y continué: —Ahora que hemos terminado con la cuestión de quién está equivocado, pasemos a un asunto un poco más importante: cómo detenemos a estos reporteros y cómo limpiamos esta mi#rda. —Es fácil. Les pago para que borren todos estos m#lditos artículos y tú trabajas para mí para pagar. ¿Tú...?—, lo interrumpí, confundida. —Un segundo, un segundo, ¿por qué iba a pagarte? Fuiste tú quien vino al parque, fuiste tú quien me limpió ese m#ldito helado de la cara. Te aseguro que nunca volveré a comer helado a partir de hoy...—, arqueó una ceja ante mi comentario, —en un parque, pero no es eso, me estás distrayendo otra vez. Lo que digo es: ¿por qué hiciste eso? —Fue una reacción espontánea—, respondió desestimando mi pregunta. —Ahí lo tienes.— Aplaudí en señal de victoria. —Fue tu reacción espontánea la que nos arrojó, espera, no a nosotros, sino a mí. Tu reacción espontánea me arrojó a esta zanja y me pides que pague. ¿Sabes que ese hombre me agarró la muñeca dejándome marcas? ¿Por quién? ¿Por ti?—, dije furiosa. Bajó la mirada hacia donde sus dedos estaban agarrados alrededor de mi muñeca, su mirada fija en mi piel donde las marcas de uñas y huellas dactilares eran eminentemente visibles y por ese único momento, sus ojos brillaron con culpa. —Yo… Lo miré fijamente esperando esas palabras, pero ahí es cuando uno sabe que estamos hablando del señor Jack Holland. Donde esperaba que dijera “lo siento”, dijo: —Consígueme el botiquín primeros auxilios. El conductor le pasó un botiquín de primeros auxilios al señor Holland y él mojó un algodón en un líquido antiséptico y justo cuando pensé que en realidad se sentía culpable, me pasó el algodón. —Límpialo. —¡Qué idiota!—, murmuré en voz baja mientras me limpiaba la piel con el algodón. —No quiero repetir mi error con el helado ahora, ¿verdad?—, sus labios se curvaron en una pequeña sonrisa. —Bien.— Apreté los dientes para evitar que el silbido saliera de mi boca debido al líquido antiséptico. —Empecemos de cero. Sé la niñera de Mia y yo arreglaré todo este lío. Te doy mi palabra. Verás, no puedo dejar a Mia con nadie, sobre todo después del último caso, así que te pido que trabajes para mí. No puedo estar con ella todo el día y de ninguna manera puedo dejar a esa traviesa sola. —Bien.— Suspiré. —Sólo para Mia. El alivio se reflejó en su rostro y le ordenó a su chofer que arrancara el motor, pero al momento siguiente lo detuve. —Seré niñera de Mia hasta que no encuentres a alguien adecuado. ¿Trato hecho?—, dije extendiendo mi mano frente a él. Consideró mi oferta por un segundo y me estrechó la mano: —Trato hecho. El viaje a su empresa fue bastante cómodo; al menos no encontraba palabras para insultarlo y él tampoco parecía estar de mal humor. Nos detuvimos frente a la empresa, que, por supuesto, estaba a reventar; los empleados corrían de un lado a otro, quizá porque su jefe, que parecía tranquilo hacía unos minutos, de repente se había puesto de mal humor otra vez. Esperaba que me miraran boquiabiertos debido a todas esas noticias y artículos, pero para mi mayor sorpresa, ni uno de ellos me miró, pero eso no acalló los susurros que resonaban en mis oídos. —Es la misma mujer a la que el jefe fue a ver al parque local—, resonó en mi oído una voz femenina. Pensé: —Que susurren, qué más da—. El señor Holland no parecía compartir mi opinión. Sus pasos se detuvieron casi de inmediato y un silencio ensordecedor invadió el suelo. Se giró hacia la mujer, con las manos en los bolsillos de sus pantalones formales y los ojos literalmente clavados en ella al suelo. —Nunca supe que pagaba por chismorrear, señorita Olivia—, el sarcasmo goteaba de sus palabras como si nada. —Dime, ¿en qué cláusula del contrato de la empresa está escrito que se permiten los chismes? La mujer permaneció en silencio, sus ojos pidiendo ayuda a todos. —Hable más alto, señorita Olivia—, tronó de repente haciendo que todos, excepto yo, nos estremeciéramos. —Lo... lo siento señor. Nunca volverá a suceder—, suplicó, la pobre mujer parecía que estaba a solo tres segundos de llorar. —Por supuesto, nunca volverá a suceder. Si estoy en lo cierto, recibirás un ascenso la próxima semana, ¿no?—, las lágrimas llenaron sus ojos y realmente me sentí mal por ella, nuevamente digo que nunca puedo ver a alguien llorar, es como una debilidad mía. No tenía derecho a detener al señor Holland; él era el jefe, ella su empleada y yo, solo la niñera de su sobrina, nada más. Así que, en ese momento, hice lo que me pareció correcto. Caminé unos centímetros a mi derecha y le di una patada a un taburete lateral para que el silencio ensordecedor se rompiera y el señor Holland se distrajera, pero claro, ese m#ldito taburete tuvo que golpear el cactus que tenía cerca y lo tiró. Puede que sea raro para algunas personas, pero soy una persona que trata las macetas, las plantas con el máximo respeto y cuidado y por costumbre agarré el cactus y me quedé con algunas agujas en la mano, pero lo bueno fue que la planta se salvó con la costosa maceta de cerámica que tenía una especie de cara. El señor Holland exhaló: —No puede ser. Me agarró la otra mano y caminó rápidamente hacia lo que parecía su ascensor privado. Una vez cerrada la puerta, centró toda su atención en mi mano, que tenía las agujas de cactus. —¿Qué creías que estabas haciendo? —Fue solo un accidente—, respondí retirando mi mano, pero él no la soltó. —Por supuesto que lo fue. —¿Qué quieres decir? ¿Ay? ¿Qué carajo estás haciendo?—, lo miré fijamente mientras intentaba sacarme las espinas de cactus de la mano. El ascensor sonó y caminamos hasta su oficina. Rápidamente acercó una silla y me hizo sentar. Tomó unas pinzas; no sé por qué estaban en su oficina, pero estaban. Sacó las agujas más grandes y cerré la otra mano para contener cualquier sonido de dolor. Cuando terminó, le aplicó una fina capa de pegamento y me dijo que esperara un rato a que se secara. —Entonces, ¿podrías decirme por qué empujaste el taburete?—, preguntó, con la mirada todavía fija en mi mano. —¿Por qué haría algo así? —No mienta, señorita Miranda—, levantó la vista a mi altura. —Vi cómo intentaste apartarlo discretamente. Una vez más me quedé atónita, realmente es un brujo. —Respóndeme. —Estabas siendo bastante duro con la señorita Olivia—, miré hacia otro lado. —Habría sido duro si la hubiera despedido—, replicó secamente. —Estaba a punto de llorar y no puedo ver las lágrimas de alguien—, declaré afirmativamente mirándolo a los ojos. Sus ojos se suavizaron por un segundo y antes de que pudiera decir algo, un grito emocionado vino desde atrás haciendo que ambos volviéramos la cabeza en dirección a la puerta solo para ver la pequeña bola de sol entrando. —Diana—, exclamó y me abrazó con todas sus fuerzas. —Te extrañé. Me reí de su hiperactividad. —Yo también te extrañé, Mia, cariño mío.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD