Sebastián, con el corazón apretado por el dolor y la tristeza, se dirigió a su madre con voz entrecortada. —Madre, por favor, quiero que mi hijo sea sepultado en una urna de cristal. Quiero poder verlo, sentirlo cerca, incluso después de que parta de este mundo. Su madre, con lágrimas en los ojos al ver el sufrimiento de su hijo, asintió conmovida. —Haz lo que Sebastián pida. Que se cumpla su deseo en honor a nuestro amado nieto —ordenó, con la voz quebrada por el dolor. El castillo, envuelto en una ola de tristeza, se sumió en un silencio sepulcral que parecía reflejar el pesar de sus habitantes. Las banderas ondeaban a media asta, y las paredes resonaban con el eco de lamentos y suspiros. Los sirvientes vestían de n***o, las velas iluminaban las estancias con una luz sombría, y el

