No podía dejar de mirarla. Estaba sentada en la cama, sus pies medio vendados. El doctor acababa de marcharse, había dicho que todo estaba bien. Las heridas eran superficiales, con reposo y un poco de cuidado se cerrarían solas con el paso de los días. Por la forma en que ella evadía su mirada, él ya sabía que no sería fácil hacerla entrar en razón. Estaba enojada y, por lo visto, seguiría así. Empezó a quitarse la corbata y luego el saco mientras caminaba hacia la cama. —Traeré la cena aquí. Pondremos de pretexto tus pies para que no tengas que bajar al comedor. Ella no dijo nada, sabiendo por qué él lo decía. Era más que obvio que lo último que quería era sentarse a cenar como una familia feliz en la mesa con su madre presente. —No entiendo cómo pudieron hacerme esto —dijo con voz q

