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2730 Words
Hilary se tomó otro trago de té, pero dudaba de que fuera a ayudarla. Los primeros cuatro no lo habían hecho. Seguía agotada. Apenas había dormido esa noche. Su mente era un torbellino.             Había empezado ella el martes irritada con su jefe. Andrey era exigente, grosero y desconsiderado. Pero para cuando volvió a casa se sentía intrigada. Excitada, incluso. ¿Qué le había ocurrido? ¿Hacía cuánto tiempo? ¿Cómo podía vivir aislado de todos? ¿No se sentía solo? ¿Por qué era tan desagradable?             Ella que siempre le gustaba ayudar a la demás persona en buscar soluciones se había despertado con la necesidad de arreglar la vida de Andrey. Le parecía una pena que se escondiera. Era un hombre listo, exitoso y guapo.              No podía permitir que por encontrarse quemado le impidiera llevar una vida normal.             Hilary miró hacía la puerta de su despacho. Tenía ganas de entrar, agarrarle la mano y sacarlo a la luz del sol. Estaba segura de que eso le haría bien.             Entonces vio que la puerta no estaba cerrada del todo. Eso era raro. Andrey solía ser muy meticuloso respecto a cerrar la puerta con cerrojo. Debía de estar distraído. O quizás fuera una invitación inconsciente. Hilary no creía que fuera pura casualidad que la puerta estuviera abierta tal vez lo había hecho por alguna razón. Tal vez Andrey quisiera una vida más abierta, más llena, pero no sabía por dónde empezar. Ella podía ayudarlo y era posible que él lo supiera.             Hilary, ¿puedes pasarme por favor la nueva propuesta de distribución? dijo la voz de Andrey por el intercomunicador. –Sí, señor.             Hilary busco la carpeta y miró el cajón plateado y la puerta. No sabía si Andrey la había dejado abierta a propósito, pero decidió aprovechar la oportunidad.             Metió la mano en su bolso y sacó un espejito. Estaba bien maquillada, llevaba los rizos rubios recogidos en un moño suelto y sus labios seguían brillantes. Tenía un aspecto fantástico.             Se levantó del asiento, se puso la carpeta bajo el brazo y tiró del bajo de su vestido de punto. Fue hacia la puerta y agarró el pomo. Ni siquiera tuvo que girarlo, una leve presión bastó para abrir.             Hilary se asomó en la habitación, esperando que Andrey empezara a gritarle, pero no lo vio. Cuando sus ojos se adaptaron a la oscuridad, vio una máquina de café a la izquierda. Al lado había otra máquina de juegos. Ambas destellaban, iluminando el rincón de la oscura habitación. Más allá, vio una zona con cómodos sofás de cuero y una mini cocina con fregadero, frigorífico y un baño.             En el otro rincón había una máquina de pesas y una cinta andadora. Eso explicaba los músculos que tenía. Casi esperaba ver una cama, pero era lo único que faltaba en ese pequeño mundo privado.             Avanzó un paso y vio el escritorio a la derecha. Tenía forma de U y encima había varios ordenadores. Las dos primeras pantallas mostraban las imágenes, en blanco y n***o, de las cámaras de seguridad que vigilaban su zona de trabajo.              Dándole una buena perspectiva de su escritorio. En ese momento él estaba de espaldas, o la habría visto entrar al despacho.             Hilary tomó aire y se acercó. El zumbido de los ordenadores y el aparato de aire acondicionado apagaron el sonido de sus tacones en el suelo.             Cuando estaba solo a un paso de él, se paró y miró un cuenco de caramelos de colores que daban un toque de alegría al ambiente monocromo. Su coraje empezaba a desvanecerse, pero era demasiado tarde para dar marcha atrás. Decidió esperar un momento para ver si se daba la vuelta.             Hilary echó un vistazo a la pantalla que él estaba mirando. En la parte de arriba se veía propio nombre. Se preguntó si estaba investigándola en Internet.  No pudo evitar soltar una exclamación. El leve ruido hizo que él se girara en la silla donde él contestó con dureza.             ¿Qué diablos haces aquí? preguntó. ¿Cómo has entrado?             He traído el archivo que querías Hilary apretó la carpeta contra el pecho y dio un paso atrás. La puerta estaba abierta y he decido pasar. ¿Qué? ¿Pensaste que la había dejado abierta para ti, interrumpió él? Si no, yo...no tenía cómo explicarse. Retrocedió un par de pasos más, hasta que sintió metal contra su espalda. Echó un vistazo y descubrió que estaba contra la máquina de café. Estaba atrapada.             ¿Qué has visto? preguntó Andrey, señalando los ordenadores. Dímelo. Hilary estaba confusa. Estaba enfadado por su presencia, pero parecía más preocupado porque lo hubiera estado espiando. No había visto nada importante. Además,             qué importaba eso? Había firmado un acuerdo de confidencialidad. Aunque hubiera visto información sobre un asesinato de un presidente, no podría decírselo a nadie.             Solo unos nombres. Mi nombre. Nada más, contexto.             Andrey se acercó y puso una mano a cada lado de la máquina, atrapándola. Sus ojos azules parecían casi negros en la penumbra.             Incluso con la carpeta contra el pecho, Hilary percibió el calor de su cuerpo. El aroma de su colonia le llenó los pulmones.             Era muy alto. A pesar de que ella llevaba tacones de diez centímetros, casi lo estaba mirando a los ojos. Sus cuerpos se alineaban perfectamente. Se le desbocó el corazón cuando pensó en tocarlo.             El contacto anterior había sido tentativo e inocente, pero poderoso. Sabía que no era buena idea, porque él estaba lo bastante enfadado como para despedirla; no iba a besarla.             Hilary notó que él contemplaba su boca antes de mirarla a los ojos. Había tenido experiencia con los hombres y sabía cuándo uno la deseaba. La sorprendió, dadas las barreras que Andrey había interpuesto entre ellos, pero no había duda: la deseaba.             ¿Cuál era el otro nombre? su voz sonó fría, pero mucho más tranquila.             No lo sé. Solo lo vi un instante dijo Hilary, confusa. Al oír eso Andrey sintió como se relajaron sus músculos. Pero no se movió.             Las luces parpadeantes de la máquina de los ordenadores iluminaban el rostro de Andrey. Era guapísimo. Ella lo observó, deseando entender por lo que había pasado para sufrir esas lesiones.             Sin poder controlarse, alzó la mano y se la posó en la mejilla herida. Apenas la había rozado con la palma cuando él se apartó. Hilary no quería que hiciera eso. Ni sus cicatrices ni él la asustaban.             Así que deslizó ella la mano hacia su cuello y lo atrajo, buscando sus labios con los suyos. Él tensó la boca y, por un momento, ella pensó que había cometido un gran error. Pero, después, él se relajó y llevó una mano a su cintura.             Sus labios se volvieron blandos y dulces. Hilary tuvo que obligarlo a abrir más la boca, deslizando la lengua por su labio inferior.             Esperó, nerviosa, a que Andrey tomara las riendas del beso, a que la aplastara contra la máquina y empezara a tocarla. Pero él no lo hizo. Todos sus movimientos eran titubeantes, como si se lo estuviera pensando.             La carpeta cayó al suelo, pero a Hilary no le dio importancia. Con ambas manos libres, se abrazó a su cuello y se acercó más a él, si él no lo hacía, lo haría ella.             Eso pareció darle valor. Se apretó contra ella y le rodeó la cintura con los brazos. Hilary se arqueó hacia él, sintiendo cada firme centímetro de su cuerpo. Él emitió un suave gruñido.             El sonido devolvió a Hilary a la realidad. Aunque era ella quien había tomado la iniciativa, comprendió de repente lo que estaba haciendo.             Besando a su jefe. Otra vez. Era como si quisiera que la historia se repitiese. La última vez había sido un desastre.             Así que Hilary posó las manos en el torso de Andrey y empujó suavemente hasta que sus labios se separaron y él retrocedió. Se quedaron quietos un momento. Después, ella se agachó para recoger la carpeta y se la entregó.             Andrey dio otro paso atrás, pero no dejó de mirarla con curiosidad. Su expresión era confusa e incrédula, pero, poco a poco, se transformó en una de confianza.             Entonces, por primera vez, la boca de Andrey se curvó en una sonrisa. A ella le temblaron las piernas. Era una sonrisa encantadora e inesperada. Todo su rostro se iluminó y sus ojos chispeaban, haciéndolo parecer aún más guapo. Esa sonrisa le provocó el deseo de contarle chistes para hacerle reír. Hacía que lo deseara aún más.             Sintió una intensa oleada de calor. Tenía el corazón desbocado y anhelaba volver a tocarlo. Eso era malo, muy malo. Tenía que salir de allí antes de perder la cabeza por completo y empezar a quitarse la ropa.             Giró sobre los talones, rodeó la máquina de café y salió caminando.             Al día siguiente al entrar a la oficina lo que vio primero, fue una rosa en su escritorio esa mañana, en un estrecho y alto jarrón plateado. Era de color fucsia intenso, su tono de rosa favorito. Los sedosos pétalos se habían ido abriendo a lo largo del día. Andrey no había dejado una nota, pero como nadie tenía acceso a esa planta, solo podía ser de él.             Era un gesto romántico. Una única rosa perfecta por un único y perfecto beso. Andrey había salido a verla dos veces esa mañana y, sorprendentemente hablador, le había preguntado cómo había pasado la tarde. Ninguno de los dos había mencionado la rosa o el beso. Más tarde le había pedido, con educación, que le llevara el almuerzo a su despacho antes de irse a comer.             De alguna manera, al invadir sus dominios parecía haber amansado a la bestia. Eso era bueno y malo al mismo tiempo.             La aventura con su anterior jefe había sido puramente platónica porque ella no había querido ir más allá. Él estaba demasiado pendiente de sí mismo como para llevar sentimientos a la relación y ella lo había sabido.             Había descubierto la causa después. Andrey era distinto. Le despertaba los mismos deseos físicos, pero también un instinto protector y anhelos emocionales que no podía ignorar.             Todo ello junto le afectaba a su cuerpo a un nivel que le impedía concentrarse cuando lo veía.             Andrey era como un tigre herido. Peligroso, bello, fascinante, pero no podía evitar el deseo de curar el dolor que veía en sus ojos verdes. Alguien tenía que atreverse a entrar en su jaula, y quería ser ella. Aun sabiendo que podía morderla. Fue una tarde ajetreada y Andrey le envió mensajes pidiéndole multitud de tareas que le mantuvieron la mente ocupada.             Cuando por fin tuvo un momento para mirar el reloj, era hora de irse a casa.             El día anterior, tras el beso, se había ido sin decir adiós, avergonzada. Ese día se despediría, pero decidió no dar rienda suelta a sus ganas de iniciar una conversación. Se echó el abrigo sobre el brazo, agarró el bolso y llamó a la puerta del despacho con los nudillos.             Entra dijo Andrey             Hilary giró el pomo de la puerta y vio que Andrey estaba sentado ante el ordenador principal, pero se puso en pie cuando la vio.             Dijo con una sonrisa que empezaba a ser habitual. ¿Tienes planes para esta noche?             Hilary no lo podía creer se quedó con la boca abierta. Era viernes por la noche. ¿Estaba pidiéndole una cita? ¿Planes? Se repitió, sin saber qué decir. Realmente no. Iba a pintarme las uñas de los pies y ver alguna película. ¿Por qué? ¿Tienes una oferta mejor? Andrey no respondió de inmediato. Parecía no saber cómo reaccionar a su descaro.             En realidad, no dijo frunciendo el ceño. Voy a trabajar hasta tarde y me preguntaba si podrías quedarte y ayudarme con una presentación que tengo que hacer la semana que viene. Sé que es viernes por la noche, pero me iría bien tu ayuda. ¡Oh! dijo Hilary, sin saber si sentía alivio o decepción. Pensé que ibas a invitarme a cenar o algo así lo dijo sin pensar y se arrepintió de inmediato.             Andrey se quedó pensativo hasta que procesó su respuesta. Cuando lo hizo, sus ojos se abrieron.             ¡Oh, Hilary lo siento!  Yo no salgo a cenar.             Tranquilo olvídalo dijo ella.             Si te quedas, pediré comida china para los dos. ¿Qué te parecería eso?             Ok contesto ella, y pensó que no era la oferta más romántica que había recibido en su vida, pero las horas extras estaban bien pagadas y compensarían el esfuerzo. Salió a dejar sus cosas en el escritorio y volvió al despacho con la tableta para tomar notas.             Una hora después, el guarda de seguridad llamó para decirles que la cena había llegado. Hilary ni siquiera sabía que él la había pedido. Andrey no le había preguntado qué quería. Sintió un cosquilleo de irritación. Odiaba a los hombres arrogantes que pedían por ella sin consultarla.             Volveré enseguida dijo.             Volvió pocos minutos después con una pesada bolsa de comida y bastante malhumorada.             ¿Qué has pedido? le preguntó.             Andrey estaba en la zona de asientos ante la mesa de café. Ya había servido la bebida.             Pollo Kung Pao, ternera y brócoli, arroz frito sin guisantes, sopa agridulce y rollitos de huevo y verdura. ¿Te parece bien? Hilary había estado a punto de decirle que no le gustaba que eligieran por ella, pero no podía quejarse. Había pedido todo lo que le gustaba, incluido el detalle del arroz sin guisantes. Atónita, sacó los envases de cartón y los puso sobre la mesita.             ¿Cómo has sabido lo que quería?  le preguntó.             Lo he consultado dijo Andrey, impasible.             ¿Has consultado mis gustos de comida china?             Todo se puede encontrar en Internet, si sabes donde buscar. ¿Lo has sacado de esa búsqueda que hacías de mí ayer? el impacto del beso le había hecho olvidar que había visto su nombre en una pantalla. ¿Estás investigándome? Ayer no dijo Andrey, se rio.             Los tipos normales piden una cita a una mujer y, si sienten curiosidad, le hacen preguntas. Investigar en Internet es enfermizo.             ¿Enfermizo? ¿En serio? se encogió de hombros. A mí me parece práctico. Tu sistema es poco eficaz. La información que puedo encontrar yo es mucho más detallada y exacta que la que podría obtener de persona. ¿Exacta? ¿Crees que te mentiría sobre la comida china que me gusta? Eso es un mal ejemplo, pero podrías decir que te gustaba algo que no te guste por educación.             Pero es más divertido hacer preguntas en una cita. En los dos sentidos. La otra persona también descubre cosas sobre ti, ella no habría buscado datos sobre Andrey en Google, aunque no hubiera sabido que no los había.             Como puedes suponer, no tengo muchas citas. Me siento más cómodo con los ordenadores.             ¿Te sientes incómodo conmigo?             Solo un poco dijo Andrey, asintió y tragó saliva. No se me da bien la gente. Sobre todo, estar de cara a cara.             Hilary era tan sociable que no se imaginaba llevar una vida tan aislada. Para ella, lo complicado e irrazonable eran los ordenadores.             Pues la mejor manera de solucionar eso con la práctica. Cuanto más tiempo pases conmigo, más cómodo te sentirás.             Eso dices, pero yo no lo siento así y clavó en ella sus ojos verdes y movió la cabeza. Al menos contigo.             Hilary entendía muy bien lo que quería decir. Cuanto más tiempo pasaba con Andrey, más inquieta e intrigada se sentía. Él no reaccionaba como la mayoría de los hombres.             Todo en él era calculado. Incluso durante el beso su mente se había dominado. Pensaba demasiado y titubeaba cuando no estaba seguro de cómo actuar. Sí que me gustas, Hilary. ¿Te gustaría cenar conmigo mañana por la noche?             Hilary alzó la cabeza sorprendida. ¿Más horas extras? No le iría mal el dinero, por si le costaba encontrar otro empleo. O podría comprarse un bolso fantástico que había visto en un exclusivo almacén en Milán.             Está bien ¿A qué hora tengo que estar aquí?             ¿Aquí? Andrey frunció el ceño. No te estoy pidiendo que trabajes en fin de semana, Hilary, sino que cenes conmigo. Una cita de verdad, tal y como has sugerido.             Pero antes has dicho que no salías a cenar dijo ella, preguntándose si realmente había sugerido una cita. Y no lo hago Andrey sonrió. Por eso me gustaría que vinieras a cenar a mi casa.  
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