Por la mañana, Elijah se había ido. Astrid despertó y no lo encontró en la cama. No había una nota, ni un mensaje, ni un rastro de su paradero.
Era como si se lo hubiese tragado la tierra. Lo único que quedaba era la profunda sensación en sus partes íntimas, el dulce dolor que confirmaba que la noche anterior había sido real.
El vacío a su lado fue un golpe más doloroso que cualquier insulto de River. Una parte de ella, la parte ingenua que el alcohol no había matado, había esperado que él se quedara, que la mirara a la mañana siguiente con la misma intensidad.
Pero no. Había sido fiel a su trato: "Sin mañanas." Astrid se sintió desechada por segunda vez en veinticuatro horas, aunque esta vez, el recuerdo de su placer amortiguaba la herida.
A los pocos minutos, un m*****o del servicio del hotel entró a la suite.
—¿Ha visto al hombre con el que vine anoche? —le preguntó Astrid, la ansiedad estaba creciendo en su pecho.
—Realmente no, señorita. Solo vine a decirle que abandone la habitación, el tiempo ya caducó —dijo el hombre del servicio con indiferencia, y se marchó.
Aunque ella sabía que solo era una noche de aventura, la manera en que Elijah la había tratado no pasó desapercibida. Por un momento, sintió que algo bueno y duradero podría nacer de esa conexión, pero lo bueno no dura para siempre.
Salió del hotel sintiéndose más vulnerable que nunca. Llevaba la misma ropa de la noche anterior, arrugada y con el olor de Elijah.
La luz de la mañana le pareció cruel, revelando cada arruga en su vestido y cada imperfección en su rostro. La euforia de la noche había desaparecido, dejando solo la amarga realidad.
Después de salir del hotel, la cruda realidad la golpeó con la fuerza de un martillo: no tenía hogar a donde ir. Deambuló por las calles, pero mientras caminaba, una náusea repentina la hizo detenerse.
La sensación no era de borrachera; era un giro incómodo en su estómago. El pánico se apoderó de ella, frío y paralizante. Sabía que no podía ser, era imposible.
Una visita a una farmacia para comprar una prueba de embarazo le reveló la verdad, una que la paralizó. Estaba en celo al aparearse por primera vez con un hombre pudo haber quedo en encita.
Estaba embarazada. El padre de su bebé era el hombre con el que tuvo una sola noche de aventura.
El terror la invadió. No solo por el embarazo, sino por quién era el padre: un lobo desconocido, sin lazos con ninguna manada conocida, pero con un poder evidente.
Su hijo sería un bastardo, y ella, la madre soltera rechazada, sería cazada y humillada hasta la muerte.
Sabía que en el cruel mundo de los hombres lobo, nadie la aceptaría a ella ni a su hijo. Muchos menos después de ser rechazada por su familia y su compañero. Además, su apariencia no la ayudaba en lo absoluto, solo la marcaba como blanco fácil.
Si antes era una vergüenza, ahora era una paria con un hijo ilegítimo. El mundo licántropo era un lugar salvaje y despiadado, y ella no tenía las herramientas para sobrevivir en él. Tenía que desaparecer.
Con el peso del rechazo, tomó una decisión irreversible: tenía que irse de Oakhaven, la manada de su padre. No podía morir de humillación en Silverstone, la manada de River.
Astrid miró el último billete en su bolsillo. La supervivencia era ahora el único motor. El mundo licántropo, con sus jerarquías y su crueldad basada en la apariencia, ya no era su hogar.
Comenzó a deambular por las calles sin rumbo fijo. Miró a su alrededor y se dio cuenta de que su hijo y ella no tenían cabida en ese mundo salvaje.
Así que, con el poco dinero que tenía, fue a Phoenix, una ciudad grande y poblada por humanos, lejos de los territorios licántropos. En el anonimato de la ciudad humana, ella y su hijo podrían tener una oportunidad.
***
Cinco Años Después...
Astrid vivió en Phoenix durante todo ese tiempo. El impulso de supervivencia había sido su motor. Había dado a luz a un solo bebé: un niño fuerte y sano al que llamó Kai, en honor al mar algo vasto e indomable.
El nombre Kai era una promesa para su hijo: ser fuerte y nunca ser contenido por las limitaciones de otros.
Durante los últimos cinco años, experimentó las transformaciones más significativas de su vida.
Se matriculó en la universidad, estudiando con una ferocidad que solo puede nacer de la desesperación. Ahora era una abogada licenciada y respetada, una profesional formada y preparada para vivir cómodamente.
Su título no era solo un logro; era una armadura. La ley era una espada y un escudo contra el mundo cruel que la había despreciado. Ella controlaba las reglas, en lugar de ser controlada por ellas.
Pudo describir lo especial y hermosa que era en el interior, sanó mentalmente las heridas del rechazo y pudo recuperar gran parte de su confianza y autoestima. La terapia y el tiempo le habían enseñado que la maldad estaba en los ojos del que juzga, no en su cuerpo.
Aunque seguía luchando con su peso, eso no había sido un impedimento para lograr lo que quería. Las curvas que antes eran objeto de burla ahora eran un sello de su feminidad y fuerza.
Estaba sola en su apartamento de lujo cuando la llamaron a la puerta. Era su nueva y mejor amiga, Lía. El apartamento era un testimonio de su éxito, el ambiente perfecto para la nueva Astrid.
Astrid la conoció a su llegada a Phoenix; Lía era simpática y generosa, y nunca la había juzgado por su sobrepeso o por quedar embarazada en una noche de pasión con un desconocido. Lía era el único lazo puro que la conectaba con el mundo.
—¡Hola, Astrid! Vengo a invitarte a comer. Noche de chicas —dijo Lía, radiante.
Astrid sintió un breve recuerdo de todo lo que había vivido y sufrido. Reprimió las emociones de su cabeza, las encapsuló, y aceptó la invitación. Esas emociones ya no la dominaban; estaban guardadas, esperando ser utilizadas como combustible.
—Está bien. Déjame esperar a que llegue la niñera para arreglarme e irnos.
—Bueno, voy a casa y en unos minutos estoy de regreso para irnos. ¡No tardes, Astrid!
—Tranquila —respondió.
Después de que Lía se fuera, Astrid se sentó sola frente a la peinadora. Suspiró. Su único hijo, Kai, y los dos hijos de Lía que a veces cuidaba descansaban dormiditos en su habitación. La niñera venía en camino.
Mientras se cepillaba el cabello con gestos lentos, empezó a recordar a su padre. Después de que se fue de Oakhaven, él había intentado varias veces que volviera, mandándole mensajes a través de viejos contactos.
Pero no, ella ya era una mujer firme y decidida. No iba a permitir que su hijo sufriera las mismas humillaciones que ella vivió.
Sin embargo, en los últimos días, un impulso oscuro había surgido en ella: el de volver. No para rogar, sino para que ellos vieran a la nueva Astrid Wilde.
Se levantó y caminó hacia el armario de pared a pared, encendido por luces tenues. Se quitó la ropa de casa y se puso frente al espejo de cuerpo entero. Miró fijamente su reflejo.
La cara ya no era grasosa y regordeta; las curvas de su rostro se habían afinado, resaltando sus ojos azules, pero manteniendo una plenitud saludable.
Su cabello rojizo caía en ondas brillantes hasta su cintura. Su cuerpo era ahora una silueta voluptuosa, con un trasero firme y unos muslos poderosos que cualquier hombre podría soñar con tocar.
Ya no era la gorda fea de la manada de Oakhaven.
—Ahora soy la Luna Curvys —murmuró, su propia voz resonaba con una autoridad—. Y tengo una belleza divina.
Su objetivo no era solo mostrarles que era hermosa. Su objetivo era venganza. Quería que River, Cyra y toda la manada se arrepintieran de haberla humillado. Quería que se arrodillaran ante la mujer que habían despreciado.
Astrid abrió una caja de seguridad oculta. Dentro, no había joyas, sino un mapa detallado del territorio de Silverstone, la manada de River, y un expediente sobre los últimos movimientos de su excompañero. Había estado planeando esto durante años.
La venganza era su proyecto de vida. La Abogada Wilde había acumulado pruebas y estrategias; la Luna Curvys estaba lista para ejecutarlas.
Una sonrisa lenta y fría se dibujó en sus labios mientras se vestía con un ceñido vestido color vino. El vestido resaltaba sus curvas de infarto y su piel canela. El color era una declaración de poder y pasión.
No usaba maquillaje pesado, solo lo suficiente para acentuar sus ojos. Cuando la niñera llegó, Astrid estaba lista. La abogada de Phoenix había desaparecido, dando paso a la guerrera.
—Me voy por un par de horas —le dijo a la niñera, su voz baja y controlada.
Al reunirse con Lía, esta la miró con admiración.
—Astrid, ¡te ves espectacular!
—Gracias —respondió Astrid, su mente ya muy lejos del restaurante.
Mientras caminaba hacia el coche de Lía, notó un vehículo n***o de alta gama aparcado en la calle. Por un instante, el recuerdo de aquella noche de la que nació su hijo la golpeó. El lujo, la discreción, el poder silencioso del coche eran idénticos al de Elijah.