En la habitación, el Alfa Rey luchaba contra los delirios de la fiebre, con la piel grisácea y las venas marcadas por el veneno que River Farrow había inyectado en su sistema con malas artes. Astrid lo observó un momento más; el hombre que la había protegido con su vida ahora dependía de la resistencia de su propio cuerpo. Pero Astrid no era de las que se sentaban a llorar al pie de una cama. El miedo que había sentido al ver a Elijah caer se había cristalizado en furia, una osadía que le endurecía los rasgos y le daba a sus ojos azules un brillo feroz. —Cuídalo —le ordenó. Astrid salió y se dirigió a las profundidades de la mansión, hacia la armería de los Blackwood. Los guerreros que custodiaban la entrada se hicieron a un lado, intimidados por el aura de autoridad que emanaba de

