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2123 Words
Andrey se dirigía de vuelta para regresar a su oficina a relamer las heridas, pero en ese momento Hilary lo llamó.             ¿Señor Vianna?             ¿Sí? Andrey se detuvo y la miró.             Hilary salió de detrás del escritorio y fue hacia él. Andrey se sintió tenso al ella avanzar hacia él.             Ella alzó la mano al lado donde su rostro se encontraba quemado él se quedó sin aliento. ¿Qué estaba haciendo? Pensó él, que se proponía Hilary.             Su camisa señor. Coloco las yemas en el cuello de la camisa donde sus dedos le rozaron levemente la piel arrugada del cuello antes de arreglarle la camisa. Debía de haberse doblado cuando se quitó la chaqueta.             El pequeño contacto hizo que su cuerpo ardiera. Aunque no hubiera sido más que un leve roce no premeditado, era la primera vez que una mujer le tocaba las cicatrices.             Su madre adoptiva le había besado y tocado la mejilla a menudo, y las enfermeras le habían puesto cremas y vendajes después de varios procesos reconstructivos, pero no era igual. Sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. La sensación había sido muy distinta, hacía tiempo que una mujer lo había hecho estremecer con solo tocarlo.             Sin pensarlo, alzó la mano para agarrar la de ella. Hilary tragó saliva, pero no se apartó cuando los dedos rodearon los suyos. Eso lo alegró. No estaba listo para soltarla. Sintió una placentera corriente eléctrica recorrerle el brazo. Todos sus nervios se despertaron y tuvo la impresión de que ella sentía lo mismo. Lo miró con los ojos azules muy abiertos, y los labios húmedos y casi suplicando su beso.             Él bajó su mano lentamente, mirándola a los ojos. Hilary tragó saliva por segunda vez y dejó caer el brazo cuando la soltó.             Así está mejor señor Vianna le dijo, nerviosa, señalando el cuello de la camisa. Levantó el dispositivo con la otra mano.  Voy a imprimirle el documento, señor.             Llámame Andrey le dijo él, recuperando la voz. Aunque fuera su jefe, no quería formalidades con ella. Pero quería oírle decir su nombre. Quería volver a tocarla, pero no lo haría.             Hilary miró el reloj que lucía en su delicada mueca. Andrey no pudo evitar notar que todo en ella era brillante. En la mano derecha llevaba un enorme anillo que hacía que los pendientes parecieran discretos. Las costuras de su camisa de color seda reflejaban la luz, al igual que su sombra de ojos color rosado pálido. Los zapatos de tacón estaban decorados de piedrecitas que formaban una margarita. Incluso los botones de su rebeca parecían diamantes en miniatura.             Vas a llegar tarde a la conferencia, Andrey.             Andrey le gusto como su nombre le sonó maravilloso en labios de ella, pero no podía centrarse en eso.             Miró su propio reloj, que era caro pero discreto. Ella tenía razón.             Si muchas gracias le dijo.             Volvió al despacho, cerró la puerta y apoyó la espalda. Inspiró profundamente, llenando sus pulmones de su perfume. Se le fue la cabeza y la sangre fluyó para estimular su deseo con la frustración a la que se había acostumbrado a lo largo de los años.             Ninguna mujer, brillante o no, había tocado sus cicatrices así. Deseaba con cada fibra de su cuerpo que volviera a hacerlo.             Se dirigió a la video conferencia, gracias a Dios todo salió como el esperaba cuando salió de la oficina ya se había ido Hilary para la casa.             Andrey a llegar a la casa la encontró vacía. Siempre lo estaba cuando Andrey coloco la chaqueta en el gancho que había junto a la entrada, dejó el maletín de la computadora portátil sobre la mesa de la cocina y soltó un silbido.             Obtuvo la respuesta de un ruido de en la escalera de madera cuando Príncipe bajaba por las escaleras ladrando.             Un momento después, un enorme Golden corrió hacia él. Andrey afianzó las piernas cuando el perro se alzó sobre las patas traseras y puso las delanteras en su pecho.             Normalmente lo recibía en la puerta, así que tenía que haber estado profundamente dormido, en su enorme cojín.             Hola, príncipe. ¿Has pasado un buen día con Saraí? se inclinó para dejar que lo lamiera y le rascó suavemente las orejas.             El perro se bajó y correteó alrededor de sus piernas, agitando el rabo con entusiasmo. Príncipe era un perro feliz y una gran compañía para Andrey. El malhumor era imposible con él. Su hermano adoptivo Manuel, se la había regalado en su cumpleaños, dos años antes. Había decidido que necesitaba una compañía en su vida, así que, en broma, él le había puesto el nombre Rocky, pero a Andrey no le gusto ese nombre y prefirió ponerle Príncipe.             Había sido un gran regalo. Le hacía compañía en la enorme casa vacía. El ama de laves, Saraí, lo cuidaba y sacaba a pasear durante el día, y si tenía que viajar a veces se quedaba con Daniela. Todo el mundo adoraba a Príncipe.             ¿Te ha dado ya la cena Saraí?             Príncipe corrió al bol vacío y lo miró con expectación.             Aquí tienes dijo, llenando el cuenco con su pienso favorito. ¿Qué me habrá dejado Saraí para cenar?             Andrey sintió el olor a comida mejicana.             Saraí llegaba después de que él saliera en la mañana y se iba antes de que volviera.       Mantenía siempre la casa limpia, se ocupaba de Príncipe, de la colada que no necesitaba ir al tinte, hacía la compra y cocinaba para él. Saraí era una cocinera excelente.             Su pasta era divina, incluso mejor que había probado de su madre adoptiva, aunque Andrey nunca lo habría admitido.             Saraí llevaba cinco años trabajando para él, pero Andrey no estaba seguro de qué aspecto tenía. Había visto la copia de la foto de su carné de conducir en su archivo, pero poca gente se parecía a sus fotos. Daniela la había entrevistado, así que no conocía a Saraí en persona. Solo sabía que soportaba su privacidad y, por eso, la consideraba perfecta.             Dejó la chaqueta en un taburete y buscó la nota que Saraí le dejaba cada noche. La encontró junto a un plato de galletas caseras en la mesa de la cocina. Se metió una galleta en la boca y gruñó de placer, la mujer se merecía un aumento de sueldo.             Hay pasticho en el horno. He comprado tu cerveza favorita, está en la nevera. He cambiado las sábanas. El correo está en tu escritorio. Príncipe ya ha cenado, no dejes que te engañe. También recibiste un paquete de tu hermano, y firmaba Saraí.             Un paquete de su hermano. Andrey se fue a la nevera por una cerveza y agarró otra galleta. Fue a su estudio seguido por Príncipe. En el escritorio había un montón de facturas, correo basura y una gran caja marrón. Según la etiqueta era de Joseph, uno de sus hermanos adoptivos. Andrey había ido a vivir con Manuel y Joseph a los con diez años, meses después de que intentara matarlos. Había crecido en su granja Podere Il Casale donde Mariana se hizo cargo y los adopto a los tres hermanos ellos se consideraban Vianna, ya que ella junto a su padre adoptivo Nilson, los había criado con amor y les enseño el deseo de sobrevivir y superarse en la vida.             Fue directo abrir el paquete. Era un misterio. Arrancó el papel y, en la caja, vio la foto de una muñeca de porcelana.             La tortura de sus hermanos nunca acababa. No dejaban de preocuparse por su vida amorosa. Sabía que sería aún peor si supieran cómo era en realidad. Andrey agarró el teléfono.             Al habla Joseph contestó             Oye dijo Andrey, yendo directo al grano, espero estas tonterías de Manuel, pero no de ti. Se supone que eres el sensato.             En la oficina, desde luego. Pero el resto del tiempo soy tu hermano y estoy en mi derecho de opinar de tu vida amorosa, o tu falta de ella.             No tienes de qué hacer Joseph. ¿Cuándo fue la última vez que tuviste una cita?             Llevé a Mary Cruz Costa a una recepción la semana pasada.             ¿A un evento político de recaudación de fondos?  Andrey soltó una risa y se sentó.             Bueno, sí, un poquito de todo, pero tú que me dices. Eso no cuenta. ¿Cuándo fue la última vez que tuviste una cita en la que no hablaste de política, estuviste en un evento político o dejaste a tu acompañante sola mientras hablabas con algún posible donante de fondos?             Su hermano Joseph tardó un minuto en contestar.             Rechazo las fronteras que pones en mi vida amorosa. La vida de un congresista soltero es complicada.             Eso es lo que pensaba. Tendrías que haberte quedado esa muñeca de porcelana tú. Joseph se rio y le dijo algo a otra persona. A pesar de lo tarde que era, seguía en la oficina.             ¿Tienes a alguien contigo?             A uno de mis internos. Se marcha ya y me estaba recordando mis citas de mañana.             Tengo que enseñar el congreso a algunas personas importantes del distrito. Hubo un largo silencio antes de que su hermano hablara.             Es muy tarde para seguir en la oficina. Odiaría trabajar para ti. Eres un mal jefe Comento Andrey, acariciando las orejas a Príncipe, que acababa de apoyar la cabeza en su regazo.             No tanto como tú. Al menos hablo cara a cara con mis empleados, en vez de ladrar órdenes por un intercomunicador.             Les pago bien por esa incomodidad.             Eso es lo justo, supongo. Los míos no cobran. Es lo bueno de los becarios en prácticas; puedo aprovecharme de su idealismo gratis, así cuando se licencien estarán asqueados y listos para integrarse al sistema del servicio público.             Suenas cansado, Joseph. ¿Estás seguro de que estás listo para una nueva campaña?             Es solo que he tenido un día muy largo. Apenas tengo tiempo libre. Y sé que ninguno de nosotros tenemos tiempo para tener citas. Por eso te envié esa deliciosa muñeca de porcelana. En realidad, lo que quería en sí es invitarte a una fiesta de recaudación de fondos que se llevara a cabo la semana que viene. Si te hubiera enviado una tarjeta, la habrías ignorado.             Enviaré un cheque.             No quiero que envíes un cheque, Andrey. Quiero que vengas.             Joseph sabía que había algo que no le estaba diciendo.             ¿Cómo se llama ella? preguntó.                         ¿Por qué dices?             Eres tan transparente como mamá.             Se llama Angelica Bertuchi y soltó un suspiro. Es la Doctora Angelica Bertuchi. La conocí hace unas semanas. Es una cirujana plástica especializada en cirugía reconstructiva. Pasa varias semanas al año en países del tercer mundo ayudando a niños desfigurados. Andrey escuchaba, pero cada palabra que oía lo irritaba más.             No sé qué es peor, si pensar que intentas liarme con alguien o que intentes convencerme de que vea a un médico más.             Es un evento social corrigió Joseph. Pensé que estarías más cómodo con una mujer si supieras que lo que hace como buen político, siempre buscaba las mejores palabras.             ¿Visto cosas peores? sugirió Andrey.  Oye hermano sabes lo que quiero decir. No te sientas ofendido.             Andrey tomó un sorbo de cerveza. Entendía la intención de su hermano. Una mujer que tuviera experiencia con lesiones graves podría no reaccionar tan negativamente al verlo. Incluso podría llegar a tocarlo, aunque fuera por curiosidad profesional. Sin duda era una mejor opción que la última mujer con la que Joseph había intentado emparejarlo.             No estoy ofendido. Simplemente no me interesa una relación con esa doctora tuya.             Era cierto. Tal vez habría funcionado una semana antes. Pero la mente de Andrey ya estaba llena de imágenes de una mujer concreta. Una resplandeciente rubia con muchas curvas y a la que le gustaba el rosa.             ¿Sigues molesto por lo que ocurrió con Liliam? Ya han pasado dos años.             ¿Por qué iba a seguir molesto por lo de Liliam? Andrey soltó una risa.  ¿Solo porque me emparejaste con una mujer que simuló atracción por mí el tiempo suficiente para cargar cincuenta mil dólares en mis tarjetas de crédito? Sería un tonto si aún me importara después de dos años.             Sabes que lo siento dijo Joseph con un suspiró. Parecía que le gustabas de verdad; odio que te robara. Pero esta mujer es distinta. Creo que te gustaría.             Estoy demasiado ocupado para eso ahora mismo. Tengo la cabeza en algo muy importante.             ¿Estás saliendo con alguien? preguntó Joseph, con cierta incredulidad.             No. No seas ridículo.             Pero estás interesado en alguien, ¿verdad?             Supongo que se podría decir que sí... Andrey no podía negarlo. Estaba interesado. No podía dejar de pensar en Hilary y en cómo sería tocarla, estar con ella, sabia que no podía decirle mentira a su hermano el lo conocía mejor que nadie.
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