El horror se apoderó del pecho de Astrid, apretándolo con una fuerza tal que sintió un dolor físico punzante, como si mil agujas se clavaran directamente en su corazón. Esto tenía que ser una broma, una burla retorcida y cruel del destino. No podía ser real. ¿Cómo diablos estaba mirando, cinco años después, el rostro del mismo hombre que la había dejado embarazada aquella noche en el hotel? —Ella es mi hija Astrid, Alfa —dijo el Alfa Wilde, con una voz cargada de un alivio que resultaba insultante para ella. Su padre sonreía, ajeno por completo al torbellino de emociones que estaba destruyendo a su hija por dentro. El hombre frente a ella no se inmutó. No hubo un brillo de reconocimiento en sus ojos, ni una pizca de la ternura que Astrid recordaba de su encuentro fugaz. —Elijah Blac

