Alexander Vance
Me obligué a sentarme en el sofá de cuero italiano, pero la quietud era una farsa, no estaba acostumbrado a esperar, mi agenda se mueve por minutos, mi imperio por segundos pero aquí estaba yo, Alexander Vance, el hombre que lo poseía todo, sintiendo un nudo crudo y patético en el estómago.
Serví otro vaso de whisky puro, sintiendo el calor conocido en la garganta tenía veintinueve años se suponía que mi vida ya no permitía esta clase de nerviosismo adolescente sin embargo en el reloj, cada minuto se arrastraba, la prueba de mi locura era el contrato que yacía en mi mesa, un millón de dólares, pagar una fortuna por el tiempo y la presencia de una mujer, no para un servicio, sino para una autopsia.
Necesitaba diagnósticarla, necesitaba entender por qué, de todas las piezas de mi vida que operaban con una precisión milimétrica, solo ella era la falla lógica que me mantenía despierto.
La vi por primera vez hace casi un año yo estaba en un reservado en "El Ocaso" por una absurda reunión de negocios el lugar era vulgar, pero ella...
Ella se movía en el centro, bañada en luces rojas, su cabello oscuro, su rostro pálido y esos ojos grises que resaltaban, no era la más hermosa, ni la más exuberante, era la más inaccesible, había una tristeza profunda y una fuerza estoica en cada uno de sus movimientos, la vi sonreír para el público, pero sus ojos estaban vacíos eran.
Esa noche no pude cerrar el trato, solo pude verla a ella, intenté olvidarla, viajes, mujeres de pasarela, mujeres de mi círculo social que compartían mi código de frialdad y control, ninguna funcionó, todas eran perfectamente complacientes pero su cuerpo, su rostro, su desesperación silenciosa se incrustó en mi mente, la diferencia de edad era flagrante, yo cuarenta, ella veintitres, apenas una niña, lo que hacía mi obsesión aún más ridícula y por lo tanto más poderosa.
No quería solo su cuerpo yo quería su control, quería desmantelar su existencia para saber por qué me había elegido a mí a Alexander Vance, como el objeto de mi primer e inaceptable desorden emocional.
El ascensor privado anunció su llegada con un suave ding, me puse de pie.
Ahí estaba, vestida de lana negra su armadura de dignidad, su expresión era de una determinación gélida, no de sumisión, me encantaba eso quería que luchara.
—Estoy aquí, Alexander —dijo, pronunciando mi nombre como un veneno.
Yo ya no podía hablar, la lógica se disolvió, mi cuerpo traicionándome, tomó el control, me acerqué a la mesa, puse el vaso de whisky en sus manos y sin mediar palabra me lancé a ella.
El beso fue inmediato, brutal, la tomé por la cintura con una posesividad que me quemaba los dedos, ella se tensó, resistiendo un segundo pero la necesidad en mi boca era total, la besé como había deseado besarla durante un año, la empujé contra la mesa de café y el vaso de cristal se resbaló.
Entonces la resistencia se rompió ella respondió, su boca se abrió y el beso se volvió igualmente desesperado, sentí un triunfo absoluto, ella era mía completamente.
La arrastré sin aliento a la suite, la ropa de cachemira la lana negra todo estorbaba,
La puse en la inmensa cama y la posesión era la única palabra que tenía sentido, mis manos se movieron sobre su cuerpo quitándole su armadura de tela, ella cerró los ojos y noté el temblor incontrolable en sus manos, era la inexperiencia, el miedo del cuerpo ante lo desconocido, yo era un experto y vi la falta de respuesta instintiva, la torpeza.
Me detuve un instante, mi mente analítica regresó, es virgen, la culpa me rozó pero mi obsesión era más fuerte, la necesidad de poseerla de grabar mi existencia en ella era total.
La guié con lentitud controlando cada caricia, quería que la primera vez no fuera solo una toma sino un descubrimiento, quería que me sintiera para siempre, quería que recordara mi rostro hasta el último día, me moví sobre ella, sintiendo el contraste entre la rigidez de su nerviosismo y la suavidad de su piel, ella luchaba no contra mí sino contra la sensación abrumadora.
Cuando la penetré el grito ahogado contra mi hombro me confirmó la verdad, sentí su dolor y mi culpa se intensificó pero el placer de la posesión era un huracán me obligué a ir despacio buscando su respuesta y el placer llegó, era sutil, silencioso, pero lo sentí en su respuesta física, la dureza en su cuerpo cedió, reemplazada por un movimiento inconsciente y un gemido bajo que me hizo sentir omnipotente ella era el aire que me faltaba.
Mi posesión era total y satisfactoria.
Cuando el aliento volvió a mis pulmones la luz de la luna que entraba por el ventanal reveló la prueba de mi triunfo.
Vi el color carmesí en las sábanas blancas, el contraste brutal era virgen, me había acostado con una mujer que había pagado sus deudas vendiendo fantasías pero que había guardado su cuerpo, mi obsesión era más absurda de lo que jamás imaginé.
La miré, sus ojos estaban abiertos fijos en el techo, llenos de duda, confusión y sí un rastro del placer que le había dado.
Necesité recuperar mi fachada de control, me levanté sintiéndome un triunfador absoluto la euforia recorriéndome, me dirigí directamente al baño, mirándome en el espejo.
Ella es MIA
Cuando volví a la suite la cama seguía revuelta pero Elara ya no estaba solo quedó el olor de su perfume y la mancha carmesí en el algodón.
Toqué la sangre seca y sonreí, no era obsesión, lo entendí todo con una claridad dolorosa y posesiva la falla lógica no era ella era yo.
La quiero amar, ella será mi mujer y ahora por ese juramento roto en las sábanas es absolutamente mía, el experimento continuará pero bajo mis términos.
Ella no lo sabe aún, pero está atrapada...