Ocho...
Nueve…
Y diez.
Tras depositar las diez gotas de la medicina de mamá en su sopa, sujeto la bandeja para luego dirigirme a su habitación con el almuerzo. Empujo con un pie la puerta para ayudarme, rechinando esta con el movimiento, y entro para dejar la bandeja encima de la mesita de noche.
Suelto un suspiro. Mi madre yace dormida en su cama, con algunas gotas de sudor en su frente producto de la alta fiebre que ha invadido su cuerpo durante estos últimos días. No ha podido ir a trabajar hace varios días, debido a su estado de salud.
Tose un poco y puedo ver como intenta sentarse con dificultad. Pongo mi mano sobre su frente y hago un gesto al sentir lo caliente que está.
—Olivia... —Balbucea mi madre y yo la interrumpo.
—Aquí estoy mamá. —La ayudo a acomodarse en la cama para darle la sopa.— Te preparé una sopa de pollo y con esto te sentirás mejor.
Ella asiente lentamente con la cabeza. Sujeto la cuchara y la sumerjo en la sopa, llenándola de comida para luego llevarla hasta la boca de mi madre. Ella la abre y sorbe todo el contenido.
—Hija —Dice cuando ya se lo ha tragado.— Tengo algo que decirte.
La observo expectante. El tono que usó, en seguida me preocupa.
—La señora Mildred me despidió, me he quedado sin trabajo.
Abro mis ojos sorprendida ante sus palabras.
¿¡Qué!?
No puede ser posible. Mi mamá no puede perder el trabajo ahora que estamos tan mal económicamente. Rosario ya casi termina la secundaria y no hay preparatorias públicas en esta ciudad, además de que está muy ilusionada con su Quinceañero que ya será dentro de pocos meses. Sumándole que a mi madre nadie querrá contratarla estando enferma y mientras no se recupere, no podemos quedarnos sin comer.
—¿Olivia...?
La voz de mi madre me saca de mis pensamientos y me apresuro a darle otra cucharada de sopa.
—No te preocupes mamá. —Sonrío.— Ya encontraremos qué hacer, pero por lo pronto necesitamos que te recuperes.
—Olivia...—
—...Buscaré un trabajo que me dé lo suficiente para mantenernos a los cuatro, más intensivo que uno de medio tiempo, para poder recibir más ganancias y así...—
—OLIVIA NO. —Sentencia en voz alta mi madre y yo la observo perpleja.— No quiero que te eches todo el hogar al hombro. Solo... —Menea la cabeza.— Concéntrate en tus estudios.
Niego divertida. —Por supuesto que lo haré, madre. —Acaricio su cabello cariñosamente y ella sonríe ante el gesto.— Pero también trabajaré y tú descansarás. Te lo mereces después de tantos años velando por nosotros, tú sola.
La mirada de mi madre se torna un poco nostálgica. Después de diez años aún se siente mal por lo que nos hizo nuestro padre; abandonar a su esposa y sus tres hijos, un pobre cobarde que se rindió ante las adversidades y dejó un hueco enorme en una familia para su beneficio propio. Desde entonces mi madre se hizo cargo, empezando desde cero ya que se le dificultó al no haber terminado el colegio. Mientras ella trabajaba, yo cuidaba de mis hermanos y me encargaba de la casa.
Siento mis ojos humedecerse y una punzada en mi pecho. Me duele recordar esos tiempos difíciles, cuando veía a mi madre llorar todas las noches, lamentándose qué era lo que ella había hecho mal, en qué había fallado...
—Te prometo que conseguiré un buen trabajo, todo se va a mejorar, ya no habrán más deudas, los chicos vivirán bien y ya no sufriremos más. —Mi madre sonríe alentándome. Desliza su mano por mi mejilla, así como lo hacía cuando era una niña.— No te lo prometo, te lo juro.
—Y yo confío en ti, Olivia. —Su voz suena un poco apagada pero yo le respondo con una sonrisa.— Sé que lo lograrás.
Las palabras de mi madre me llenan de ánimos. No me rendiré, me aseguraré de que mi familia esté bien, demostrarle al destino que aunque me ponga miles de obstáculos, nada es capaz de arruinar mi vida. Al contrario, la hacen más emocionante y me llenan aún más de satisfacción cuando logro hacerlo.
Le doy un beso en la frente a mi madre, para luego salir se su habitación.