Elara Montesinos
Me desperté en la estrecha cama de mi antiguo apartamento envuelta en una manta que no olía a sábanas de seda, había regresado a las cuatro de la mañana, escapando del ático de Alexander.
Corrí como una cobarde dejando atrás la evidencia carmesí de mi humillación.
Mi primer recuerdo fue la puerta de cristal del ascensor cerrándose, mi segundo recuerdo fue su mano recorriendo mi cuerpo, cerré los ojos sintiendo un nudo de asco en la garganta pero el asco no llegaba solo llegaba el recuerdo del tacto de Alexander, me había preparado mentalmente para sentir náuseas para sentirme usada, sucia, me recordé que él me había chantajeado que había usado a Lía y el recuerdo de mi madre para acorralarme.
Yo debía odiarlo pero en cambio, recordé el momento en que sus labios abandonaron la crueldad de la negociación y se volvieron... delicados, recordé el momento en que me poseyó y cómo por primera vez en mi vida, sentí que la tierra se movía bajo mis pies.
Me sentí en las nubes.
¿Que estaba mal en mi?
¿Por qué me sentía así?
—¿Por qué? —murmuré.
Sentía una culpa hiriente, una traición a mi propia miseria no tenía derecho a sentir placer en mi propia destrucción.
Es cierto que era un hombre sumamente atractivo pero también era el hombre que me estaba encerrado solo para su placer personal, esto no había sido elegido por mi, yo no era más que un capricho para un hombre adinerado.
Me obligué a levantarme, me miré en el espejo del baño mi rostro era un mapa de confusión, hasta ayer mi cuerpo había sido el único territorio que me pertenecía en el club solo podían mirar.
Me enumeré las razones de mi virginidad como si fueran cláusulas en un contrato
Lía... ella era mi prioridad absoluta cualquier vínculo íntimo con un hombre era un riesgo de apego o peor aún, una distracción de mi juramento.
El control, el sexo significaba ceder control y el control era mi única herramienta de supervivencia y luego llegó Alexander Vance lo rompió todo, me confesé a mí misma con un temblor en la voz, que estar con él había sido especial, había notado mi inexperiencia, mi miedo y en lugar de ignorarlo lo había tocado con una delicadeza que no le correspondía a un magnate frío y por primera vez no me había sentido Elara la guardiana, ni Elara la bailarina, sino simplemente... una mujer, me había hecho sentir deseada de una forma que nunca imaginé.
La contradicción era insoportable se supone que debo odiarlo me ordené el es mi captor.
Un golpe ligero en la puerta me sacó del abismo.
—¡Mamá! —La voz de Lía resonó al otro lado—. Hay unos señores elegantes en la puerta.
Me vestí con rapide abrí la puerta, ahí estaba un abogado pulcro con un maletín, por alguna razón sabía quién era quizás porque había lidiado con muchos abogados en mi vida cuando me cobraban y amenazaban con demandarme, detrás de él estaba el chófer de la noche anterior.
El chófer me saludó en silencio, me sentí apenada pero correspondí el saludo
—Señorita Montesinos soy el abogado Hernández —dijo el abogado—. Vengo a formalizar el acuerdo por parte del Señor Vance — Asentí.
Lo hice pasar y encima de la mesa de la cocina coloco un documento grueso, me tomé mi tiempo para leerlo debía asegurarme de que Lía estuviera protegida, que las deudas estuvieran liquidadas, todo estaba ahí.
Llegué al término de la exclusividad tres años
Mi estómago se contrajo ¡Tres años! Me pareció una eternidad pero miré la tranquilidad que Alexander había comprado para mi hermana y el fuego de la culpa se apagó ya no podía retractarme, ya me había entregado a él.
Tomé el bolígrafo con una mano firme y firmé "Elara Montesinos" con una caligrafía que pretendía ser fuerte.—El contrato es efectivo inmediatamente —anunció el abogado, recogiendo su copia para luego solo irse
— Debo llevarla a su nuevo apartamento Sra Montesinos — Me informo el chofer, asentí y caminé hacia donde estaba Lia para avisarle.
Minutos después estábamos en el sedán n***o, el trayecto terminó en el complejo residencial de Riverwood, el chófer nos condujo a un ascensor privado cuando las puertas se abrieron, la realidad del precio me golpeó.
El apartamento no era solo un apartamento, era un penthouse enorme con vistas de 360 grados, lía corrió por la sala de estar gritando de alegría.
el chófer me ayudó con las pocas maletas que Lia y yo habíamos traído y se fue, me quedé en la sala mirando el lujo, mi alivio era total pero también mi vergüenza alexander Vance me había dado una vida de sueños pero me había cobrado con la esclavitud, ahora yo era suya para poseer cuando quisiera, un golpe fuerte y autoritario interrumpió la exploración de Lía, camino hacia la puerta para abrir bajo mi completa supervision y me sorprendió encontrar ahí a Alexander.
El estaba ahí parado en el umbral su figura imponente llenando el marco de la puerta al verlo mi cuerpo recordó la noche anterior y sentí un rubor caliente en el cuello
Lía corrió hacia mí para colocarse a mi lado, la sola presencia de Alexander la había intimidado.
Miró al intruso
— ¿Usted es el jefe de mi mama? ¿El que le dio el trabajo y todo esto?— La tensión era insoportable alexander sin inmutarse le dedicó una de esas sonrisas raras y frías de esas que no llegan a los ojos.
—Así es Lía, soy Alexander Vance, soy el jefe de Elara y espero mucho de ella...
—Ella es la más inteligente del mundo, ella puede con cualquier cosa—dijo Lía, mirándome con orgullo fue inevitable sonreírle.
—Lo sé por eso está aquí —respondió él, reforzando mi mentira con una precisión despiadada.
Alexander se acercó a mí y mi pulso se aceleró.
Puso en mis manos dos objetos y un sobre.
—Las llaves del coche —dijo, refiriéndose a un juego de llaves con un logotipo caro—. Y esto —me tendió los documentos—. La inscripción en la Academia Saint Jude está confirmada con inicio la próxima semana, es un regalo de bienvenida de la empresa para Lia.
Las lágrimas se acumularon en mis ojos no por el coche, sino por los documentos de Lía.
Era real, la seguridad era tangible, Lia estudiaría en la mejor escuela tendría su educación asegurada, ella tendría todo lo que a mí me falto, no iba a tener que preocuparse por nada más que ser una buena estudiante.
—Gracias, Alexander por todo —logré decir, mi voz temblaba entre la rabia y el alivio.
Lía se distrajo inmediatamente con las llaves, lo que le permitió a Alexander su movimiento final, se inclinó como si fuera a darme una indicación de negocios y me tomó de la cintura con una firmeza repentina, sus labios se posaron sobre los míos en un beso posesivo y fugaz un sello, una marca de propiedad.
—Hoy terminas de instalarte con tu hermana, Montesinos —susurró contra mi oído, ignorando mi jadeo de sorpresa—. te espero en la noche a las 21:00 en el ático, hoy serás mi sumisa.
Luego con una sonrisa fría que solo yo pude ver, se giró y se fue dejando el aire cargado de su aroma y su amenaza, me quedé quieta, tocando mis labios, sintiendo el fuego del recuerdo de la noche anterior.
Miré a Lía que seguía absorta en su nueva vida.
Tengo tres años de esta tortura —pensé con furia— y ahora tengo que odiarlo por el placer que me hizo sentir.