Elijah entró en su despacho cerrando la puerta con tanta violencia que hizo vibrar los cuadros de las paredes. Se apoyó contra su escritorio de caoba, respirando con dificultad. El eco de los jadeos de Astrid al otro lado de la pared todavía le martilleaba las sienes. Se sentía como un adolescente fuera de control, y eso, para un Alfa Rey, era una debilidad inaceptable. Dante, su Beta y amigo más cercano, entró poco después. No necesitó preguntar qué había pasado; el rastro del aroma de Elijah, cargado de frustración y ferocidad, lo decía todo. Elijah le tendió los documentos que Astrid le había entregado, con las manos todavía temblorosas. —Quiere estar en Fuego Sagrado solo un año —dijo Elijah, su voz era un rugido leve—. Tenemos que hallar la forma de revocar ese contrato, Dante.

