Sus besos eran los mejores; le encantaba cómo la besaba, cómo la tocaba. Ese deseo que demostraba al hacerlo la encendía. No había momento en que la tocara y su piel no se erizara; demonios, la hacía olvidar todo lo negativo. La tenía ya desnuda, besándole los pechos en aquel sofá, sin preocupación alguna. Abandonó sus pechos y los llevó a sus labios, mientras ella le acariciaba por debajo de la camisa. —Quiero mi polvo en la cocina —le susurró, poniéndose de pie con ella—. Tarde demasiado en olvidar todo lo que pasó ese día —dijo mientras se conducía con ella en brazos por los pasillos que llevaban a la cocina—. Mi droga, eso fuiste desde aquella noche donde mis ganas por ti solo aumentaban. La primera vez que te escuché gemir, mientras te probaba por primera vez, tu sabor y tu olor me

