Fueron al comedor, James le tenía el desayuno listo. Hank se sentía como una esposa, era inevitable no pensar así viendo la situación en la que se encontraba.
Se sentó frente a James y lo quedó mirando. El mayor estaba pendiente de prepararse un café.
—Voy a necesitar las llaves del cuarto escarlata— le dijo Hank, sin quitarle los ojos de encima. No sabía porque actuaba así, pero le gustaba ser sugerente con James. Debía admitir que era un tipo bastante varonil.
El mayordomo levantó los ojos viendo el rostro del chico.
—Me las pides, yo te abriré.
Hank tragó saliva y bajó la mirada de inmediato. Las palabras de James resonaban como una invitación prohibida. Se sirvió café y comenzó a desayunar.
—Las cosas para limpiar el cuarto escarlata están en el mueble rojo del cuarto de limpieza— le dijo James.
—De acuerdo— dijo Hank.
Terminaron de desayunar, el pelinegro sacó las cosas y las llevó a la cocina. Dejó limpio y ordenado. Luego se dirigió al ivernadero para atender a los patos y regar las plantas.
James se encontraba en la oficina de Lion revisando unos documentos.
Al terminar con todo Hank se dirigió a la mansión, fue directo al cuarto de limpieza. Ahí estaba el mueble rojo. Sacó lo necesario, pues no sabía con que se encontraría ahí.
—Bien, ahora a pedir las llaves.
Se dirigió a la oficina, golpeó la puerta.
—Pasa.
Hank abrió la puerta, asomándose.
—Disculpe James, pero necesito que me abra el cuarto escarlata.
El mayordomo levantó la vista del computador y vio al pelinegro con las manos ocupadas.
—Bien, vamos.
Salieron de la oficina y se dirigieron al segundo piso. Hank iba en completo silencio, caminaba delante de James sintiendo la mirada del mayor.
Llegaron fuera de la puerta escarlata, de pronto Hank se sintió nervioso. El mayordomo sacó una llave dorada y abrió la puerta.
Hank tragó saliva y entró a ese extraño cuarto tan nombrado por su amiga Korina. James encendió la luz, al pelinegro se la cayó la quijada. Sus ojos veían cada artilugio de masoquismo que le nombró Korina, Sam había sido bastante explícito en decirle cada detalle. ¿Cuántas veces visitó aquel cuarto?.
—Creo que esto es algo perturbador— dijo Hank mirando el lugar, dejó las cosas de limpieza en el piso.
—No es algo que todos entiendan— le dijo James.
El pelinegro entró y fue a las paredes tocando los látigos y las fustas que colgaban. Continuó caminando viendo las varillas y la equis con los grilletes.
James lo seguía con la mirada, el vestido de maid no cubría mucho atrás, los hotspants se lucían con ese coqueto pompón.
—¿S-se puede sentir placer con el dolor?— preguntó Hank caminando por la habitación. Vio la silla, se imaginó mil cosas.
—Depende del dolor, obviamente infringirlo fuerte no es placentero, pero sí, se puede.
Hank fue al cajón y lo abrió, los consoladores de varios colores y portes se presentaron ante sus ojos. Había varias botellas de lubricante y aceites de sabor.
—Interesante— dijo el pelinegro. Abrió el siguiente cajón.
Dilatadores anales, vibradores, anillos de pene y pinzas para las tetillas. Algunos dilatadores parecían chupete.
—Es es— sus mejillas se sonrojaron de golpe.
—Son juguetes sexuales— le habló James de pronto, estaba cerca de su hombro.
El pelinegro cerró el cajón de golpe.
—Sabes que sí no pasas esto, no podrás seguir trabajando— le dijo James.
—N-no creo que pueda hacer esto. Ni siquiera se como es el sexo entre hombres— dijo Hank completamente rojo. Se giró viendo al mayordomo.
—No es tan diferente— le dijo James.
—Usted imagino que tiene experiencia. Es decir, para tener un jefe como Lion es algo que no se ve todos los días— dijo el pelinegro.
—El señor Lion también lo aprendió— le dijo el mayor—Bien, te dejaré trabajar.
James se dirigió a la puerta.
—¿M-me puede enseñar?— las palabras de Hank salieron sin darse cuenta. Creyó que lo había pensado.
El mayordomo dejó la manilla de la puerta, y se giró viendo al pelinegro.
—¿Qué te enseñe?— preguntó James, sus ojos tenían una mirada más intensa—¿Por qué quieres que te enseñe?.
—De verdad necesito el empleo y el dinero. Haré lo que sea necesario para quedarme— le dijo Hank—O no podré terminar mis estudios.
El mayordomo lo quedó mirando, después de pensarlo un poco accedió.
—Está bien, te ayudaré a prepararte. Pero no tendremos sexo, después de todo eres el empleado del señor Lion.
Hank asintió. Sentía el corazón desbocado de los nervios y la boca seca.
—¿Q-qué hago?—preguntó nervioso el pelinegro.
James se paseó, colocándose detrás del chico.
—Primero veremos si toleras las amarras— le dijo el mayor tocando sus brazos hasta las muñecas. Se las juntó tras la espalda y le puso unas esposas peludas color rojo.
Hank estaba tan nervioso que apenas pensaba. Con suerte tenía la noción de respirar. Dio un respingo al sentir la mano de James acariciar su culo.
—Tampoco habrán besos— le aclaró el mayor.
—¿Por-qué?— preguntó sonrojado el pelinegro.
—Porque no tendremos sexo, además lo prefiero— le respondió James fríamente.
Hank no entendía nada pero ya estaba ahí entregado a la suerte de aquel hombre.
—Supongo que te masturbas— le dijo James.
—Sí— respondió el pelinegro sin mirar. Realmente se estaba muriendo de la vergüenza.
—Pero imagino que nunca has usado esta parte— dijo el mayor, agarrándole el culo. Hank dio un pequeño saltito.
—N-no.
—Bien, entonces vamos a comenzar con algo simple— le dijo James mientras se sacaba las ropas.
Hank quedó con los ojos como plato viendo el cuerpo del contrario. Los músculos denotaban el trabajo que había tenido en la milicia. Sus ojos fueron a dar sobre el m*****o de James, en descanso ya era prominente.
—Tus ojos en mí— le dijo el mayor.
Hank levantó la vista.
—Usaremos un juguete entre ambos— dijo James caminando al mueble. Sacó algunas cosas y luego regresó con el pelinegro.
Se sentó en la alfombra, cruzando sus piernas.
—Ven— le llamó James.
Hank se acercó. El mayordomo le bajó los hotspants dejando su sexo al aire.
—Siéntate.
El pelinegro hizo caso y se acomodó frente a él.
—Acércate.
Hank se acercó con algo de dificultad, James lo ayudó con las piernas. El pelinegro no quería creer que estaban tan cerca que sus sexos se rozaban.
—Usaremos esto— le dijo James.
—¿Y-eso qué es?— preguntó completamente sonrojado.
—Es un masturbador— respondió el mayordomo, acomodando ambos miembros dentro.
—Ahh— Hank gimió por lo bajo al sentir el apriete del artilugio.
James le apretó un botón y el juguete comenzó a succionar ambos mimbros.
—¡Ahh! ¡Hah!— Hank quería morir ahí mismo. Sus manos atadas atrás le impedían moverse bien. Comenzó a sentir el succionador apretar su falo y el roce con el sexo de James.
El mayor gemía con más discreción, tomó a Hank de las caderas y lo afirmó con fuerza sintiendo el jueguete hacer su trabajo.
—¡Ahh!— el pelinegro tensó sus músculos, el apriete era cada vez más fuerte. Supuso que ambos miembros estaban lo suficientemente erectos y duros—¡Ah!.
—Eres muy sensible— le dijo James, mirando su rostro.
Hank no quiso abrir los ojos, pues sabía que las orbes grises lo verían. Sabía que no podría aguantar aquella vergüenza.
El succionador hacía más presión provocando que la excitación subiera más. El pelinegro apretaba sus manos tras la espalda, mientras su falo se endurecía más.
—¡¡Ahh!!— Hank tiró su cabeza hacia atrás, dejando salir su semen dentro del succionador. Sintió entonces las manos de James apretarle el culo, mientras un leve gemido salía de la boca del mayor. El pelinegro supuso que también había terminado.
Con la vergüenza a flor de piel, Hank bajó su cabeza mirando a James.
—Aún no hemos acabado— le dijo el mayor. Sacó el succionador, dejando caer algo de semen. Tomó al chico de las caderas y lo sacó de encima. Se levantó del piso—Recuéstate— dijo James, mirándolo.
Hank bajó sus ojos al m*****o del mayor, seguía semiduro. Hizo caso a las palabras de éste y se recostó de lado sobre la alfombra, con las piernas algo recogidas. Aún respiraba con dificultad. James le tomó el falo y se lo puso hacia atrás, aún seguía húmedo por el semen de ambos.
—¿Q-qué me hará?— preguntó el pelinegro con voz trémula.
—Debes saber que tendrás sexo anal. Me pediste ayuda y eso haré— le dijo James, agachándose detrás de su culo. Metió su lengua humedeciendo su entrada.
—¡Ahh!— Hank tensó sus músculos sintiendo esa cálida lengua pasearse por su ano. No era una sensación desagradable, más bien placentera. Su m*****o nuevamente comenzó a endurecer.
Al ver eso, James dejó ese rosado ano y tomó un dilatador anal, que tenía una manilla de tope. Le puso lubricante y comenzó a meterlo por el culo del pelinegro.
—¡¡Ahh!!— Hank abrió los ojos como plato, sintiendo una presión en su culo—¡Ah!. ¿Q-qué?.
—Es un dilatador anal. Como es tu primera vez, debemos comenzar por esto. Y más adelante ir probando con algo más.
Le dijo mientras manejaba el vibrador del dilatador con el control en su mano. Apretaba un botón para subir la intensidad de las vibraciones, mientras se metía más y más.
—¡¡Ahh!! ¡¡Hah!!— Hank apretaba sus manos tras su espalda, sintiendo que sus músculos se tensaban. El pequeño dolor comenzó a ceder, mientras el dilatador se acercaba cada vez más a su punto sensible—¡¡Ahh!!.
James miraba el lindo rostro excitado de Hank. Sintió una sensación en su estómago que bajó a su sexo. Ver al pelinegro tener el disfrute del placer, lo estaba atrayendo a un torbellino de sentimientos desconocidos o tal vez olvidados.
—¡¡Ahh!!— Hank no pudo aguantar más y dejó salir su semen, mojando sus piernas.
James sintió la necesidad de poseer aquel cuerpo al ver como su falo lanzaba el líquido. Asutado por aquel sentimiento, se levantó del piso y apagó el aparato vibrador. Hank continuaba recostado, tratando de llegar del segundo orgasmo.
—Te lo sacaré— dijo James jalando del dilatador.
—Ahh— gimió por lo bajo Hank, al sentir su culo libre.
El mayor miró el juguete húmedo. Lo dejó a un lado, luego soltó de las esposas al pelinegro. Hank se incorporó, tenía las mejillas rojas y el cuerpo algo sudado. James no podía dejar de mirar ese lindo rostro.
—Creo que es todo por hoy— dijo el mayordomo comenzando a vestirse.
Hank lo miraba aún contrariado por lo recién ocurrido. Aquella nueva experiencia le había gustado, y sentir los orgasmos de esa manera había sido muy placentero. Pero más extraño se sentía al saber que todo aquello había sido por James. Realmente ese hombre sabía donde tocar.
Una vez vestido, el mayordomo ayudó a Hank. Éste se levantó del piso quedando frente a él.
—Debes terminar con la limpieza— le dijo James, bajándole el vestido.
Por un impulso irracional, Hank se acercó al mayor y le dio un suave beso en los labios. Luego se alejó viendo sus orbes grises.
—Gracias— le dijo el pelinegro completamente sonrojado.
James sintió una extraña sensación en su estómago, trató de volver en sí.
—Termina de limpiar acá— le dijo con un tono diferente—Iré a preparar el almuerzo.
—Yo puedo hacerlo— dijo Hank.
—Termina de limpiar, y ve a darte un baño— le dijo James, mirando sus labios. Sintió una fuerte necesidad de volver a besarlos, pero esta vez con lujuria. Antes que perdiera la cordura sobre aquel sexy jóven, se dio media vuelta y salió del cuarto escarlata.
Hank lo vio irse.
—Eso fue intenso— se dijo, mientras buscaba su ropa interior.
Se la puso.
—Creo que debería lavar esto— dijo mirando el succionador y el dilatador anal. Se sonrojó hasta el cuello viendo lo que había estado en su culo—No lo puedo creer. Pero— se agarró la parte de atrás—Fue rico, y— pensó en James y en como sería tener ese prominente falo dentro suyo—Creo que ya debería detener mi mente de esos pensamientos, pero— recordó entonces sus suaves labios—Quisiera tenerlo por más tiempo.
Dejó de divagar y comenzó a limpiar el cuarto escarlata. Algo tenía ese lugar que te desataba la lujuria.