Me entretuve mirando cómo entrenaba Fátima´, alistándose para sus futuras competencias de velocidad. Parecía una gacela trotando en la pista de ceniza, elegante, precisa, bella y cautivante. Me hipnotizaba viéndola tan hermosa y frágil, señorial y divina. Estaba sudorosa, pero se le veía bellísima, con sus pelos amarrados en cola, la camiseta transpirada y el buzo suelto. Estaba sola y su paso era armónico, como las letras de una canción, siguiendo el ritmo acompasado de su trote, con cadencia y majestuosidad, con un estilo perfecto. -¿En qué compite ella?-, le pregunté a uno de los atletas que hacía flexiones en las graderías de la tribuna norte. -Es la campeona de cien metros, me contó, estirándose y doblándose como un alambre. Parecía el hombre de jebe. -Debe ser rapidísima-, sonreí.

