El rey Leónidas se sentía completamente a gusto en su reino, rodeado por la belleza de sus tierras y el fervor de su pueblo. En secreto, ahora disfrutaba de las pasiones prohibidas con la condesa Bertilia, una dama cuya belleza rivalizaba con la de Afrodita misma. Ahora en las noches clandestinas, Leónidas se sumergía en un éxtasis que solo Bertilia podía provocarle, sintiendo que el mundo entero desaparecía ante la intensidad de sus emociones compartidas. Sin embargo, esta felicidad estaba marcada por la sombra de lo prohibido, añadiendo un peligroso y emocionante sabor a sus encuentros inmorales. —Majestad, sería la mujer más feliz si algún día pudiese ser tu esposa. —Bertilia, eso no sería apropiado. Mis súbditos son leales a mi esposa, Seraphina. —Lo sé, majestad. Pero no puedo

