El Bar Favorito

1405 Words
Su bar favorito era El Nido. Allí mezclaban bebidas lo suficientemente fuertes como para emborrachar a un lobo, y uno no tenía que preocuparse por ser reconocido o juzgado. Los clientes de El Nido no eran perfectos; la mayoría tenían defectos, cicatrices o secretos que ocultar. Las palabras de River retumbaron en su cabeza como un eco constante. Sus insultos la acompañaban. Gorda, fea y sosa. ¿Cómo pudo aguantar tanto tiempo? Se sentía estúpida, todo por sus inseguridades, su sobrepeso y su baja autoestima. Astrid hundió la cabeza entre las manos, sintiendo el ardor del alcohol en la garganta. La voz de River no solo retumbaba en su cabeza, sino que se sentía como si estuviera grabada en las paredes del bar. Se había casado con la esperanza de amor, o al menos, de aceptación, pero solo había encontrado rechazo. Su compañero la había rechazado no por falta de cariño, sino por desprecio. Pero la traición de su compañero, la forma en que la había echado de casa como a un perro, fue lo que realmente la hirió. Era doloroso no haber podido hacer nada en su contra en ese momento y permitir que la humillara. La rabia, fría y pesada, se asentó bajo su piel. Quería venganza. No solo contra River, sino contra la cruel indiferencia de Cyra. Pero ahora, sentada en la oscuridad de ese bar, solo podía sentir su propia impotencia. No tenía poder, ni apoyo. Solo tenía el trago en su mano y el eco de los insultos de un hombre que se había aprovechado de su nobleza y de su posición. Astrid bebió sin parar. Agotó el último trago antes de decidir que era hora de irse. El whiskey le había entumecido los sentidos, pero no el dolor del alma. Solo había conseguido que su visión fuera un poco más borrosa y sus movimientos más torpes. El bar empezaba a marearla, y sabía que si se quedaba un minuto más, se derrumbaría. La borrachera no había sido el escape prometido. Intentaba levantarse, tambaleándose un poco, cuando una voz masculina y grave le susurró al oído, suave como la seda: —¿Quieres otro trago? Astrid se quedó muda. Él no esperó respuesta. —Un trago para la dama, por favor —esbozó el hombre con una firmeza imponente. Se sorprendió de que un desconocido se le acercara, sentándose a su lado. El mesero asintió y procedió a traerle la bebida. Astrid frunció el ceño, intrigada. El hombre era increíblemente apuesto y sofisticado. Era una visión que no encajaba con el ambiente de El Nido. Su traje, impecable y caro, era de una sastrería fina que gritaba dinero y poder discreto. ¿Qué hacía un lobo tan obviamente rico y distinguido en ese cuchitril? La diferencia entre él y los otros clientes era abismal. Astrid sintió que la curiosidad y la tensión reemplazaban, por un momento, la angustia. —¿Por qué bebes sola? Te he estado mirando todo este tiempo —dijo, sorprendiéndola. Su voz era muy varonil, profunda, casi reconfortante e imposible de olvidar. Astrid bajó la mirada, sintiéndose un poco avergonzada por su estado y su apariencia. Por primera vez esa noche, se sintió intensamente consciente de su ropa desarreglada, su cara enrojecida por el alcohol y sus lágrimas secas por el dolor. Quería que la tierra se la tragara. —¿De qué me habla? —murmuró. —Tu rostro denota tristeza —inclinó la barbilla hacia ella, obligándola a mirarlo. Era extraño que alguien la hubiera notado. Claro, por su apariencia gorda, no podía pasar desapercibida, pero este hombre la había estado observando, no juzgando. La mirada de River siempre había sido de asco; la de este hombre, en cambio, era de una intensidad que la hacía sentir vista y no criticada. El mesero regresó con la bebida. Astrid agradeció al hombre, sintiendo un leve sonrojo, antes de beber un sorbo. —Te noto muy preocupada. ¿Tienes problemas? —insistió él. Astrid suspiró. —Al parecer eres un genio que adivina. —Intentó bromear, pero estaba demasiado triste para pensar en algo mejor. Él sonrió, y fue una sonrisa que le calentó el rostro. Era una sonrisa que la hacía sentir menos sola y menos patética. —No soy un genio, solo soy observador. Y sé que a veces la única solución a un gran problema es un gran escape. ¿Puedo saber tu nombre, señorita tristeza? —Astrid —respondió ella, incapaz de mentir. —Astrid. Un hermoso nombre. Yo soy Elijah Blackwood —dijo él, su nombre rodando de forma suave y peligrosa en su lengua. Sus ojos grises, parecían encenderse con cada palabra que pronunciaba. Sus ojos eran más que grises; eran un tono intenso, casi metálico, que la penetraba hasta la médula. —Elijah, ¿verdad? ¿Y qué crees que necesito? ¿Otro trago? —No. Necesitas olvidar por una noche. Y necesitas sentirte deseada. —Elijah se inclinó hacia ella y su cálido aliento rozó su oído—. Te propongo un trato: Olvídalo todo, solo por unas horas. Deja que te muestre un lugar donde tus problemas no existen. El susurro de Elijah era una invitación a la perdición, pero sonaba más atractivo que la realidad que la esperaba fuera del bar. Él no solo ofrecía sexo; ofrecía una pausa de su dolor. La forma en que Elijah le pidió pasar una noche juntos sonaba como si le estuviera ofreciendo un paraíso. —No suelo hacer cosas de una noche —respondió sutilmente, y sintió cómo sus mejillas se sonrojaban por la vergüenza. La antigua Astrid, la esposa casta de un Alfa, había respondido, pero esa Astrid estaba muerta. —¿Eres casada? —preguntó Elijah, y tan pronto lo hizo, algo cambió dentro de Astrid. Aunque no estaba errado, no debería guardarse tanto. Ya tenía casi veinticinco años y su compañero ni siquiera la había tocado en todo ese tiempo. El dolor se mezcló con el desafío. River se había negado a tocarla por ser "gorda". Este hombre, este lobo increíblemente atractivo, la estaba mirando con puro deseo. ¿Por qué no perder la virginidad con este apuesto desconocido? Su esposo la había rechazado; ella no le debía nada a ese hombre. La traición de River había liberado a Astrid de cualquier voto de lealtad. —Tú decides. Si la respuesta es no, me iré ahora mismo —le aseguró Elijah, con voz respetuosa, lo cual la complicó aún más. Su respeto la tentaba. No era un depredador, sino un hombre que le daba una elección. —Mi matrimonio es una farsa —confesó ella, y por primera vez en el día, sintió un poco de libertad. Elijah no preguntó más. Simplemente asintió, con una comprensión visible en sus ojos. No le interesaban los detalles del drama; solo la aventura que tenían por delante. —Si vamos, debo advertirte que será una noche larga —declaró él, con un tono más serio—. Será una noche de aventura, simplemente por diversión. Sin mañanas. A pesar de lo absurdo que sonaba, una parte de ella estaba intensamente tentada. Siempre había tenido curiosidad por el sexo, y nadie la había querido por su sobrepeso, ni siquiera su esposo. Esta era su oportunidad de sentir algo diferente al rechazo. Este era su momento para tomar una decisión definitiva —Vamos ya, después de que se te pase la borrachera, me odiarás como todos los demás —le advirtió Astrid, intentando encontrar un último rastro de resistencia. La voz de la inseguridad seguía ahí, pero era débil. Elijah se levantó del taburete, extendiéndole la mano, con sus ojos fijos en los de ella. —Tus deseos son órdenes, hermosa. Yo no te voy a odiar. Te voy a disfrutar. ¡Hermosa! La mente de Astrid dio un brinco. Se encogió de hombros, la desesperación y el whisky tomaban una decisión por ella. Su mano encontró la de él. La piel de Elijah era áspera y cálida. Sentir su toque fue una descarga. Se sintió protegida y deseada por primera vez en años. —Muy bien —dijo con un suspiro—. Que sea solo por diversión. La vida es una sola, después de todo. Elijah sonrió de nuevo, una sonrisa total que, por un segundo, hizo temblar su corazón. La mano de él se cerró alrededor de la suya, tirando de ella con una fuerza suave pero innegable.
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