La oscuridad de los túneles bajo el antiguo templo no era absoluta; estaba cargada de un vaho espeso, una mezcla de salitre, moho y el olor recio de la sangre que empezaba a correr por las grietas de la tierra. Arriba, en la superficie, el mundo parecía estarse cayendo a pedazos. Los rugidos del Alfa Wilde, cargados de una furia ancestral, y el estruendo de las hachas chocando contra los escudos de los hombres de River servían como una banda sonora macabra para la incursión de Elijah y Dante en las profundidades. Elijah avanzaba con la respiración entrecortada. No era cansancio físico, pues su cuerpo de Alfa Rey estaba diseñado para la guerra, era la angustia que le apretaba el pecho como una prensa hidráulica. Cada segundo que pasaba sin ver a Astrid, sin confirmar que sus ojos seg

