Elara montesinos Me desperté sola envuelta en las sábanas de seda mi cuerpo se sentía pesado, magullado en lugares que mi mente registraba como prohibidos, la adrenalina de la noche anterior se había disipado, dejando solo una resaca de vergüenza y una aterradora excitación residual. El recuerdo del beso espontáneo en la camioneta me hizo gemir y hundir la cabeza en la almohada fui yo quien lo inició yo, Elara Montesinos, la esclava por contrato, la que juró odiarlo y resistirse, había roto el juramento había besado a mi carcelero con deseo. ¿Qué significaba eso? Significaba que el juego de Alexander, la peligrosa mezcla de humillación pública y la posesión cruda había funcionado. Me había roto. Había cruzado la línea del miedo al placer. Me levanté con la determinación de b

