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El Progreso de la Luna Curvys

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intro-logo
Blurb

Astrid Wilde, la hija con curvas, ha vivido toda su vida bajo la sombra del desprecio. Su destino se selló con un matrimonio de conveniencia con River Farrow, el ambicioso compañero que necesitaba el linaje de Astrid para asegurar el ascenso de su manada. Por dos años, Astrid toleró el rechazo de River, sus humillaciones constantes y la agonía de ser virgen en un matrimonio de mentira. Pero cuando River logra su objetivo, la bota sin piedad, usando su cuerpo y su apariencia para justificar la traición. Afligida y humillada, Astrid busca refugio en su propia familia, solo para ser rechazada cruelmente por su madrastra, Cyra. Sola y sin un lugar en el mundo, Astrid se rinde a la desesperación en un bar de mala muerte. Allí, la gorda rechazada es encontrada por Elijah Blackwood, un lobo misterioso, guapo y dueño de una sensualidad abrumadora. Elijah no la mira con asco; la mira con un deseo hambriento y una comprensión inquietante. Lo que comienza como una noche impulsiva de sexo casual, donde Astrid descubre el placer y se libera de su pasado, se convierte en un pacto. Elijah le ofrece algo más que pasión: le ofrece poder. Pero, ¿podrá la Luna Curvys abrazar la oscuridad sin perderse en el camino y sin enamorarse del lobo que la está extrañamente empoderando?

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El Rechazo
Nunca esperó que su compañero de apareamiento, con el que se había casado hacía más de dos años, la rechazara de forma tan fría y cruel. Ahora que su manada de lobos había ascendido en rango, él simplemente ya no la quería. ¿La razón? Astrid era una chica diferente: con curvas, el rostro muy redondo y, para su horror, graso. —Te repudio, gorda horrible —dijo River, repitiendo las palabras exactas de la manada, como si no la hubiese destrozado la primera vez que las escuchó. —Me utilizaste —sollozó Astrid, con la voz quebrada—. ¡Quítate de mi vista! Tú te aprovechaste de mí para llegar arriba, River. ¡Tu manada subió de nivel gracias a mí! Ahora que tienes lo que querías, ya no te hace falta el patito feo. Es eso, ¿no es así? Pero hace dos años estabas listo para estar conmigo... Ella era Astrid Wilde, la hija de un Alfa. Su familia la había unido con River Farrow hacía más de dos años, y durante ese tiempo habían vivido como completos desconocidos. A pesar de estar casados, Astrid seguía siendo virgen; River ya ni siquiera se atrevía a tocarla. —¡Astrid! ¿Alguna vez te has mirado como te ves? ¿De verdad? ¿Cómo pudiste creer que un Alfa admirable como yo podría quererte de verdad? —El orgullo retumbaba en su voz. Sus hombros se ensancharon con prepotencia, y una mueca de engreimiento deformó su rostro, haciéndolo dolorosamente claro para ella. —Pero ni siquiera me diste la oportunidad de ver si el amor podía ir más allá de lo que se ve por fuera —Las lágrimas de Astrid borraron el rostro atractivo de River, del que él estaba tan orgulloso. —Eres gorda y fea, Astrid. Eso debería ser suficiente para que entiendas por qué no puedo acostarme contigo ni darte una oportunidad —escupió, arrugando la cara mientras señalaba su rostro regordete. Casi todo el mundo la había llamado así, pero escucharlo de River era el dolor más fuerte. —Yo no nací así. Ha sido cosa del desarrollo, he buscado ayuda, pero me ha sido imposible. En la manada siempre me han humillado y eso ha afianzado mis miedos. Pero si mi cuerpo y mi cara te molestaban tanto, ¿por qué no me dijiste antes cuáles eran tus verdaderos planes? —No podía creer que estaba llorando delante de él mientras River se mostraba completamente insensible. —¿Decirte mis planes? Si tu propia familia quería deshacerse de ti, ¿por qué no lo haría yo? Astrid, jamás vas a adelgazar, tienes un problema serio con la comida. Además, ni siquiera te arreglas, eres una gorda sosa y detesto tu cara redonda —siseó, negando con la cabeza y llamándola gorda y fea una y otra vez. Astrid lo miró fijamente. En verdad lo amaba y deseaba que él la amara igual, que hubiesen cumplido su matrimonio. Pero ahora, solo deseaba que él sufriera de la misma forma que ella estaba sufriendo. —Eres un desgraciado, River —dijo entre dientes—. Y espero que pagues por todo el daño que me estás haciendo. —Escúchame, Astrid. Ya te he rechazado una y mil veces, y aun así decidiste quedarte en este matrimonio de mentira. Nunca te he amado ni lo haré. Ahora mismo, quiero que te largues de la mansión. —Su mirada era malvada. Antes de que Astrid pudiera siquiera pensar una respuesta, River se dio la vuelta y se alejó. El sonido de los pasos de River, firmes y triunfantes, resonó en el amplio vestíbulo de la mansión. Ella no se movió de su sitio, sintiendo cómo el frío del suelo subía por sus pies, un frío que se instalaba en su pecho. Su cuerpo temblaba, por la ira que amenazaba con romper la poca compostura que le quedaba. Las palabras de él se repetían en su mente: gorda sosa, detesto tu cara redonda. Esas frases eran el título de su matrimonio y la justificación de su deshonra. Astrid apretó los puños, las uñas se clavaron dolorosamente en las palmas de sus manos. Se obligó a tragar el llanto. No le daría a River el gusto de verla desmoronarse por completo. Él había conseguido lo que quería: el ascenso de su manada a través del linaje Wilde que ella poseía. Astrid sabía que no se le permitiría quedarse. Si River volvía y la encontraba aún en la mansión, diría a sus guardias que la sacaran a la fuerza. No iba a esperar ese segundo acto de humillación pública. Recogió la pequeña maleta que yacía a sus pies, empacada por un sirviente con indiferencia. Al cruzar la puerta de la mansión, sintió la presión de las miradas invisibles y los murmullos silenciosos de la manada Farrow que celebraba a su nuevo Alfa mientras se deshacía del "lastre" inútil. Montó en su vieja y descuidada camioneta, el único bien que River no se molestó en reclamar. Con ese pensamiento, se recompuso y comenzó el viaje de regreso a casa: a la manada de su padre, el lugar que había dejado al casarse con River. El camino se sintió interminable. Cada kilómetro era un retroceso, una admisión de fracaso que la llenaba de pánico. Sus manos aferraban el volante con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Iba nerviosa todo el camino. Su mayor temor era que no la recibieran de vuelta. Su familia nunca había sido cariñosa, y la nueva esposa de su padre, Cyra, era especialmente cruel con su sobrepeso. Astrid recordó las cenas tensas, los comentarios pasivo-agresivos de Cyra sobre sus elecciones alimenticias, la manera en que la madrastra señalaba a su esbelta hija, Osiris, como el ejemplo a seguir. El recuerdo de esa frialdad familiar la hizo dudar. ¿Realmente era mejor este rechazo que el de River? Al menos, al ir con su padre, existía una pequeña y diminuta esperanza de amor familiar, de un abrazo que mitigara su dolor. Tenía que intentarlo. No tenía otro sitio. Llegó a las tierras de su padre. La manada de su padre había cambiado, se sentía más rígida, más bajo el dominio sutil de Cyra que bajo la autoridad del Alfa. Al llegar a las tierras de la manada, los guardias la dejaron pasar sin problema. Tocó el timbre de la casa principal. Su madrastra y su hermana menor, Osiris, abrieron la puerta. La expresión en el rostro de Cyra fue instantánea: sorpresa mezclada con una inconfundible y profunda aversión. Era como si Astrid fuera una mancha en su perfecto paisaje. Su cabello rubio y perfectamente peinado contrastaba con el desorden emocional de Astrid, empapada en la lluvia ligera y en sus propias lágrimas secas. —¿Qué haces aquí? —soltó Cyra, con una expresión de puro desagrado. En cambio, Osiris, hija de su padre y Cyra, se le lanzó encima para abrazarla con ternura. El abrazo de Osiris, una muchacha joven, fue el único rayo de luz en su oscuridad. Osiris no la veía con lástima, sino con preocupación y un cariño sincero que le apretó la garganta a Astrid. —River me pidió que me fuera de casa —dijo Astrid, intentando mantener la voz firme. Al ver que el rostro duro de Cyra no se suavizaba, Astrid le contó de inmediato todo lo que River le había hecho. Estaba equivocada si pensaba que la verdad cambiaría la manera en que la miraban. Cyra escuchó el relato con los brazos cruzados sobre su bata de seda, una postura rígida. Cuando Astrid terminó, la madrastra soltó una risa sardónica, con voz dulce, pero cargada de hiel. —¿Y esperas que te aplaudamos por tu fracaso? No pudiste ni siquiera mantenerte casada con un Alfa de ese nivel. —Vuelve con tu esposo y suplícale que te reciba de vuelta. Astrid, ya te fuiste de esta casa. No tienes ningún derecho a regresar —dictaminó la esposa de su padre, a pesar de la explicación. Su propia familia no la quería. La consideraban una mercancía dañada. Un fracaso tan monumental que ni siquiera merecía pasar una noche bajo su techo. Astrid intentó hacerle entender que no tenía adónde ir, que se compadeciera de su terrible situación, pero fue inútil. Cyra llamó a los guardias para que la acompañaran hasta la puerta. —Astrid, hazle un favor a todos y desaparece —siseó Cyra —. Ya has avergonzado a tu padre lo suficiente. Encuentra tu propio camino y no vuelvas a pisar estas tierras. Su hermanita Osiris la miró con ternura, sin entender cómo su madre podía tratarla tan mal. Su padre estaba ausente, pero ella sabía que siempre haría lo que Cyra ordenara; esa mujer lo tenía bajo su control. El rostro angustiado de Osiris fue lo último que vio Astrid antes de que los guardias, con sus rostros duros e inexpresivos, la condujeran fuera de la propiedad. Astrid siempre había sabido que la consideraban poca cosa, una vergüenza para la familia. Habían estado felices el día que se fue de casa para casarse con River. Ahora, otra puerta se le había cerrado: la de su propia familia. No tenía más refugio. Con un nudo en el estómago, decidió ir a un bar que quedaba muy cerca de la casa de su padre, un lugar al que solía ir con sus pocas amigas cuando estaba soltera. Quería emborracharse hasta olvidar todo y actuar como si nada malo le estuviera pasando.

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