Nunca quise entrar en la vida de nadie.
Aprendí desde niño que hacerlo implicaba riesgo. Que querer significaba perder algo tarde o temprano. Por eso me acostumbré a observar desde lejos, a existir sin dejar huella, a ser el nombre que todos conocían pero nadie terminaba de entender.
Hasta Blake Hunter.
Desde que llegó, todo empezó a sentirse... fuera de lugar.
No fue inmediato. Al principio pensé que era solo curiosidad. El tipo de interés que despierta alguien nuevo en un pueblo que se alimenta de rutina. Pero luego vino el beso en la cafetería.
Y después, el de la piscina.
El primero fue un golpe seco. Público. Calculado. Me expuso frente a todos, me arrancó del lugar cómodo desde donde siempre había mirado la vida pasar. Me enfureció. Me confundió.
El segundo fue peor.
Porque no tuvo testigos.
Porque no hubo ruido.
Porque no parecía una estrategia.
Durante los días que siguieron, no volvimos a tocarnos.
Ni una palabra fuera de lugar. Solo miradas.
En los pasillos de la preparatoria, Blake caminaba como si nada hubiera cambiado. Como si no hubiera dejado una grieta abierta en mi cabeza. A veces la sorprendía mirándome y, cuando nuestras miradas se encontraban, no apartaba la suya.
No desafiaba.
Esperaba.
Eso me desarmaba más que cualquier provocación.
Ethan lo notó antes que yo.
—No la evitas porque no puedas —me dijo una noche—. La evitas porque sabes que, si te acercas, no sabrás detenerte.
No le respondí.
Porque era verdad.
El sábado llegó con una invitación que nadie se atrevió a rechazar: fiesta en casa de Blake Hunter.
La noticia corrió rápido. Demasiado rápido.
No era solo una fiesta. Era una declaración.
Entrar en su casa significaba cruzar una línea. Ver de cerca el mundo del que venía. Confirmar que no era solo una chica nueva con carácter fuerte, sino alguien con un territorio propio, sólido, protegido.
Yo no quería ir, pero Ethan y Noah terminaron por convencerme.
—Nunca pensé ver a Jax Cole tímido a causa de una chica —Musitó Noah —. Eso sí no era de esperarse primo.
—Váyanse al diablo —Musité apenas —. Y es mejor se callen o me retractaré de estar aquí en estos momentos.
La casa estaba iluminada cuando llegamos. Música suave al principio, risas dispersas, gente entrando y saliendo como si ese lugar siempre hubiera sido suyo. Pero no lo era. Y se notaba.
Todo estaba cuidado. Medido. Incluso el caos parecía controlado.
Blake estaba en el jardín, cerca de la piscina, hablando con Mila y Harper. Vestía oscuro, como siempre. No buscaba miradas. Las atraía.
Nuestros ojos se cruzaron.
No sonrió.
Tampoco yo.
Y aun así, supe que me había visto llegar.
Me mantuve al margen. Hablé con Noah. Escuché a Ethan decir lo bonita que se le hacía Harper.
Respondí lo justo. Sentía que estaba caminando sobre un terreno que no conocía, uno donde cada paso tenía consecuencias.
Ese era el mundo de Blake.
No el mío.
Con el paso de las horas, la música subió. Algunos se metieron a la piscina. Otros se sentaron en el césped. Las luces del jardín dibujaban sombras largas sobre los chalets del fondo.
Ella se movía entre la gente con naturalidad. Dueña del espacio. Dueña del momento.
Yo la observaba sin acercarme.
Hasta que empezó a irse la gente.
Uno a uno. Risas cansadas. Despedidas ruidosas. Autos alejándose.
La casa volvió a respirar.
Fue entonces cuando la perdí de vista.
No entré en pánico de inmediato.
Eso vino después.
Caminé hacia los chalets casi sin pensarlo. Sabía que si Blake necesitaba silencio, estaría ahí. Lejos del ruido. Lejos de todos.
La encontré sentada dentro, con una copa entre las manos que no bebía. El chalét estaba en penumbra, iluminado apenas por la luz exterior.
—Invadir tu territorio parece ser mi especialidad últimamente —dije desde la puerta.
Levantó la vista.
No se sobresaltó.
—Llegas cuando ya no hay público —respondió—. Empiezo a pensar que lo haces a propósito.
Entré despacio.
—No quería que esto fuera otro espectáculo.
—Entonces no lo conviertas en uno.
Me detuve frente a ella.
—Han pasado días —dije—. Y no he sabido cómo acercarme.
—No lo hiciste —respondió—. Pero tampoco huiste.
Eso era cierto.
—¿Te arrepientes? —pregunté.
Negó.
—Me confunde —admitió—. Y eso no me gusta.
—A mí tampoco.
Nos miramos en silencio. No había tensión incómoda. Había algo más profundo. Expectativa. Miedo compartido.
—En la cafetería me besaste para alimentar el rumor —dije—. En la piscina fue distinto.
—Porque no estaba pensando en ellos —respondió—. Estaba pensando en ti.
Eso me atravesó.
Me acerqué un paso. Luego otro. Le di tiempo. Espacio.
No retrocedió.
—No sé cómo hacer esto sin perder el control —admití.
—No lo hagas —dijo—. Solo no te escondas.
Le tomé la mano. Sentí su pulso acelerado, igual al mío.
Ella sin pensarlo me jaló tomando mis labios con pasión profundizándolo.
El beso fue ardiente. Más profundo que los anteriores. Sin urgencia, sin desafío.
No había necesidad de probar nada.
Cuando me separé, Blake tenía los ojos cerrados.
—Esto... —murmuró—. Esto ya no es solo ruido.
—Nunca lo fue —respondí.
Apoyó la frente en mi pecho por un segundo. Apenas uno.
Cuando se apartó, su expresión era distinta. Confundida. Vulnerable.
—No sé qué estás despertando en mí, Jax —dijo—. Y eso me asusta.
—A mí también.
Salí del chalét cuando supe que, si me quedaba un segundo más, ya no podría volver a poner distancia.
La casa estaba casi en silencio.
La fiesta había terminado.
Cuando estaba por salir me sujetó de la mano y sus ojos gritaban fuego, aún cuando eran un azul escandaloso.
—No quiero que te vayas.
Me halo con ella en dirección al interior de su casa. Entramos con cautela, subiendo las escaleras hasta llegar a la que imagino era su habitación.
Al entrar cerró la puerta detrás suyo. Su cuarto era todo lo contrario a ella. Calmado y reconfortante.
No me dio tiempo de observar más nada cuando se acercó a pasos apresurados besándome de manera ruda y apasionada.
Mis manos se deshicieron de su blusa al mismo tiempo que la de ella de mi polera. La levanté cargándola y caminado con ella a la cama.
Mis manos se colaron bajo su falda acariciando su feminidad sobre la tela de sus bragas haciéndola gemir.
Era la segunda vez que le robaba ese sonido y me hacía perder totalmente la cordura.
Mis dedos rozaron el borde de sus bragas haciéndola a un lado permitiéndome tocar directamente su piel.
Introduje lentamente dos dedos dentro de su feminidad sintiendo lo húmeda que estaba.
Observé su rostro y sus ojos me miraban con intensidad. Los moví haciendo que ladera su cabeza hacia atrás y cerrara sus ojos gimiendo nuevamente.
—Estas maldita mente mojada —Susurré sobre sus labios —. ¿Por qué me vuelves tan loco Blake Hunter?
Beso mis labios de manera agresiva tratando de ahogar sus gemidos, seguir tocándola a medida con mi pulgar masajeaba su clítoris.
Enterró sus uñas sobre mi espalda, sentí como su cuerpo se tensó y soltó un último gemido llegando al clímax.
Me detuve, saqué lentamente mis dedos a medida su respiración se calmaba y me acosté a su lado.
—Eres un maldito peligro Jax Cole.
Fue lo último que susurró antes de que sus ojos se cerraran lentamente y se quedara dormida.
Dude si quedarme contemplándola. Pero algo acababa de empezar.
Y por primera vez en mucho tiempo, no supe si quería protegerme o dejarme caer...