El bosque que rodeaba la mansión Blackwood parecía haber recuperado parte de su serenidad tras la tormenta. Los rayos de sol se filtraban entre las copas de los pinos, dibujando patrones de luz y sombra sobre el suelo cubierto de agujas secas. Astrid caminaba con paso lento, sintiendo el aire fresco llenar sus pulmones. A su lado, un hombre de porte majestuoso y cabello cano en las sienes mantenía el mismo ritmo. El Alfa de la manada Oakhaven, su padre, finalmente estaba allí. Se detuvieron cerca de un manantial natural que brotaba entre las rocas, un lugar donde el rumor del agua cayendo era lo único que rompía el silencio. Necesitaban privacidad. Después de ver a Elijah recuperado y de pie, Astrid sentía que finalmente podía soltar un poco de la carga que llevaba sobre los hombros

