El sol del amanecer se colaba por las rendijas de la mansión Blackwood, pero en las mazmorras el tiempo parecía haberse detenido en una noche eterna. El aire allí abajo era frío y pesado, cargado con el olor del hierro oxidado y la humedad de la piedra. Lorna caminaba de un lado a otro en su celda, como una fiera enjaulada. Sus uñas estaban rotas de tanto arañar las paredes y su cabello, antes siempre perfecto y brillante, era ahora un nido de enredos y suciedad. —¡Sáquenme de aquí! —gritaba de vez en cuando, aunque sabía que nadie le respondería—. ¡Elijah! ¡Sé que me escuchas! ¡Soy tuya, soy la mujer que estuvo contigo para destruir a River! Sus gritos se ahogaban en el silencio de los pasillos, hasta que escuchó el eco de unos pasos firmes. No era el paso pesado de un guardia; era un

