KEMEROVO, RUSIA. Alessandra tenía un vacío que no podía explicar. Tenía muchas ganas de tomar su maleta y salir corriendo por el bosque hasta que muriera congelada o hasta que encontrara a alguien que pudiera ayudarla. La vida dentro de esas paredes se convirtió en algo asfixiante, especialmente luego de darse cuenta de que el hombre con el que vivía ni siquiera tomaba como importante, que una de sus acciones pudiera hacerle tanto daño. Su corazón se apretaba y aunque juró a su familia, especialmente a su madre, resistir, ya no estaba segura de poder hacerlo. Quería volver a casa para ya no ser lastimada. La inocente Yeva tuvo un final injusto y ella, ella, ni siquiera pudo meter las manos al fuego por ella. Lo peor de todo era que Valery, si la conocía un poco, ya debía sospechar (y

