Capítulo 1 : Redwood Falls
Redwood Falls era un pueblo pequeño al norte de California, escondido entre bosques de secuoyas tan altos que parecían sostener el cielo.
Desde el primer vistazo, todo se veía tranquilo, casi demasiado. Calles silenciosas, casas de madera perfectamente alineadas y ese aire espeso que te hacía sentir observado, aunque no vieras a nadie mirando.
El olor a pino y tierra húmeda se me metió en los pulmones como una advertencia. Redwood Falls parecía uno de esos lugares donde todos se conocen, donde los secretos no desaparecen, solo aprenden a esconderse mejor. Las persianas medio cerradas no eran casualidad; aquí la gente observa desde las sombras y habla en voz baja.
La plaza central fue lo primero que memoricé: una cafetería con un aura de antigüedad y mesones lisos; un supermercado donde las miradas se detuvieron en nuestros autos más tiempo del necesario; y el instituto, un edificio gris que parecía guardar más historias de las que estaba dispuesto a contar. Supe de inmediato que ahí nada pasaba desapercibido.
Más allá del pueblo, el bosque se volvía denso y silencioso. Senderos estrechos se perdían entre los árboles, conduciendo a un lago escondido y a claros donde el sol apenas lograba tocar el suelo. Era el tipo de lugar donde podías perderte sin que nadie viniera a buscarte. O donde podías encontrarte con partes de ti que preferías ignorar.
Redwood Falls no parecía hecho para alguien como yo.
No para alguien que no sabe bajar la voz, que no aprendió a encajar ni a fingir calma. Sentí que mi fuego desentonaba con ese lugar construido sobre silencios. Y, aun así, algo en el aire me dijo que no había llegado por casualidad.
Porque los pueblos como este no aman el fuego...
pero siempre terminan provocándolo.
Y yo acababa de llegar.
—Finalmente llegamos a nuestro nuevo hogar —musitó mi padre, respirando con más calma.
—¿Era necesario mudarnos a un pueblo? —protestó Alondra—. Preferiría mil veces cualquier ciudad del mundo.
—Basta de la ciudad —contestó mi madre—. Un poco de naturaleza nos hará bien.
—¿Un poco? Esto es demasiado —respondí, observando el lugar—. Hubiera preferido irme a Italia con los abuelos.
—No está en discusión. Y es mejor que se vayan acostumbrando, porque pasaremos una larga temporada aquí —sentenció mi padre en tono autoritario.
Alondra y yo no discutimos; solo guardamos silencio mientras seguíamos el paso hacia la lujosa y enorme casa.
Dentro, todo ya estaba acomodado y amoblado tal como mi madre lo había pedido. Sus dos empleados de confianza nos esperaban en la sala para recibirnos.
—Bienvenidos. Todo está como lo pidió la señora y el señor —musitó nuestro mayordomo—. Al igual que sus habitaciones, con todas sus pertenencias.
—Nana, ¿puedes acompañarme a mi habitación? —preguntó Alondra.
—Vamos, mi niña. Te acompaño a desempacar y ordenar.
Matilde, nuestra nana y cocinera desde que éramos apenas unas bebés de días, nos había acompañado en cada ciudad a la que nos mudamos desde que tengo uso de razón. Nunca se casó ni tuvo hijos; nos veía como sus niñas, y nosotras a ella como nuestra segunda madre.
—Iré al despacho a verificar que todo esté en orden y acomodarme para hacer unas llamadas —anunció papá.
Desapareció por el living y yo suspiré, derrotada.
—Deberías acomodarte y descansar, hija. Mañana será tu primer día de preparatoria aquí.
—¿Solo hay una preparatoria?
—Así es. Todos los jóvenes del pueblo asisten a ella, así que harás amistades pronto.
—¿Y si sabes que este pueblo no me detendrá?
—Blake, es mejor que no causes revuelo en este lugar —sentenció con seriedad—. Es un pueblo acostumbrado a la tranquilidad.
—Una lástima para ellos, porque bien sabes que soy caos a donde quiera que vaya.
Le sonreí de forma falsa y subí las escaleras, ignorando sus palabras a mis espaldas.
—Última habitación a la izquierda, señorita —gritó nuestro mayordomo.
Sonreí. Al llegar, abrí la puerta y vi que habían traído cada una de mis pertenencias. No pretendía cambiar nada de mi antigua decoración; todo iba acorde a mi gusto y nunca me gustaron los cambios.
La habitación era tan espaciosa como la mía en Los Ángeles, con la diferencia de que aquí tenía un balcón con vista al bosque y a las luces del pueblo. Vivíamos más apartados que los demás, rodeados de árboles en lugar de vecinos.
Papá había elegido la casa más grande del pueblo, equipada con todas nuestras comodidades habituales: piscina climatizada, dos chalets al lado, gimnasio y cancha de tenis.
Aun así, aunque aquí se respiraba frescura y tranquilidad, extrañaba la ciudad... y a mis amigos con ella.
Unos toques en la puerta me hicieron girar.
—Las muchachas acomodaron sus pertenencias como le gusta, joven Blake. ¿Algo más en lo que pueda servirle? —preguntó Aurelio, el mayordomo.
—¿Mi motocicleta y mi auto ya están aquí?
—Sí, señorita. Llegaron hace poco y están en el garaje.
—Gracias, Aurelio. Eso es todo.
—A la orden.
Se marchó, dejándome sola. Caminé al clóset, me cambié la ropa cómoda por unos jeans, botas de cuero negras, una blusa blanca de manga larga y mi chaqueta de cuero negra.
Salí de la habitación y bajé las escaleras. En el garaje me encontré con Bosco, uno de nuestros choferes y guardaespaldas.
—Bosco, saldré en mi motocicleta a dar una vuelta por el pueblo.
—Iré delante de usted, señorita. Solo por precaución; aún no conoce el lugar.
—Da igual. Dudo que pueda pasarme algo en este aburrido pueblo.
Subió a la camioneta y la encendió. Yo monté mi motocicleta, me coloqué el casco y salí detrás de él. En cuanto tomamos carretera, aceleré y lo rebasé, sintiendo la brisa golpearme con más fuerza.
Al llegar a la plaza del pueblo, bajé la velocidad y me detuve frente a la cafetería antigua que había visto al llegar. Me quité el casco, dejando caer mi melena, y noté un grupo de chicos y chicas observándome con curiosidad.
Bosco se estacionó a mi lado y bajó de la camioneta, atento.
—Iré a ver qué encuentro en esta dichosa cafetería. Puedes esperarme aquí.
—Sí, señorita.
Le entregué el casco y pasé junto al grupo. Mis ojos se cruzaron con los de un chico de cabello n***o que me observaba fijamente. Ignoré su mirada incómoda y empujé la puerta; la campanilla sonó al entrar.
Me acerqué al mostrador y una chica con un vestido de estampado floral me regaló una sonrisa cálida.
—Bienvenida a La Vieja Estación. ¿Qué te puedo servir?
—¿Qué tipo de café tienes?
—Americano, n***o y con leche —sonrió—. También tenemos variedad de tés y malteadas.
Observé el menú. Nada de capuchinos, lattes ni descafeinados. Rodé los ojos.
—Un americano para llevar, con dos de azúcar.
—¿Algo más?
Negué.
—Enseguida.
Mientras preparaban el café, observé el lugar hasta que mi vista se clavó en una mesa al fondo: un chico rubio y, a su lado, uno de cabello n***o azabache, nariz respingada y ojos azules. Llevaba piercings en la ceja y en la comisura de los labios, una franela negra que dejaba ver tatuajes por todo su cuerpo.
Por un instante, sus ojos se posaron en los míos. Su mirada sobria y seria hizo que mi piel se erizara.
—Su café —la voz de la chica me sacó de mis pensamientos—. Serían cinco cincuenta.
Saqué un billete de veinte y se lo entregué.
—Quédate con el cambio.
Tomé el café y, cuando me disponía a salir, su voz me detuvo.
—Tú eres una Hunter, ¿cierto?
Me giré.
—Todo el pueblo habla de la llegada de tu familia y de los nuevos negocios que abrirán aquí.
Les lancé una última mirada a los dos chicos, que me observaban con atención.
—Así es —respondí, serena—. Al parecer, los Hunter hemos llegado para quedarnos.
Salí, le entregué el café a Bosco, tomé mi casco y regresé manejando hacia nuestra nueva residencia...